Yo crecí como tantos detestando la música criolla. En el post anterior (el vals del día de las brujas) le echaba la culpa a los años de la televisión plateada y militarizada, aquella de los mejores animes de la historia y también de jaranas de rompe y raja que se volvían insufribles para un párvulo de cuatro o cinco años. Era aborrecimiento puro, genuino. Algo que no me sucedía con los huaynos que de una manera casi insurgente eran sintonizados por las empleadas de la casa en sus radios AM. Quizá conservo dentro de mí alguna atracción telúrica hacia los Andes o alguna infanta calentura pegada al subconsciente relacionada con alguna empleada. Prefiero por ejemplo ir a una tocada de los Gaitán Castro o de los Kjarkas (bolivianos) antes que a una peña con Los Mochicas o Los Embajadores Criollos. Aunque valga reconocer que en la música de los primeros con quenas, charangos y zampoñas hay una influencia rockera cuando no de trova latinoamericana.Hoy a mis treinta y siete años mi aversión ha menguado, podría decir que casi se ha extinguido. Hay cosas en la vida con las que no nos identificamos de inmediato como me sucedió por ejemplo con Jim Morrison cuando lo vi por primera vez en un documental sobre los héroes del rock and roll. La fascinación que me causó a los nueve años fue instantánea, casi rayana con la mariconada. La música criolla fue algo que aprendí a apreciar con el paso del tiempo, cuando no tuve que obedecer imposiciones mediáticas. Me he reconciliado con un género aunque no niego que muchas veces le sigo dando la espalda al cambiar el dial cuando dan Arriba Perú por La Inolvidable o La mejor música del mundo por Fm96 ¡bravaza! La música criolla no me entró por el corazón pero sí por el estómago, es música de picantería, de cebiche, sudado y cerveza, es de la carapulcra de mi tía Rosa o de su inmejorable papa a la huancaína, sus platos estrella en el invierno limeño, acompañados del programa criollo de Radio San Borja. Apreció un puñado de canciones criollas como aprendí a apreciar la filosofía, las tildaciones y las películas de Tarkovski. He aquí el recuento de un neófito, de un renegado, del menos indicado pero que se caga en todo eso y se cree con voz y voto para elegir sus valses favoritos.
13) MI PROPIEDAD PRIVADA de Modesto López Otero, que nació en España, se crió en Argentina y hoy detenta la nacionalidad mexicana. De paso por el Perú compuso está canción para la voz de Lucha Reyes (por más que se esmere la Ayllón): Para que sepan todas que tú me perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente, para que te respeten aún con la mirada y sepan que tú eres mi propiedad privada.
12) REBECA de Miguel Almenerio, uno de los padres del criollismo. De tantos intérpretes me quedo con la versión del Zambo Cavero. La letra me la aprendí en el verano de 1993 cuando tuvo un fogosísimo affair con una pacasmayina llamada Rebeca Díaz (sorry, Jessica, estabas en Cajamarca): ¡Ay! Rebeca me muero por ti, Rebeca, yo muero por ti. Lejos de ti me siento abatido. Tú recordarás el amor prometido. Al contemplar tu rostro encantador. Aquí me tienes penando Sin poderme consolar. A todos horas temiendo, ay, ay, ay. No me vayas, Rebeca, a olvidar. ¿Me habrá olvidado Rebeca? Vaya usted a saber.
11) NUESTRO SECRETO de Félix Pasache o cuando el vals parece uno de esos bolerazos cantándonos una descarnada historia de amor. Según palabras del propio compositor la canción es una situación simple pero humanamente cierta. Es la vivencia de una pareja como cualquier otra en que los hombres se sitúan como personajes centrales y las mujeres cumplen su sueño de heroínas. Este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá. Este secreto seguirá escondido una eternidad. Yo te aseguro nunca diré nada de lo que pasó. Y no te preocupes que todo lo nuestro queda entre tú y yo. En palabras del propio compositor: “Cuando terminé la canción, me parecía que le faltaba algo de fuerza. Ese nadie sabrá que en tus brazos borracho de amor me quedé dormido le añadió el toque de temperamento que le faltaba” Sabe qué, don Félix, tenía usted razón. 10) CUANDO LLORA MI GUITARRA de Augusto Polo Campos, uno de los compositores más prolíficos y también oportunistas como cuando compuso la canción de los aliancistas caídos en el Fokker (aunque hay que reconocer que más de una vez mi corazón blanquiazul ha llorado declamando: Frente al mar de Ventanilla se derrumbo una esperanza. En el mar de Grau descansan los hijos de La Victoria, pero ellos desde la gloria gritarán: ¡Arriba Alianza!). Cuando llora... se la compuso a su madre y no a una mujer como se puede creer. Fue grabada en 1962 por Los Morochucos y fue un éxito inmediato. Llora guitarra por que eres mi voz de dolor, grita su nombre de nuevo, si no te escuchó, y dile, que aún la quiero, que aún la espero que vuelva, que si no viene mi amor no tiene consuelo que solitario sin su cariño, me muero, guitarra... tú que interpretas en tu vibrar mi quebranto, tú que recibes en tu madero mi llanto, llora conmigo si no la vieras volver...
09 JOSÉ ANTONIO de Chabuca Granda. Quizá el único vals que me ha gustado desde siempre. Su “tundete” no me parece monótono. Su primera estrofa elegante: Por una vereda viene, cabalgando José Antonio. Se viene desde Barranco a ver la flor de Amancaes. En un berevere criollo, va a lo largo del camino, con jipi japa pañuelo y poncho blanco de lino. Su coro emotivo: José Antonio, José Antonio, ¡por qué me dejaste aquí! Cuando te vuelva a encontrar que sea junio y garúe. Me acurrucaré a tu espalda bajo tu poncho de lino y en la cinta del sombrero quiero ver los amancaes, que recojas para mí cuando a la grupa me lleves, de ese tu sueño dorado, de tu caballo de paso, aquel del paso peruano. La canción es una elegía a los chalanes y describe a un tal “José Antonio”, un señor amigo de su familia allá en el Barranco de su juventud, defensor apasionado del caballo de paso peruano.
08) REGRESA de Polo Campos para Lucha Reyes. La canción es reconocible apenas inicia por el solo de acordeón, instrumento extraño para una canción criolla. la intro es tan famosa como la voz de “la morena de oro” que se apropió de esta canción que aún hoy la identifica: Apiádate de mí, si tienes corazón. Escucha en sus latidos la voz de mi dolor. Pero regresa, para llenar el vacío que dejaste al irte, regresa aunque sea para despedirte. No dejes que muera sin decirte adiós. 07) MAL PASO del chiclayano Luis Abelardo Takahashi Núñez. Otro vals con alma de bolerazo. Es la historia de alguien que parece un caprichoso en desgracia, contada a través de un tercer personaje cuya identidad se revela al final. De manera osada la canción arranca atacando a los puristas del idioma con un gerundio: Argumentando que tienes mala suerte, vas contándole a la gente la razón de tu fracaso. El segundo personaje es “la gente”, así en plural, que pueden ser los amigos del barrio, de la chamba o acaso los propios familiares: Pero la gente, que es tan cruel y despiadada y que no le importa nada, se ríe de tu mal paso. He aquí que entra de manera tácita el cuarto personaje del drama, presumiblemente una mujer, una zorra, vampiresa, chupasangre, que sedujo al hombre y luego lo dejó cagado como palo de gallinero. Sóbate. Ahí es cuando se revela la identidad del tercer personaje, una mujer menospreciada por el hombre ilusionado, quien despechada le reclama: Y si algún día te acuerdas de mí, recuerda que yo te quise tanto. Y tú sin pieda dte fuiste de mí. Sabiendo que te amaba, me pagaste mal. Buena, ‘chino’ Abelardo.
06) NUBE GRIS de Eduardo Márquez Talledo. Para muchos el vals más ecuménico de todos. Dicen que en difusión mundial supera a La flor de la canela y El plebeyo. Existen versiones del tema en idiomas tan extraños como el griego y el japonés. Si me alejo de ti, es porque he comprendido, que soy la nube gris, que nubla tu camino. Me voy para dejar que cambie tu destino. Que seas muy feliz Mientras yo busco olvido. Parece el acto desinteresado de un hombre víctima de un amor imposible, pero yo creo más bien que se trata de un pendavis que se quiere deshacer de una mujer que es una carga para él armando una inmolación para volver a ser: el errante trovador, que va en busca del amor, del amor de una mujer. Se perdió el celaje azul donde brillaba una ilusión. Vuelve la desolación, vivo sin luz.
04) LA FLOR DE LA CANELA de Chabuca Granda. Tanto o más famosa que El cóndor pasa, este vals tiene fecha de nacimiento: 7 de enero de 1950 y es un homenaje a una morena llamada Victoria Angulo que era muy conocida en el ambiente criollo. Hay que reconocer que cuando Chabuca estaba inspirada arrancaba con estrofas de la másrica factura idiomática: Déjame que te cuente limeña, déjame que te diga la gloria, del ensueño que evoca la memoria, del viejo puente, del río y la alameda. Rematada con: Y recuerda qué: Jazmines en el pelo y rosas en la cara, airosa caminaba la flor de la canela. Derramaba lisura y a su paso dejaba aromas de mixtura que en su pecho llevaba. Del puente a la alameda menudo pie la lleva por la vereda que se estremece al ritmo de sus caderas,recogía la risa de la brisa del río,y al viento la lanzaba del puente a la alameda.
02) EL PLEBEYO de Felipe Pinglo, quizá el compositor más venerado del género criollo. Murió a los treinta y cinco años pero dejó muchas composiciones de diversa temática que van desde las drogas como en Sueños de opio (Droga divina, bálsamo eterno. Opio y ensueño dan vida al ser. Aspiro el humo que da grandezas. Y cuando sueño vuelvo a nacer), hasta al fútbol como en Alejandro Villanueva, ídolo aliancista, equipo del cual era hincha (Maestro del pase entre tus pies, el balón esclavo tuyo es. Dominado siempre ha de llegar donde tu saber lo quiera enviar). El plebeyo es su composición más celebrada. Retrata un drama social donde un personaje de clase baja es “condenado” por enamorarse de una aristócrata: Mi sangre aunque plebeya también tiñe de rojo. El alma en que se anida mi incomparable amor. Ella de noble cuna y yo un humilde plebeyo. No es distinta la sangre ni es otro el corazón. Señor, ¿por qué los seres no son de igual valor? Existen dos versiones sobre su origen. La primera adjudicada a un tal Luis Enrique Rivas, un tejedor de canastas que vivía en la parte baja del cerro San Cristóbal. La segunda, a que “Luis Enrique” es el propio Pinglo quien se enamoró de Giannina Zuccarello, la hija de un industrial italiano quien para evitar que la relación continuase, envió a su figlia a vivir con sus abuelos a Florencia. Con este tema, el vals peruano alcanzaba su mayoría de edad. Antes había sido un conjunto de versos superficiales y melodías fáciles, con Pinglo el género adquiere personalidad en cuanto a letra como en melodía.

















