domingo, 23 de diciembre de 2018

años naranja


El San José Obrero acaba de cumplir seis décadas y, como es natural, ha pasado por grandes cambios estructurales, aunque en esencia sigue respirándose en el ambiente el aroma que hace de nuestro colegio un lugar tan especial. En el ‘Sanjo’ que no lo llamábamos así— de los dorados ochenta los colores no eran el rojo-azul de nuestra insignia, si no el anaranjado, un color vivo, alegre, que se impuso, quiero imaginar, por el equipo holandés que revolucionó el fútbol mundial. Mas vale reconocer que en esos días podíamos destacar en todo menos en el deporte. El Claretiano, nuestro clásico rival, siempre nos ganaba en todo, al igual que el Santa María o el María Reina cuando viajábamos a Lima para los encuentros marianos. Creo que la Promo XXIX fue la primera en lograr el título escolar en básquet en 1989, en una emocionante final en el Gran Chimú justo frente a los rivales celestes de toda la vida, abriendo camino a los laureles deportivos que llegarían posteriormente.

 

Aparte del anaranjado de Educación Física que nos daba más ‘vida’ comparado a otros colegios que usaban tonos más serios, en ese tiempo no había uniformes escolares que nos diferenciaran de los demás. Todos usábamos el color plomo-rata impuesto por el Velascato. El uniforme masculino pasaba piola. El femenino, con falda a tiras, era poco vistoso y pobre de la coqueta que la llevara más arriba de las rodillas, la instructora de disciplina la enviaba a su casa. Lo mismo sucedía con los varones cuando lucían el cabello crecido o con quienes debían tres o cuatro meses de pensiones. Con los tardones, es decir los que vivíamos en California y jugábamos a ganarle al timbre de ingreso, el castigo era perdernos la primera hora de clase, sentados en las mesas ubicadas al costado de la Casa de los Hermanos.

 

El San José es un colegio católico, de la congregación Marianista, y vimos desfilar por sus aulas a varios religiosos insignes como las sisters Michelle, Evangeline y Elaine, directora del Anexo, famosa por su ‘palo dorado’ que te lo zampaba en el rabo si te portabas mal sin que ningún padre de familia se horrorizara. Desfilaron también el Padre Jordan quien con su castellano masticado se encargaba de entonar el Himno Nacional, el entrañable Hermano Douglas y otros de origen norteamericano que le otorgaron al colegio una atmósfera agringada que nos diferenciaba.   

 

El cambio más dramático ha sido el derrumbe de los dos pabellones originales por el actual pool de aulas en dos niveles aprovechando mejor el espacio. Desapareció también la caseta de al fondo, el llamado ‘Luriganchito’ que era usado por los Scouts y sirvió escenario de muchas peleas memorables. Con el levantamiento del Coliseo, desapareció el pozo de agua y el pasteo de un par de vacas y unas cuantas gallinas, accesorios inconcebibles hoy en día. Volviendo a los encuentros pugilísticos, si no podían resolverse dentro del claustro estudiantil, se hacía “ganchito pa’la la salida” y se mudaban al parque grande de California o algún pampón aledaño.

 

Fuimos el primer colegio mixto y eso hacía que los de otros colegios nos vieran distinto.  Fuimos testigos de la construcción del baño de mujeres y del laboratorio de química, de la tribuna frente a la cancha de vóley y del teatro Chaminade en el Anexo. Vimos a las chicas llevar clases de cocina en vez de Formación Laboral y jugar ‘bata’ en Educación Física. La llegada de las Commodore 64 para las primeras clases de cómputo. Las fiestas en el Anexo que no pasaban de la medianoche y niños y niñas bailaban formando una larga hilera a tímida distancia. Las ceremonias de graduación de Primaria en la biblioteca, la de Secundaria en el Teatro Municipal y la fiesta de promoción con esmoquin en el Club Central. Viajamos a Cusco en Cuarto y no en Quinto como lo hacen todos los colegios normales, cuando se tiene más edad para portarse mal.

 

Sobrevivimos a las matemáticas de Bernuy, al aliento de Poémape, a los pellizcones de Quique Caro, a los ‘deméritos con C’ de Eddie Campos, a las papas y chicha morada del Tori. El San José era, al menos para los que vivíamos en California, nuestro hogar, nuestro referente geográfico, punto de encuentro en las tardes bajo la excusa de entrenar cualquier deporte, hacer alguna tarea o ensayar para un sketch teatral o desfile en la Plaza de Armas. Pueden haber tumbado paredes, mas cada vez que cruzo el umbral, vuelvo a sentirme como el adolescente que fui, despreocupado por reprimendas y memorándums. Salí del colegio en 1989, pero el colegio nunca salió del mí, porque la principal lección que aprendí en sus aulas fue a ser feliz.

Publicado en Los primeros 60 años del Colegio San José Obrero Marianistas, 1ra. Edición de Noviembre de 2018

domingo, 26 de agosto de 2018

1968, Lennon y el 2018


Mucho se ha escrito sobre la década de 1960, la década prodigiosa, la más relevante y excitante de la pasada centuria. De los años que la conforman, 1968 es particularmente peculiar por lo violento y caótico, principiando por el recrudecimiento de la Guerra de Vietnam, las revueltas de Mayo en Francia, el sangriento desplome de la ‘Primavera de Praga’ bajo los tanques soviéticos, la no menos sangrienta masacre estudiantil en Tlatelolco, los disturbios de Chicago, los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, etc. En ese escenario revuelto, el Perú no se quedó atrás con la llamada ‘Revolución Peruana’ de Velasco, defenestrada por muchos y valorada por muy pocos.

Por primera vez en la historia de la humanidad, en los años 1960 la juventud de todas partes se convirtió en protagonista de su tiempo, creyéndose con la capacidad de poder cambiar el mundo. En 1967, Influenciados por las ideas de Marcuse, los poetas de la Generación Beat, psiquiatras psicodélicos como Leary y las canciones de los Beatles —también de Dylan y los Stones—, los jóvenes adoptaron primero una postura de resistencia pacífica, por lo que John Lennon cantaba All You Need is Love y parecía que efectivamente el amor iba a ser el componente de los nuevos aires que se respiraban en Occidente y que se podía mejorar las cosas trastocando las armas por flores.

Un año después, los pacifistas se volvieron reaccionarios. Influenciados por la inmolación del Che Guevara y otros movimientos de guerrilla, los chicos salieron a tomar las calles y se toparon con una clase dirigente recelosa de ceder un ápice de su posición vertical y arbitraria, respondiéndoles con represión policial, militar y asesinatos en masa a través de grupos paramilitares. Ante la lluvia de balas y catanas, los revoltosos buscaron el apoyo de sus profetas musicales. Algunos entraron en onda. Mick Jagger les obsequió Street Fighting Man, Lennon, por su parte, parecía darles la espalda al considerar que la violencia no era la solución. Justo en Revolution les dice: “Cuando hablas de destrucción sabes que no puedes contar conmigo”. En el llamado White Album, publicado a fines de ese año, el beatle iría más lejos en lo que la mayoría de las personas encontraron incomprensible, en Revolution 9 —tema experimental en el que no participaron los otros beatles— a través de grabaciones pasadas al revés, ruidos, aullidos y crepitar de fuego, vaticinó que la violencia sólo podía generar el caos, de allí que un psicópata como Manson interpretara que era la puesta en escena del noveno capítulo del Apocalipsis (en realidad le había puesto ‘nueve’ porque había nacido ese día y era su número de la suerte). Lennon seguiría siendo consecuente con el amor y realizaría su propia protesta serena encamándose en un hotel de Monreal y cantando: Give Peace a Chance.               


Han transcurrido cinco décadas desde 1968 y salvo que el poder global lo continúa detentando los mismos de siempre, podemos afirmar que el mundo se ha transformado pero no necesariamente para mejor. La caída —o fracaso— del comunismo, socialismo y demás hierbas coloradas, ha traído como consecuencia una juventud menos idealista y aletargada, un mundo más egoísta y menos comprometido con su entorno, una sociedad hipercomunicada e informada solamente a cuenta gotas. Si hubiera una ‘Revolución 2018’ —algo que urge a gritos en el Perú por toda la podredumbre y corrupción de la que somos testigos— no me imagino todavía con que música marcharíamos. Si con Despacito de Fonsi o Felices los Cuatro de Maluma. Tal vez con ninguna, porque la música también es sinónimo de abulia o apatía y sin referentes musicales que puedan incentivar a los jóvenes a rebelarse, es probable que sus marchas no conduzcan a ninguna parte.          

miércoles, 15 de agosto de 2018

chachapoyas: caminando entre las nubes

Mis hijos y yo en las faldas
del cerro Luya Urco. 
Chachapoyas ha sido una de esas citas con el Perú que podría haber seguido postergando si no fuera porque mi esposa, alentada por mi suegra, me conminó a viajar, el 9 de agosto pasado, como recreo post Fiestas Patrias. Los motivos principales para elegir este lugar era que Mavi, mi suegra con la que me llevo bien, iba a viajar con nosotros y tenía nostalgia de visitar a las amistades que dejó allá y Claudia, mi esposa con la que me llevo mal, quería conocer la tierra donde la ‘fabricaron’ a fines de 1981 para luego venir al mundo en septiembre de 1982. Para pasar revista a lo vivido durante cuatro días en un destino turístico que merece mayor promoción, he redactado mis apreciaciones como si se tratara de un glosario temático que espero sea disfrutable, de la misma forma como mi familia y yo disfrutamos de esta excursión.
BLANCO: Es el color predominante en las fachadas de todas las casonas y edificios del centro histórico de la urbe. Supongo que, por ordenanza municipal, es imposible encontrar otro color en varias manzanas a la redonda. Este monotonía cromática demuestra que existe un plan de ornato y conservación por parte de sus autoridades. El blancor de los muros combina con buen gusto con los marcos de las ventanas y los antiguos balcones pintados de negro y con los tejados de color ladrillo. Blancas son también todas las unidades de taxi que llevan en la parte inferior unos ribetes celeste, verde y rojo, los colores de su bandera provincial. 
CHACHAPOYAS: Ciudad fundada en 1538 por el español Alonso de Alvarado bajo el pomposo nombre de San Juan de la Frontera de los Chachapoyas. La palabra proviene del vocablo ‘sachapuyos’ que significa: “hombres de las nubes”, por la densa neblina que a veces cae sobre la zona. Enclavada a 2335 m.s.n.m. con la intención de conquistar las selvas nororientales del Perú, a no confundirse que el clima es netamente de sierra, con lluvias fuera de temporada, sol que quema y bajas temperaturas en las noches. Nada extremo que no pueda soportarse y, por el contrario, disfrutar.

La mujer que amo y mis
hijos en el pozo de Gocta.
GOCTA: Según la versión oficial estamos ante la “tercera catarata más alta del mundo”, detrás del  Salto del Ángel (979 m.) de Venezuela y el Salto del Tugela (947 m.) de Sudáfrica. La verdad es que con sus 771 m. de caída se encuentra muy rezagada en el ránking. Ni siquiera es la más alta del Perú. Ese honor le corresponde a las cataratas de las Tres Hermanas en Junín, que con sus 914 m. sí ocupa el tercer lugar en la lista mundial (aunque nadie lo promociona). Tampoco es la más alta de la región Amazonas donde es superada por la catarata Yumbilla con 895 m. (quinta a nivel mundial). No obstante, Gocta es espectacular y vale la pena visitarla. Partiendo en carro de Chachapoyas, te toma poco más de una hora llegar al pueblo de Cocachimba, que sorprende por sus modernas construcciones levantadas alrededor de una cancha de fútbol sin tribunas que funge de Plaza Mayor y por contar con un hotel de lujo, fruto de la correcta publicidad que merece esta maravilla natural. Tras pagar los derechos de ingreso, comienza un reto a la resistencia pues hay que recorrer a pie cinco kilómetros por un trayecto de subidas y bajadas que te dejan sin piernas y con el corazón en la boca. Si no tienes físico puedes ser conducido a lomo de caballo que te trasladará hasta el descanso levantado en el kilómetro tres. Por el camino es imposible perderse, sólo hay que seguir la mierda que los equinos van dejando. Aparte del panorama, la recompensa es refrescarte con el agua fría del pozo formado por la impresionante cascada, agua que curiosamente no es cristalina si no amarillenta, pero no tan amarilla como la que se puede recolectar de los chorros que caen en la localidad de Lejía, camino a Molinopampa. La altura de la montaña impide que el sol golpee con plenitud y el rigor de la chorreada genera un viento helado acompañado por una garúa que golpea por lo que se hace necesario contar con una casaca impermeable.     

Montados en un 'ronsoco'
en Higos Urco, con la
Universidad de fondo.
HIGOS URCO: Pampa ubicada a las afueras de la urbe donde el 6 de junio de 1821 se desarrolló la batalla homónima entre tropas realistas y patriotas y que sirvió para que la región se liberase del yugo español. En el centro de una grama amarillenta, que me imagino debe ponerse verde en temporada de lluvias, se levanta un monumento y una placa que recuerda la gesta de los 600 hombres comandados por Juan de Valdivieso que a punta de arma blanca hicieron correr a los chapetones, provistos con arma de fuego, hasta Moyobamba. Hoy sirve de lugar de esparcimiento para los chachapoyanos. En nuestra visita coincidimos con jóvenes jugando fútbol, vóley y varios estudiantes de la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza, ubicada al frente, quienes aprovecharon la tarde de sol al aire libre en vez de aburrirse en clases.

Plaza principal de Huancas. Nótese
las nubes cargadas. 
HUANCAS: A quince kilómetros de Chachapoyas se ubica este distrito que debe su nombre a sus primeros pobladores, procedentes de Huancayo, quienes fueron extirpados por los españoles de su tierra a causa de su fama de revoltosos, suplantando de cierta forma a los indígenas autóctonos de Chachapoyas quienes ante la presencia de los conquistadores migraron a Celendín. Sede del penal de alta seguridad, del aeropuerto donde por la densidad de las nubes es difícil aterrizar —por lo que la mayoría de aeronaves opta por utilizar la pista de Jaén— y de los miradores de Sonche y de Huanca Urco, es famoso por las artesanías a cargo de las mujeres del pueblo, quienes elaboran a mano unas hermosas y singulares ollas de barro, como se puede apreciar en las estatuas que se erigen en su plaza principal.

Paseo en teleférico con el río 
Utcubamba de fondo. 
KUELAP (para llegar a): Imán turístico de la región. Partiendo desde Chachapoyas, nos tomó poco más de una hora para llegar a Tingo Viejo —que más que viejo parece un pueblo fantasma— y varios metros arriba a Tingo Nuevo, con todititas sus fachadas pintadas de rosado y con unos rombos blancos que me recuerdan más al isotipo de Umbro que a Kuelap. Los hoteles, hospedajes y restaurantes se complementan a la perfección con el modernismo de la Estación Principal, inaugurada en 2017 por Kuczynski, donde adquieres los boletos para movilizarte hacia la ciudadela. Un minibús nos llevó al andén del teleférico, que acaba de tomar un consorcio francés en concesión, al cual llegas tras diez minutos de recorrido. Cada una de las veintiséis cabinas que vienen y van son para ocho personas —resisten 640 kgs. de peso— y se demoran unos veinte minutos en llegar hasta la cima, viéndose serpentear cientos de metros más abajo el río Utcubamba, principal fuente de vida de la zona. Al llegar al último andén, un cartel nos anuncia que nos hallamos a tres mil metros de altura y aquí debemos adquirir aparte las entradas para ingresar al complejo arqueológico. Esta última parada cuenta con una acogedora cafetería, que le otorga un aroma cosmopolita al lugar, y tiendas de artesanías donde compré una chalina de lana de bovino porque había ido medio desabrigado y el frío ventarrón y la copiosa llovizna me estaban pasando factura. Desde allí hasta la propia Kuelap todavía nos restan otros cuarenta minutos de caminata por una ruta en subida convenientemente empedrada. A quien quiera caminar entre las nubes que le cueste.

La ciudad entre la lluvia
y la niebla.  
KUELAP: En la cima del cerro Barreta nos recibe una enorme muralla de piedra, que en algunos puntos alcanza los diecinueve metros de altura y la cual debemos bordear para ingresar al complejo arquitectónico. A través de un conveniente circuito de madera se puede recorrer el interior y constatar que efectivamente nos encontramos ante una ciudadela y no una fortaleza como se creyó en un principio que se extiende a lo largo de seiscientos metros a la redonda. Edificado por los antiguos Chachapoyas en el siglo XI, su vigencia se mantuvo constante por más de cuatrocientos años, mezclándose con los Incas, quienes dejaron también algunos vestigios como una edificación rectangular llamada Callanca, hasta que aconteció un hecho dramático, aún no determinado, alrededor de 1570 y tras un incendio, como lo atestiguan algunas rocas quemadas, todo quedó desolado y olvidado hasta que fue descubierto a mediados del siglo XIX. En Kuelap se destacan las casitas líticas circulares y los ornamentos en rombo y con una historia tan oculta como el tupido manto de nubes en el que se encuentra, nos quedamos con las preguntas —sin respuestas satisfactorias— de por qué elegirían una cima tan alta e inhóspita para vivir, cómo harían para trasladar los bloques de piedra y cómo se suministrarían de agua y alimentos porque no asoman zonas de cultivo por ninguna parte. Hubiéramos querido pasear más, pero una lluvia inclemente que prácticamente nos empapó hasta los calzoncillos interrumpió nuestro paseo y nuestra búsqueda de respuestas. 

Los viajeros en pleno en el
Mirador de Luya Urco.
LUYA URCO: Cerro emblemático de Chachapoyas que debió verse muy bonito cuando estaba deshabitado y no ahora que se encuentra rodeado por unas casuchas que lo deslucen. En la cima se encuentra el Mirador de Luya Urco que permite una visión completa de los cuatro barrios tradicionales que componen la urbe y de los asentamientos humanos que agrupan a los inmigrantes que ahora son mayoría. Preguntando los motivos del proceso migratorio, me dijeron que se debía al turismo que se ha acrecentado en los últimos tiempos y por el penal de alta seguridad a la que han trasladado a tanto angelito y muchos de sus familiares se han venido a vivir en los alrededores. “¿Ha aumentado la delincuencia?”, pregunté, a lo que me respondieron: “No, lo único que han aumentado es el número de venezolanos que están por todas partes”. 
MOLINOPAMPA: De Chachapoyas a la provincia Rodríguez de Mendoza por una carretera sinuosa nos toma un poco más de dos horas pasando por Molinopampa y sus diversos anexos. La principal actividad económica es la ganadería. Se nota en la considerable cantidad de vacas con las que nos topamos. Otros atractivos del camino son el Rostro del Inca, estructura rocosa natural en el cerro Shiviña y el bosque de palmeras, único en el Perú, que se extiende por más de 80 km2, habiéndose reducido a más de la mitad por la búsqueda de más pastizales para el ganado. Hoy se encuentra protegido por resolución ministerial, siendo propietarios la comunidad campesina de la localidad. Pasamos también por ‘Matute’, el estadio donde juega el Alianza Lima de Huascazala y que tiene en la ‘U’ de Molinopampa a su más encarnizado rival.    

Alfi, Wicho de Mar de Copas y yo en 
la estación de Kuelap.
RADIOACTIVA: Es la estación radial ubicada en el 104.7 y que desde 1997 difunde rock & pop en Chachapoyas. Sin aburrirte como Oxígeno que reitera los mismos hits ochenteros de siempre, se atreve a pasar canciones que “hacia tiempo no escuchabas” y que se hallaban refundidas en el baúl de tus recuerdos auditivos. Raro experimento que aquí en Trujillo intentó Radio Maravillosa —donde allá por 1994 lanzamos con unos amigos un programa llamado La Hora Informal— pero murieron por inanición de anunciantes. Ese fin de semana, Radioactiva organizaba en el Montes Country Club un Festival de Rock que tenía como banda estelar a Mar de Copas, por lo que coincidimos con Wicho y compañía en Kuelap en la mañana previa. En los taxis que subimos y en algunos restaurantes en los que merendamos, la radio nos hizo sentir su omnipresencia, incluso en la despedida, en el vehículo que nos condujo a la terminal. “Es la radio más popular de Chachapoyas —dijo el taxista a mis oídos todavía incrédulos— pero no tanto como Karibeña que aquí la rompe”, contándome que el concierto de Mar de Copas estuvo lleno, pero no repleto como cuando se presenta Agua Marina, la banda de cumbia número uno en el corazón de los chachapoyanos.

Claudio o un Santo 
Imposible en el templo de 
Huancas. 
RELIGIÓN: La Virgen de Asunta es la patrona de Chachapoyas cuya festividad es el 15 de agosto. Mi suegra asistió a la procesión del sábado previo a las celebraciones donde merendó café y galletitas, yo me quedé en el hotel mirando el Clásico del Fútbol Peruano. Para quienes no somos muy religiosos y somos amantes de la arquitectura, llama la atención la austeridad de los principales templos, tratándose de una ciudad de fe fervorosa y fundación española con 480 años de historia. La Catedral, comparada con otras, es de pequeñas dimensiones y paredes peladas, con un par de lienzos añosos que vale la pena ver. lo mismo sucede con los templos Belén y de La Buena Muerte, ubicados frente a frente, separados por una plazoleta. El templo que sí llamó mi atención, a pesar de su modesta edificación, fue el del distrito de Huancas que data de 1892 y su techo está reforzado con leños de eucalipto. El patrón es el Señor de los Milagros, pero a diferencia de las imágenes habituales en otros lares donde es representado a través de un lienzo, el Milagroso de Huancas es una talla de madera, única en el Perú.


Selfie de Claudia con el Cañón de
Sonche de fondo.
SONCHE: Es el nombre de uno de los ríos aledaños a Chachapoyas. En el distrito de Huancas han levantado un mirador —a tres soles la entrada— en cuyo camino existen dos árboles de la quina, símbolo patrio de nuestro escudo que según parece se haya en extinción en el Perú. Desde el mirador se puede apreciar en todo su plenitud el Cañón de Sonche de unos once kilómetros de extensión y más de 900 metros de profundidad. Cualquiera se queda maravillado y disminuido ante tal magnificencia natural y comprende por qué los gringos sacan pecho por su Gran Cañón. En la cima del mirador han edificado un torreón inútil, pues la visión desde arriba es bastante parcial del paisaje. Lo recordaremos por los vientos huracanados que violentos amenazan con levantarte en peso y arrojarte al precipicio.

Mi familia con la gruta de fondo por
donde se deslizó la culebra.
 TOCUYA aguas termales de: Ubicada en el distrito de Omia —que cuenta con uno de los templos católicos más vistosos de la región—, es quizá uno de los principales atractivos turísticos de la provincia de Rodríguez de Mendoza que se destaca por su generosa producción de café y por su gente colorada y de ojos claros a quienes les denominan guayachos’, gente muy amable y propensa a la juerga —Los Guayachos es también uno de los restaurantes más ricos y concurridos de Chachapoyas, aledaño a la pampa de Higos Urco—, como puede notarse en la cantidad de locales nocturnos que hay en la capital de provincia. Los pobladores han construido de manera artesanal las pozas donde se concentran las aguas termales aledañas al río Gebil y la gente acude en familia a bañarse para luego almorzar en los restaurantes campestres. Tras acostumbrarnos al olor sulfuroso de las aguas —similar al huevo podrido—, nos metimos a las pozas de distintas profundidades, atentos a no permanecer más de dos horas como reza en un letrero. Nos salimos un poco antes cuando una de las bañistas advirtió que una culebra se había metido a las aguas.     
TRAYECTO: De Trujillo a Chachapoyas median catorce horas en bus. Partimos a las cuatro de la tarde en Móvil Tours y arribamos a las siete y media del otro día. A las cinco de la mañana nos detuvimos en Bagua Grande. Bajé del vehículo y conversé con un mototaxista, enfundado en una chalina para abrigarse de un frío que no había y hacían más resaltantes sus ojos verdosos. Le pregunté por la ubicación de la ‘Curva del Diablo’ y me dijo que ya la habíamos pasado y que su nombre se debía a que se trataba de una curva muy cerrada y peligrosa. Por no incomodarlo, no le pregunté por el ‘Baguazo’, pero anticipando mis intenciones, afirmó que la vida en Bagua era bastante tranquila y que rara vez pasaba algo. Dos mañanas después, me enteré por el noticiero de Exitosa que habían torturado y asesinado a cuchillazos a un sacerdote jesuita, director de un colegio de Fe y Alegría en Bagua. 

YANAYACU: Nombre de una famosa fuente de agua, ubicada a unos 700 metros de la Plaza Mayor, en las faldas del cerro Luya Urco, a la que se llega a través de unas escalinatas de piedra. El pocito se encuentra convenientemente enrocado como si se tratase de una gruta y a un costado una placa relata su leyenda: hallándose de paso Toribio de Mogrovejo por esos lares y compadecido porque los vecinos se hallaban sedientos, tocó las rocas tres veces con su báculo y de allí brotó agua. Dicen que el visitante que beba sus aguas se enamorará de una chachapoyana y se quedará en ese valle para siempre. El problema es que hoy se encuentra tan sucia y con basura que lo más seguro es que termines enfermo y no precisamente de amor.