martes, 24 de julio de 2012

el vuelo

Cerca a las Fiestas Patrias, con una desilusión compartida por los primeros 365 días de Ollanta, publico un relato que escribí en el invierno de 2004 tras las protestas que impidieron (por ahora) la explotación de los yacimientos del Cerro Quilish. Quizá más oportunista que oportuno, y previo al mensaje del 28 de julio, me aúno en la tozudez de los cajamarquinos en la defensa de su habitat: ¡Conga no va!


El Vuelo

Fue allá, en las alturas de Cotabambas, donde aburrido de embriagarse y espantado del ofrecimiento de aparearse con las llamas, que Salvador Baca cogió su rifle y le disparó a un cóndor en pleno vuelo. Los comuneros, maravillados por su hazaña, se acercaron al campamento y a cambio de diversas partes de su presa, concordaron en solucionar los conflictos sostenidos con la Minera, permitiendo continuar con la extracción de metales preciosos sin mayores protestas. Nacido costeño, chimbotano pata salada, Baca no tenía por qué saberlo, pero comprendió que el cóndor para las comunidades andinas es un ave mágica, cuyos huesos, plumas, garras y cresta se pueden transformar en poderosos talismanes contra el mal de ojo y otros sortilegios.
Años después, como empleado de la Gold Fish, consorcio minero presto a explotar un yacimiento aurífero aledaño al Valle Sagrado de los Incas, recordó estas supersticiones cuando se desataron los conflictos con quienes moraban río abajo. Tras arrojar los estudios que en esas laderas había tanto o más oro que el extraído por los godos durante la Colonia, ocasionando que el lote perdiera su intangibilidad como reserva natural y fuera subastado por el Estado al mayor postor, Baca, quien era capaz de arrancharle a su madre las entrañas si hubiera oro en ellas, afirmó que se tumbaría esos cerros, así se escondiese otro Machu Picchu. Estas declaraciones se filtraron en la prensa y dieron más aliciente a los grupos ecologistas, cuyos apocalípticos argumentos incitaron a los campesinos a tirar piedras y bloquear carreteras. De nada sirvieron las promesas de trabajo, el reparto de víveres o asegurar que la Gold Fish les pagaría más de lo que sacaban de sus chacras, los habitantes estaban convencidos de que la mina envenenaría las aguas y traería muerte a sus hogares. A diferencia del ingeniero Golú y de otros expertos en solución de conflictos, Baca estaba convencido de que la mejor alternativa era recurrir a la magia y para ello cazaría un cóndor, lo destazaría y lo repartiría entre los supersticiosos.
Esa mañana, como era costumbre, el personal del campamento se despertó con los ladridos de Laulico, el pitbull de Baca, culpable de su primera denuncia judicial al morder a uno de los arqueólogos, creyentes de que en el espesor de la jungla aún quedaban templos y huacas por descubrir. Tras un desayuno frugal, tomó su rifle y le ordenó a su fiel perro que lo siguiera a la pendiente donde pasó varias horas, abrasado por el sol de la serranía, aguardando agazapado, chacchando coca, que un cóndor se asomara por el horizonte. Lejos de desalentarse por las puyas del ingeniero Golú, le apostó una botella de whisky etiqueta azul a que lograría su objetivo, a pesar de lo alto que vuelan los cóndores en esa parte de la cordillera.  
Con el caer de la tarde, un cóndor majestuoso, acaso de mayor tamaño que lo acostumbrado, emergió de los cerros y con las alas extendidas planeó por el valle, llevando entre sus garras una masa sanguinolenta y palpitante, colocándose sin sospecharlo en la mira del cazador. El disparo retumbó en las laderas y el proyectil impactó de lleno en el pecho del ave que, por un momento pareció sostenerse en el cielo, antes de caer en círculos a la zona donde permanecía cuadrada la maquinaria pesada del campamento.
Baca y su perro llegaron hasta la presa y junto con otros testigos presenciaron boquiabiertos un espectáculo inverosímil. A la vista de todos, el cóndor comenzó a despojarse de su plumaje. Su piel y extremidades, sus ojos, su pico y su cresta, tomaron silueta humana y quedó ante ellos un hombre moribundo, con un agujero de bala en su pecho corpulento.
Baca, quien de tanto laborar en la sierra algo de quechua entendía, se acercó hacia ese ser sobrenatural y le escuchó decir que él era nada menos que Ayar Uchu, el mensajero del Sol, aquel a quien se le encomendó recorrer los cuatro suyos durante varias lunas para recolectar los órganos de Ayar Manco, su hermano despedazado tras la conquista, a quien sólo le faltaba el corazón para devolverle la vida y cumplir con la reconstrucción del gran Imperio, extirpando la presencia del hombre blanco de los Andes.
La herida de muerte impedía al hombre-pájaro culminar con la misión encomendada por lo que depositó en las manos de Baca el órgano palpitante y le imploró que enrumbase a la montaña, cruzara la región de las nieblas perpetuas y llegase a la ciudad oculta de Vilcabamba, donde el Inca aguardaba su corazón para cumplir con su destino.    
Apenas expiró, los restos del hombre-pájaro se transformaron en piedra. Todos los presentes observaron a Baca tomar un buen trago de aguardiente, murmurar que después de quinientos años estos indios de mierda no le iban a quitar el trabajo y arrojar el corazón a las fauces feroces de Laulico que lo engulló en instantes.
Casi al amanecer, Baca, poseso por extraños elementos, se abalanzó sobre su perro y con un enorme cuchillo le rebanó el vientre, extrayendo el corazón palpitante del Inca y colocándolo en el morral que llevaba en la espalda. Sin que ninguno de sus compañeros pudiera atajarlo, abandonó el campamento entre graznidos escalofriantes y corrió hasta llegar a una quebrada. Juran los que lo vieron que agitó los brazos como si se tratara de un cernícalo, se aventuró al precipicio y voló, por Dios que voló, y pudo acaso volar más alto, hasta el sol naciente, sino fuera porque el ingeniero Golú lo derribó de un disparo con su propio rifle.

A la Gold Fish ni a un país en desarrollo le conviene el renacer de un Imperio.

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