lunes, 4 de diciembre de 2017

¡campeones!

La última vez que Alianza Lima se coronó campeón fue frente a Cienciano en un ya lejano 27 de diciembre de 2006. Tengo motivos personales para recordarlo bien. Esa noche bauticé a mi Alfi en el templo de Nuestra Señora de Alta Gracia en la Urb. Primavera-Trujillo y durante toda la ceremonia un audífono casi imperceptible que colgaba de mi oído me mantuvo más pendiente de lo que acontecía en Matute que en las palabras del párroco. De allí que seguro mi hijo mayor me haya salido medio hereje y yo tenga a Alianza como mi suprema religión. 

En los cuarenta y seis años que estoy próximo a cumplir, la institución íntima ha sumado nueve títulos. Tres de ellos no los recuerdo. En 1975 tenía poca edad y en el bicampeonato de 1977-1978 vivía más interesado en animes como Meteoro o Fantasmagórico. Empero mi primer recuerdo de mi equipo viene del siguiente año, de la Copa Libertadores 1979 que nos tocó enfrentar a equipos brasileños —Guarani y Palmeiras— y que a pesar de no cosechar ni un puto punto, en el Clásico que perdimos y toda mi familia hinchaba por Universitario, en un gesto de rebeldía elegí hacerle barra al equipo de uniforme blanco y negro —el televisor Westinghouse de mi casa era en B/N—, una actitud que nació en definitiva por darle la contra a mi viejo, una broma que luego tomaría en serio y que sin imaginarlo, con el correr del tiempo iba a formar parte de mi vida. 

El primer título de Alianza que disfruté fue el de 1997, una tarde de media semana. Mi viejo ya se había ido de la casa y yo lo vi con él, en su propia sala. Un 0-5 contundente frente al Atlético Torino en la calurosa Talara, puso fin a una sequía de diecinueve años sin títulos. Cuatro años después, de nuevo en la casa de mi viejo, vi a Alianza ganar por penales al Cienciano el título del Centenario. El bicampeonato de 2003-2004 los vi con mi suegro en su casa (cuando todavía no me casaba) donde los agarramos de hijos al Sporting Cristal. 

No recuerdo el subcampeonato de 1982. Si bien ya me gustaba ver fútbol por televisión, los canales no apostaban por transmitir el torneo local. De 1983 recuerdo la desastrosa campaña en la Libertadores frente al América de Cali y el Tolima y de 1984 la soberana paliza 11-0 contra el Sport Pilsen de Guadalupe, con hat-trick de Cubillas. En 1985 debo reconocer mis simpatías viraron hacia el Mannucci de Calín Delgado y Pocho Valdez. Fue la única vez que me alegré por una derrota de 0-1 de Alianza, en una tarde lluviosa en el Mansiche en que vi pasar delante de mí a Jaime Duarte con cara de pocos amigos, había sido expulsado de la cancha.

En 1986-1987 mi interés se depositó en la Juventus de Michel Platini (mi máximo ídolo). Los partidos de la Serie A italiana eran transmitidos los domingos en la mañana por TV Perú con la locución de Raúl (“Se sienten pasos en el arco…”) Maraví. Ese 1986 pisé el Alejandro Villanueva por primera vez para ver con mi primo Cuqui (hincha de la U) el partido de despedida de Cubillas. A mediados de ese año, ya aficionado a escuchar los partidos a través de la radio escuché a Alianza perder por primera vez un partido decisivo por penales frente a la San Agustín. A fines de ese año los blanquiazules ganaron el Descentralizado y forzaron un partido definitivo frente a los agustinos en enero del siguiente año, partido que escuché por radio en la casa de Renzo Vinatea frente a la plazuela de Huanchaco y que perdimos 0-1 con gol del ‘Burrito’ Ziani. No sabía que sería la primera de muchas finales sufridas. 

La final de 1987 se disputó a fines de marzo de 1988. La Libertadores frente al Peñarol y el Sport Progreso y la posterior tragedia del Fokker fueron los vectores que me hicieron asumir mi aliancismo con total convicción. El título lo perdimos 0-1 frente a la U que entrenaba Oblitas. Recuerdo de ese partido a un hincha grone disfrazado de gallina saltando en la pista atlética, una banderola crema agradeciéndole a Samuel Eugenio por su garra, a José Velásquez saliendo expulsado de la cancha. No me acuerdo más nada. Era el comienzo de un periodo oscuro para los victorianos, con ‘Clásico de la Vergüenza’ incluido. Habría que esperar hasta 1993 para que Alianza volviera a levantar cabeza con los llamados ‘potrillos’ (en homenaje a Lucho Escobar), subcampeonato al ganarle por penales a Cristal y Waldir Sáenz anotando treinta y un goles ese año, sin sospechar todavía que estaba camino a convertirse en el goleador histórico del club. 


El subtítulo de 1994 se consiguió con golazos de Jayo en un Clásico. El de 1996, por el punto adicional al quedar segundos en el Descentralizado. El de 1999 una mala noche del  ‘Loquito’ Del Mar nos costó que la U nos derrotara 3-0 en el Nacional y a pesar que ganamos 1-0 en casa, no pudimos evitar que nuestro máximo oponente diera la vuelta en Matute. Tendría que pasar una década para  ‘lograr’ un segundo puesto más, el de 2009 frente al Universitario de Nolberto Solano que se mostró muy superior a lo largo de la temporada (nos ganaron en los cuatro Clásicos). Si bien todos los segundos puestos duelen, creo que ninguno de los mencionados se compara con el de 2011 frente al Aurich a quien se le ganó muy bien en Chiclayo, se perdió 0-1 de forma absurda en Matute (y Coco Bazán se ganó la animadversión de la hinchada por su expulsión), se disputó un tercer partido que terminó 0-0 tras 120 minutos y perdimos en la tanda de penales. Si este último domingo cada hincha blanquiazul estuvo nervioso en estadio lleno, frente a un rival pequeño como el Comerciantes Unidos, fue porque arrastrábamos el trauma de seis años atrás, trauma que con dos oportunos goles de Gabriel Leyes nos pudimos aliviar.  

Tuvieron que pasar pues once años, una década en que la comunicación a través de redes sociales ha hecho que el mundo cambie. Cuando Alianza campeonó por última vez no existía Facebook ni memes hirientes, ya habían blogs como este que comencé a alimentar a partir de 2008. Tuvimos que soplarnos tres títulos del Cristal, tres de un bisoño San Martín que se convirtió en ‘nuestra sombra blanca’ (como antaño lo fue el Centro Iqueño), dos de la U y uno del Aurich y uno del Melgar. Vimos a Alianza golear 4-1 al Estudiantes de la Plata en lo que debe ser el mejor partido en nuestra historia en la Libertadores. Tuvimos que soplarnos tres Olimpiadas, dos mundiales, los ocho años de gobierno de Barack Obama, el primer presidente ‘grone’ de Norteamérica, tuve que ver el nacimiento de Claudio, mi segundo hijo, que a pesar de sus limitaciones lexicales pronuncia: ¡Vamos, Aliasia!, me acompaña con más fidelidad en los partidos que su hermano mayor. Tuvimos que soportar las burlas de todas las tiendas repitiendo al unísono: ¡Se viene el quino!”, al igual que en los periodos de sequía de 1933-1948 y 1978-1997 y que felizmente no vamos a ‘celebrar’. 

Aparte de los picones extremos, me da gusto que la mayoría de mis amigos rivales reconozcan que Alianza Lima fue el mejor. Mérito de la dirigencia que limpió el camerín de tanto argollero que se creía dueño del club y de Bengoechea que al estilo uruguayo sacó provecho de un equipo barato y limitado (cuyo presupuesto es 50% menor que el de la U y Cristal), sin buenos laterales y un centro delantero, volviéndose muy poderoso de local donde no perdió ningún partido. Con el título número veintitrés en la rica historia íntima cerramos pues un 2017 espectacular en el balompié nacional, año en que Sport Boys regresó a Primera División y Perú volvió a clasificar a un Mundial. Como dicen, están pasando cosas y podemos en 2018 aspirar a más.             

viernes, 24 de noviembre de 2017

universo transmedia: las nuevas fronteras de la comunicación

El transmedia según Jenkins.
Han transcurrido catorce años desde que Henry Jenkins, académico del MIT, acuñó el término ‘Transmedia Storytelling’ para un artículo publicado en el Technology Review donde sostenía que el uso coordinado de la narración a través de diversas plataformas puede hacer más atractivos a los contenidos. Este ha sido el punto de partida para nuevas formas de comunicaciones integradas que tienen como objetivo principal la interacción de las audiencias fundamentalmente a través de las redes sociales.

La Gioconda de Duchamp.
El fenómeno transmedia, sin embargo, no es nuevo. El colombiano Carlos Obando Arroyave en su conferencia magistral en el UNTCOM (Reflexiones en Comunicación para la Investigación) mencionó a Marcel Duchamp como precursor de este tipo de contenidos al modificar el contenido clásico del arte al atreverse a dibujarle bigotes a La Gioconda en la década de 1930. Yo creo más bien que encuentra su desarrollo en la Industria del Espectáculo y Entretenimiento cine, cómic, televisión— con personajes como Tarzán de Edgar Rice Burroughs, los superhéroes de la DC Comics o Marvel Comics, los personajes de Walt Disney —con parques temáticos incluidos— o las sagas de Star Trek, Star Wars o Indiana Jones que traspasaron la pantalla para interactuar con sus fanáticos a través de otros formatos como series, dibujos animados, juguetes, objetos de merchandising, etc.

Afiche del UNTCOM.
Lo que la web 2.0 ha originado es que ese niño o adolescente que jugaba por ejemplo con sus muñecos de Darth Vader o Luke Sywalker y se entretenía creando su propia historia de ficción, ahora pueda expresar y compartir sus ideas lúdicas lanzándolas a través de la nube sin tener que preocuparse por derechos de copyright. Las nuevas plataformas digitales —que han tenido un crecimiento exponencial con las pantallas táctiles— han permitido que proliferen lo que Jenkins llama ‘prosumers’, neologismo que combina el término ‘consumidor’ con el de ‘productor de contenidos’. Hoy, miles de personas comunes y corrientes de distintas partes del orbe, cuentan con las herramientas necesarias para que ellos mismos autogeneren sus propias narrativas, invadiendo las redes con elementos viralizables que se comparten de manera profusa, difusa y, a veces, confusa, la mayoría de veces anónimas, irresponsables y casi subversivas.

Con la explosión del transmedia, el premonitorio eslogan de YouTube: “Broadcast Yourself” cobra absoluta vigencia. La tecnología ha hecho de la comunicación una de las actividades más democráticas del mundo, transformándola en un mecanismo digital que viene apabullando y menoscabando a las formas tradicionales o analógicas de información y entretenimiento. Los comunicólogos o especialistas en Ciencias de la Comunicación han encontrado en las nubes de almacenamiento una dura competencia. Hoy, cualquier tipo puede asumir la comunicación como una actividad colateral a su formación profesional, convirtiendo a la comunicación en la profesión sin título con mayores cultores a nivel mundial.   

Tomando el título de Robert Fidler, gracias a la narrativa transmedia vivimos en un proceso de mediamorfosis en el que no se vislumbran cuáles serán sus alcances o hasta dónde se van a expandir las nuevas fronteras de la comunicación.           

sábado, 18 de noviembre de 2017

clasificamos... aunque usted no lo crea


De repente se producen hechos que toman tiempo digerir, de acostumbrarse, de dilucidar si se trata e ficción o realidad, sean malévolos (la gran mayoría) o benévolos. Asimilar que PERÚ CLASIFICÓ A UNA COPA DEL MUNDO suena a broma cruel en un país históricamente perdedor, a burla del destino, a una paradójica confusión de roles. Tanto escepticismo no es gratuito. Llega amamantado por treinta y seis años de frustraciones (1), tragándonos goleadas inmisericordes. Por contar con dirigentes corruptos de poco peso internacional y entrenadores alcahueteros haciéndose de la vista gorda por los jugadores que prefieren la juerga antes que la concentración. Por las primeras planas triunfalistas o por los periodistas criticones o ayayeros. Por contar con una de las hinchadas más tibias del mundo (2). Por tener una liga profesional con pocos clubes serios. Por mantener un esperpento como la anacrónica Copa Perú que de fútbol macho tiene poco y de mafia mucho. 

Como peruano e hincha de Alianza (3), el fútbol lorcho es algo que me duele, que me lacera el alma, que me aplasta contra una muralla de derrotas. No obstante, en cada Eliminatoria me aferro como muchos a la esperanza y me mantengo hasta el pitazo final, aferrándome, como náufrago a una tabla, a las matemáticas, a los resultados inverosímiles, a un gol que nunca he de gritar. El proceso a México '86 comenzó mal. Perdimos e igualamos con Colombia por lo que ganarle y empatarle a la Argentina de Maradona no nos sirvió de nada. Para Italia '90 no sumamos ni un miserable punto. Incluso Bolivia nos ganó en el Nacional. La Eliminatoria de USA '94 encontró a una albirroja acostumbrada a quedar en el sótano de Sudamérica. Cinco derrotas y un empate fue el saldo paupérrimo. La situación mejoró para Francia '98. Dimos pelea, nunca perdimos de locales y quedamos fuera por diferencia de goles, igualamos con Chile en puntaje pero ellos nos golearon 0-4 con la dupla ofensiva Salas-Zamorano que era muy superior a la Maestri-Carty. En el nuevo siglo el panorama se mantuvo igual de sombrío. Octavos para Corea-Japón 2002. Novenos para Alemania 2006. Últimos para Sudáfrica 2010. Séptimos para Brasil 2014 (4). Siempre lejos de siquiera arañar el repechaje. 

Para Rusia 2018 y contando con un entrenador melenudo cuyo currículo es haber sido él que nos dejó de la máxima fiesta con un gol medio dudoso en 1985 (5), iniciamos el camino con un cúmulo de desaciertos que llegaron al paroxismo con el empate 2-2 con Venezuela en casa. Cuando parecía que ya estábamos ante otra eliminación anticipada, gracias a que tuvimos para experimentar una Copa América Centenario, el comando técnico se la jugó por elementos emergentes de nuestro medio antes que por las ‘vacas sagradas’ del Extranjero y la selección tuvo un nuevo despertar con nombres impensados como Trauco, Ruidíaz o Flores y con ellos conseguimos un soberbio e histórico 1-4 frente a Paraguay en el propio Defensores del Chaco. Aún así todavía estábamos muy lejos de los primeros lugares y para acercarnos necesitaríamos una ayudita fuera de la cancha por parte de Chile que reclama ante la FIFA los puntos que perdieron tras empatar con Bolivia de local por la inclusión del paraguayo Nelson Cabrera (6). Como esta irregularidad —de la que nadie en el Perú se percató— había sido cometida también contra nosotros en el partido que perdimos 0-2 en La Paz, nos vimos de repente por decisión de Zúrich y reafirmada por el TAS, reacomodados en la tabla y comenzamos un 2017 impensado para todos en el que no perdimos ninguno de los ocho partidos disputados por Eliminatorias, ganando cuatro y empatando cuatro, la media exacta para estar en el mundial (7).

En el balance general, Perú era más equipo que Bolivia, Venezuela, Ecuador y Paraguay que perdió la clasificación de manera impensable en la última fecha al caer 0-1 frente a Venezuela en la propia Asunción, pero no éramos mejores que Chile que, jugador por jugador, es superior a nosotros, nos superaron en los dos encuentros eliminatorios e inexplicablemente se pusieron la soga al cuello cuando perdieron 0-3 contra Paraguay en Santiago. En el fútbol, las cifras valen más que los merecimientos y nosotros vamos a Rusia porque esos números que por fatalidad nos son tan esquivos —sumando somos los más burros— esta vez se pusieron de nuestro lado... aunque todavía me cueste creer.               
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(1) La prensa no se pone de acuerdo en si son treinta seis años tras el empate 0-0 frente a Uruguay en el Nacional el 6 de septiembre de 1981 o treinta y cinco años tras la goleada 5-1 que nos encajó Polonia el 22 de junio de 1982. Yo personalmente considero que son sólo treinta y dos años desde aquel 0-1 que perdimos en casa frente a Chile por el repechaje a México '86.  
(2) Alguien comparó por allí la pasividad de las tribunas peruanas con el público que asiste a un concierto de Gianmarco.
(3) Que en buen romance viene a ser lo msmo porque como reza la polka: Alianza Lima de La Victoria, Alianza Lima es el Perú
(4) Con Brasil de anfitrión, en las Eliminatorias de 2014 se enfrentaron sólo nueve países manteniendo Sudamérica sus cuatro boletos y medio (repechaje) por lo que el panorama asomaba asequible. “¡Si no la hacemos ahora, no la hacemos nunca!”, vaticinó mi gran amigo Juan José Bringas en una noche de cierre en La Industria. Menos mal se equivocó. 
(5) Dudoso porque la televisión anunció que había sido Pasarella quien anotó el gol que rebotó en el parante y recorrió caprichosa la línea blanca sin introducirse, Gareca empujó a Chirinos y la metió a la mala. A pesar de darles la clasificación, Bilardo decidió prescindir de sus servicios para el mundial del año siguiente. 
(6) Reclamo que a la larga les costaría a los chilenos la clasificación ya que ellos ganaron dos puntos y Perú tres, siendo determinante en la tabla final en que a pesar de igualar con los mismos puntos, los dejamos fuera por diferencia de goles. Nos cobramos la revancha de Francia '98. 
(7) Si bien empatar de visita siempre es un buen resultado para cualquier equipo, el 0-0 con Nueva Zelanda en Wellington originó muchas dudas en el aficionado, cuando lo racional era que Perú lograría con cierta holgura (en el juego) su clasificación. En las clases previas al partido les decía a mis alumnos que Perú ganaría por los siguientes motivos: a) Gareca jugó con un planteamiento conservador, a no perder, y aún así hizo daño; el planteamiento en Lima sería más ofensivo. b) Los ‘All Whites’ son bastante limitados, Perú demostró ser mucho más equipo. c) Con Chris Wood lesionado, sólo cuentan con Ryan Thomas para hacernos daño; un solo jugador es muy poco. d) Nueva Zelanda volvería a apostar por el ‘ratoneo’; eso le funcionó en Wellington porque la cancha tiene menores dimensiones que el Nacional, aquí les iba a costar ratonear porque serían más los metros que hombre por hombre tenían que cubrir. e) El viaje de Perú fue de dieciséis horas en un avión acondicionado con camas, el de Nueva Zelanda fue de treinta horas en un vuelo comercial y haciendo escala en Buenos Aires, por ende jugaríamos más descansados.

martes, 15 de agosto de 2017

a kike con cariño

Kike Caro, Miki Ganoza y sus
alumnos de la
Promo XXVIII del SJO.
Todos los colegios tienen un profesor emblemático, un maestro cuyas enseñanzas dejan una huella imperecedera en sus discípulos. En el San José Obrero-Marianistas de Trujillo ese sitial le corresponde por canasteada a Enrique Caro White.

Personaje de vastísima cultura, su materia fuerte era la Historia Universal —uno de esos cursos humanistas expectorados por Fujimori de la malla curricular— donde se explayaba a su regalado gusto, embelesando a su corta (por edad) audiencia pasando revista como pocos de las andanzas de egipcios, griegos y fenicios en Primer Año, de ostrogodos, francos y visigodos en Segundo, la Revolución Francesa en Tercero y las Guerras Mundiales en Cuarto. En Quinto dejaba la historia y nos enseñaba Filosofía y Lógica, mismo Platón a unos improbables Aristóteles. Kike Caro era un orador elocuente, de un verbo cultivado, que matizaba sus lecciones programadas con temas de actualidad como la perestroika, la rebelión estudiantil en la plaza Tiananmén o incentivando el debate con el estreno de películas que valía la pena ver como The Mission o Le nom de la Rose. Su método pedagógico era la exposición prolongada —setenta minutos en promedio— en los que nadie se le hubiera ocurrido interrumpirle, acto que podía costarte un severo pellizco que te dejaba el hombro moreteado y adolorido por el resto de la semana. Cuando el maestro dictaba su clase, todo alrededor se callaba. Con él se cumplía a la perfección el eslogan de Pioneer: “El resto es silencio”.

De elevada estatura y cabello canoso prematuro, no recuerdo haberlo visto alguna vez con terno en clases, marcando diferencia con la mayoría de sus colegas. Su vestimenta usual era un polo con cuello que marcaba muy bien su porte atlético —amante de la playa, practicaba natación—, no necesitaba de corbatas para lucir elegante e impresionar con su espigada presencia. Tampoco era muy amigo de utilizar la pizarra, quizá por evitar embadurnarse los dedos con tiza, menos de revisar cuadernos y esas cojudeces por el estilo. Lo suyo, reitero, era la verborrea. Hablaba con una letanía que me imagino adquirió en sus tres años de seminarista en España donde le faltó muy poco para recibirse de sacerdote. Contrario a demostrar afectos por algo o por alguien, nunca le escuché algún comentario zalamero, lo suyo era la crítica punzante y el sarcasmo oportuno. La admiración que despertaba por sus conocimientos y por su franqueza al parlar hizo que se ganara el cariño el respeto en el aula de muchas promociones de sanjosefinos, convirtiéndose por absoluta mayoría en el profesor referente, el número uno, el invitado estrella de todos los reencuentros de ex alumnos y clases del recuerdo. En la última de ellas, le dejó a mi Promoción una instrucción memorable: “disfruten de este momento porque la felicidad no es eterna, está constituida por instantes como estos”.  

Vecino cercano del centro histórico de la ciudad, era común por las noches verlo recorrer sus calles, sea para ir al cine —iba solo como buen cinéfilo que se respete— o para recorrer estaciones en Semana Santa, porque si bien era un voraz consumidor de Voltaire y otros autores heréticos, nunca dejó de ser un hombre creyente. Cuando me mudé cerca de Albretch, tuve la fortuna de disfrutar de sus prodigiosas chácharas, sobre todo en los últimos veranos cuando sacaba a mis hijos al parque y Kike se sentaba conmigo en una de las bancas para hablar de política, literatura, chismes de las rancias familias trujillanas y, sobre todo, de cine. Nunca se lo dije, pero gracias a esa manera tan minuciosa que tenía para graficar las escenas de tal o cual película, con un brillo goloso en los ojos, augurando un suculento placer audiovisual, es que después pude disfrutar de Teorema de Pasolini o Straw Dogs de Peckinpah. La última película que me prestó fue The Secret of Santa Vittoria con Anthony Quinn y Anna Magnani, quedó pendiente prestarme Du Rififi chez les hommes y seguro tendré presente sus descripciones cuando tenga oportunidad de verla.

Nunca leí ningún escrito de Kike. No sé, ni le pregunté, si alguna vez había escrito algo, pero presumo por la calidad de expresar y defender sus ideas que hubiera sido un excelente analista político, a la par de un consumado crítico de arte. Lástima que no se le ocurriese tener una columna en cualquier medio masivo. Hace unos meses, tras diagnosticarle y tratarse del cáncer al estómago, nuestras conversaciones giraban, irremediablemente, sobre su enfermedad y el agradecimiento que les tenía a sus alumnos que se habían portado de maravilla con él. En el verano lo vi con unas cajas de leche y tuve la osadía de preguntarle: “¿No te han prohibido la lactosa?”, a lo que tajante me respondió: “¡Siempre he tomado leche y me moriré tomando leche!” a lo que le di la razón, privarse de lo que te gusta en las postrimerías no tiene sentido.  

Hace cuatro días lo vi de pasada en la calle, a dos cuadras de su casa, frente a la estación de bomberos. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con una bolsa llevando no sé que diablos. Lucía delgado, con el rostro sin afeitar y algunas llagas en los labios, pero su tez ya no tenía ese color cenizo de hace unas semanas, si no su rosado natural, y la chompa roja de lana delgada con cuello en V le quedaba bien puesta, como siempre. El apuro sólo permitió que me dijera un escueto: “Todavía sigo andando” y yo, tomándole de los antebrazos, me despedí con un “¡Fuerza, Kike!”, sin imaginar que sería la última vez que cruzaríamos palabras. Hoy martes 15 de agosto, Kike Caro, el caminante infatigable, ha tomado a los setenta y siete años la ruta que, tarde o temprano, docentes y discentes tendremos que tomar. Nuestro profe, por fin, ha dejado de enseñar.

sábado, 10 de junio de 2017

pura finta

Un lunes, los peruanos se enteran que la leche que toman no es leche, gracias a que en el mercado panameño se prohíbe el ingreso de un producto lácteo que no es muy ‘lácteo’. El martes, la empresa Gloria sale en defensa de Pura Vida, aduciendo que contiene 60% leche de vaca y 40% de sabrá Dios qué y que para no seguir confundiendo a los burros que no se toman la molestia de leer sus componentes, sacarán a la vaquita de su etiqueta, aunque nunca aclaran cuándo, seguro apenas se les acabe los miles de litros etiquetados que tienen en stock. El miércoles, Indecopi solicita el cese de la comercialización de una marca que a estas alturas ante la opinión pública ha quedado peor que engrudo, como ‘medida cautelar’ hasta que Digesa se pronuncie —recién— sobre sus condiciones sanitarias. El jueves, los supermercados proceden a sacar de sus góndolas todo lo que suene a Pura Vida y por siaca otras marcas de Gloria como Bonlé. Por su parte, algunas municipalidades requisan bolsas y latas en bodegas y mercados populares. El viernes, ante la pérdida —inevitable— y millonaria, la empresa Gloria hace oficial la defunción de la marca Pura Vida, anunciando que en su reemplazo lanzará otra de precio similar —menos de tres soles— esta vez con el porcentaje suficiente para ser considerada ‘leche’ y enriquecida con más nutrientes y minerales como indemnización a tantos años de haberle metido la yuca a los consumidores. Colorín Colorado, este cuento parece acabado. A Gloria le caerá una multa a monto de propina y la gente, por costumbre o por necesidad, seguirá consumiendo sus leches, confundiendo lo químico con lo natural. Total, nos llamamos Perú con P de Pura Vida y aquí no pasa nada. 

Pura Vida irrumpió en el mercado peruano en 2002 con una campaña publicitaria bastante llamativa, ideada por Pragma/DDB. El spot escenificaba una actuación de colegio en el Día de la Madre y una profesora que decía: “A continuación Miguelito del Primer Grado recitará el poema: ‘El amor de mamá es tan grande como yo’” y elevaba el micrófono a gran altura, dando a entender que el tal Miguelito era del tamaño de un basquetbolista. La locución en off terminaba con el eslogan: “Para que tus hijos sean mejores que tú”. En 2005, la marca se aventuraría a su primera extensión de línea, al yogurt bebible que llevaba ‘NutriBio’, un componente que según el comercial ayudaba a la flora intestinal y cerraba con el eslogan: “Para una vida más sana”. Sin que los consumidores sospecharan que se trataba de una marca de Gloria —recurso totalmente válido en el marketing en el intento de ocupar varios nichos—, Pura Vida siguió extendiéndose por otras categorías, como jugos de ‘fruta’ y aguas de mesa, con el aval y consentimiento de Indecopi y Digesa, es decir quince largos años sin que ninguna entidad o autoridad competente se manifestara al respecto, pecando de dejadez, omisión, permisividad y quizá de corrupción. 

Indigna, ofende y duele que una Corporación peruana con presencia en varios mercados internacionales como Gloria engañe, estafe y presumiblemente cause daños en los organismos de los pobladores más vulnerables, incentivando el consumo de productos nocivos para la salud. Lejos han quedado los días cuando la empresa se pavoneaba con el eslogan: “La calidad que usted conoce”. Sin embargo, si hacemos un mea culpa, la responsabilidad de un timo tan prolongado recae en todos. En el Gobierno —llámese funcionarios, congresistas, entidades sanitarias y de protección al consumidor— al no realizar su función fiscalizadora. A los periodistas por hacerse la vista gorda. A los medios de comunicación por el temor de perder pauta publicitaria. A los publicistas por elaborar mensajes engañosos y manipuladores, ocultando o maquillando la información. A la sociedad en general por comprar sin informarse bien. A las madres que prefieren comprar productos envasados por su pragmatismo y comodidad. A los padres —como yo— que optan por comprar una caja que cuesta cuatro soles en vez de un litro de leche pura que cuesta tres veces menos y nutre mucho más y ahora ni de coña puedo hacer que mis hijos elijan el sabor natural porque ya se acostumbraron a ese líquido agualate cargado de preservantes.

Como comunicador creo en la libre empresa pero me parece escabroso que todavía prevalezca la premisa de que el mercado es una jungla y que hay que vender-vender-vender porque lo único que interesa es ganar-ganar-ganar. En este semestre tengo el agrado de volver a enseñar Publicidad a estudiantes de Administración y Marketing y al tocar el tema Pura Vida me di con la sorpresa que la mayoría de ellos justificaba el uso de la publicidad engañosa con tal de alcanzar las metas, aduciendo que la gran mayoría de productos alimenticios que se comercian en en Perú no son lo que dicen que son y cómo “todo el mundo lo hace”, es válido que Gloria lo haga también. Si los futuros mercadólogos tienen esta perspectiva de su profesión, podemos inferir cuál es la visión de la ética que tienen los profesionales en el campo —muchos de ellos catedráticos— viendo a sus clientes como sujetos a los cuales hay que esquilmar sus bolsillos, sin ningún tipo de respeto o consideración. 

Pedirle ética a un marketero o a un publicista puede sonar tan risible como pedirle a las vacas leche condensada. Para contrarrestar su lucrativo (diabólico) proceder, a los consumidores sólo nos queda educarnos un poco más y rebelarnos contra las industrias que nos timan y atentan contra la vida y la salud de nuestros hijos. Tenemos el poder de no comprar, no elegir, no recomendar. Podemos hacer que las marcas sean más honestas con nosotros, ofreciéndonos un trato adecuado y no nos vean solamente como billetes circulando. Podemos mucho si nos informamos, aunque en un mundo hipercomunicado es cada vez más difícil encontrar información no manipulada. 

sábado, 13 de mayo de 2017

el trece de mayo celebra su centenario

Los católicos celebran hoy cien años de la aparición de la Virgen en Fátima. No es poca cosa. De hecho es la visita celestial más grandiosa y sensacional en una centuria. La repercusión de la efeméride ha pasado casi desapercibida en este mundo descreído. Qué lejanos me parecen los tiempos cuando era estudiante de un colegio de la congregación Marianista y todos los 13 de mayo alzábamos nuestras voces crédulas para cantar que la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría, aunque las monjas norteamericanas no se tomaron la molestia de explicarnos que ‘Cova de Iría’ era el lugar específico donde la madre de Jesús se manifestó. El evento me parecía tan mágico que no creía que podía haber pasado relativamente hace tan poco tiempo. Prodigios de este calibre me parecían propios de la época de Cristo o máximo del medioevo cuando la cobertura de la Iglesia propiciaba que proliferaran los milagros. Más alucinante me pareció cuando la sister Michelle nos dijo que la pastorcita Lucía todavía estaba con vida, que era contemporánea a nosotros y que la podíamos visitar si nuestros viejos costeaban nuestros pasajes hasta el monasterio de Portugal donde radicaba. Ver a la única persona viva, certificada por la Iglesia, que había visto en directo a la Virgen me parecía en mis cortos ocho años algo trascendente a experimentar. Preguntarle, si se me permite, cómo son los rasgos de su cara, cual es el color de sus ojos y de su piel, cómo le gusta presentarse ataviada, etc., hubiera sido una epifanía crucial. 

Pasaron los años y el entusiasmo por el 13 de mayo fue aminorando, incluso en el propio colegio mariano donde no recuerdo otras actuaciones o eventos especiales ante la cercanía de la fecha. No creo haber cantado nunca El 13 de Mayo en la Secundaria. A mi adquirida incredulidad se sumaba a las discusiones teológicas que ocupaban a los religiosos a fines de la década de 1980, como la falsedad del Santo Sudario de Turín, las nuevas versiones sobre el supuesto asesinato de Juan Pablo I y el escándalo del Banco Ambrosiano y el estreno de La Última Tentación de Cristo de Scorsese, que en el Perú estuvo censurado por más de nueve años. 

Salido del colegio, me olvidé por completo de la fecha. En 1995 cobró cierta notoriedad por parte de los medios al anunciar Juan Pablo II que se revelaría por fin el ‘Tercer Misterio de Fátima’, tantos años guardados bajo siete llaves. El Primer Misterio hablaba de la visión horrorosa que tuvieron los pastorcitos del Infierno (donde seguro debo tener una parcela bastante amplia), el Segundo, sobre el advenimiento del comunismo en Rusia y la nefasta influencia que iba a tener esta ideología diabólica hasta la caída del muro de Berlín. El Tercero, al que mucha gente vaticinaba un contenido tan apocalíptico como las profecías de Nostradamus, más que hablar del fin de los tiempos, parece vaticinar el fin de la Iglesia a manos de una cruel e inmisericorde soldadesca, pero no dice cuándo ni por qué. La decepción que provocó entre los ‘apocaliptas’ hizo que se especulara que muchos pasajes escabrosos fueron censurados para no inquietar a las masas.

Díez años después, el 13 de febrero de 2005 (parece que el 13 es el número cabalístico), la pastorcita Lucía de los Santos falleció a la prolongada edad de noventa y siete años. Los otros dos pastorcitos, los hermanos Francisco y Jacinta fallecieron niños, como había vaticinado la Virgen, víctimas de la gripe española. No sé que milagros cometieron después de muertos pero ambos fueron canonizados el día de hoy por el papa Francisco, siendo con diez y nueve años respectivamente, los santos más jóvenes de todo el santoral.

No soy creyente e incluso mi escepticismo se amamantó con tantas vírgenes que lloraban y otros psicosociales ideados por la dupla Fujimori-Montesinos, pero me llama la atención la indiferencia de un acontecimiento que debió tener una celebración apoteósica en los propios colegios. En el plantel de mis hijos, por ejemplo, todo estuvo enfocado en la celebración del Día de la Madre y a la llamada ‘Madre de la Humanidad’ no se le dedicó ni un mísero Rosario. Los tiempos cambian y la prioridad de creencias también.

miércoles, 5 de abril de 2017

a veinticinco años del autogolpe


En 1990 yo fui uno de los tantos jóvenes que apoyó la candidatura de Vargas Llosa a la presidencia de la república. Simplemente apoyé porque a pesar de tener dieciocho años cumplidos a muchos de mi generación no se les permitió votar. La Libreta Electoral de tres cuerpos nos la entregaron consumado el proceso, hablándose de una estratagema aprista para impedirnos votar a una masa que —supuestamente— en su mayoría simpatizaba con las ideas de cambio enunciadas por el escribidor. Ganó un candidato desconocido de origen japonés con el apoyo rochoso del oficialismo, de la izquierda y de las iglesias evangélicas, asestándole un golpe de muerte a los políticos y a los partidos tradicionales que perdura hasta hoy. Fujimori, una propuesta sin cuadros ni personas reconocidas, ganó con un 70% de los votos en Segunda Vuelta, una derrota aplastante que le permitió apenas tomó el poder a abjurar lo que prometió no iba a hacer: aplicar el shock económico propuesto por su contendor. El ‘chinito’ que dizque había financiado su campaña vendiendo unas chacritas y un tractor le metió la yuca a todos lo que apostaron por él. Se graduaba de mentiroso e institucionalizó en nuestra política la de la falsa promesa que siempre ha existido, por si acaso, pero nunca antes tuvo ayayeros que aplaudieron su pendejada.  

En 1992, Fujimori había conseguido frenar la hiperinflación, aparte de derribar el proteccionismo a la industria nacional, abriendo las puertas del libre mercado. Todavía arrastrábamos el peor flagelo de la década anterior, el terrorismo y tanto el Poder Legislativo como el Poder Judicial ahondaban la crisis con sus posturas obstruccionistas, similares a las que el fujimorismo de hoy le hacen a PPK. Una noche de domingo, el ‘Chinito’ irrumpió en nuestros televisores y pronunció su famoso: “¡Disolver, disolver...!” y de un tancazo nos quedamos sin democracia, medida que el 80% de los peruanos aplaudimos en su momento, sobre todo los jóvenes que estábamos aburridos de la politiquería tradicional —“Alan García y su compañía, Villanueva del Campo me da tanto asco como Chirinos Soto con su cara de poto...”— y apoyamos una medida extrema, tratándose mayoritariamente de una generación pesimista que quería un cambio radical, un cambio que nunca iba a darse en democracia (menos con los líderes políticos de ese entonces con los que nadie se identificaba) y me recuerdo con mi insolencia juvenil debatiendo con mis profesores en la universidad, al día siguiente en clases, discutiendo con los estudiantes de Derecho que intentaban una defensa de la democracia. “¡Fujimori es la respuesta a la inoperancia!”, exclamaba convencido. Los pocos opositores me tildaron de fascista, de pinochetista, y yo me defendía definiéndome como alguien que apostaba por el Cambio 90, por las revoluciones que nunca se pueden realizar en democracia ...y menos con la caricatura de políticos que teníamos en el Legislativo.

Ese mismo año, en septiembre, cayó Abimael Guzmán y si bien la estrategia fujimorista tuvo muy poco que ver en su captura, fue el golpe que necesitaban para el proceso de pacificación. Un mes más tarde, en octubre, mi generación pudo votar por primera vez en el plebiscito por la constituyente. No voté por la gente de Fujimori, voté por el PPC liderado por Lourdes Flores. En 1993 voté por el SÍ a la constitución fujimorista, no porque me gustara este documento que todavía nos sigue rigiendo, si no porque pensaba que votar por el NO sería apoyar a los picones y obstruccionistas y nos meteríamos en una discusión bizantina de nunca acabar.

Reitero que si bien apoyé el autogolpe y la constitución del '93, Fujimori nunca ha sido santo de mi devoción. Quizá la culpa la tenga mi viejo que me decía: “desconfía de las personas que tenga labios delgados” y esa es una de las características físicas del ‘Chinito’. Si bien le reconozco que tuvo un buen primer gobierno y que tras el desastre aprista de 1985-1990 reconstruyó el país, en 1995 voté por Ricardo Belmont cuando yo y muchos más debimos votar por otro peruano ilustre como Pérez de Cuellar. Fujimori, como era lógico por su acogida popular, se reeligió por goleada y comenzaría un segundo mandato donde comenzó a borrar todo lo bueno que había hecho. Montesinos y De Bari tuvieron mayor protagonismo. La economía hizo agua. Las empresas cerraban y la gente comenzó a quitarse del país por oleadas. El congreso con mayoría fujimorista promovió la re-reelección del mandatario. Los políticos de diversas tiendas, los medios y los empresarios se corrompieron. Los destinos del país no se decidían en Palacio de Gobierno sino en una salita del SIN. Lo único bueno que hizo el fujimorato en ese periodo nefasto fue conseguir que Ecuador firmara la paz en Itamaraty, solucionando un problema limítrofe de muchos años, pero que en su momento fue muy impopular por la entrega de un puto kilómetro cuadrado en Tiwinza.

En 2000 fuimos testigos de un fraude electoral escandaloso. La ‘prensa naranja’ de Montesinos destruyó las candidaturas de Andrade, Castañeda, pero le faltó reflejos para tumbarse a Toledo que ganó por no menos de ocho puntos porcentuales, aunque en mesa se invirtieron los papeles. Aparte de la marcha de los cuatro suyos, los peruanos aceptamos pasivamente un tercer mandato que se vino abajo en septiembre cuando se propaló el primer ‘vladivideo’ un jueves. Dos días después, el sábado por la noche, Fujimori, al igual que el 5 de abril de ocho años atrás y sin consultarle a Montesinos —quien se hallaba celebrando el quinceañero de su hija—, salió en cadena nacional y con cara de yo no fui dijo que convocaría a elecciones presidenciales el próximo año, “proceso en el que yo, por supuesto, no participaré”. Casi de inmediato Vladimiro se dio a la fuga y Fujimori, dos meses después, renunciaría por fax y se asilaría en Japón, nombrando el Congreso como presidente a Valentín Paniagua. 

Hoy se cumplen veinticinco años del autogolpe y Fujimori, Montesinos, De Bari y varios de sus allegados se pudren en prisión, comprobándose aquello que demasiado poder termina corrompiendo a quienes lo poseen. Tengo cuarenta y cinco años y ya no soy estudiante, soy docente universitario, y sigo pensando que el autogolpe fue un mal necesario, aunque coincida con Martha Chávez quien me da tanto asco como Chirinos Soto con su cara de poto. Fue una medida extrema en una situación muy crítica en la que no había otro camino por culpa de una ‘democracia’ que obstruye y destruye. No aliento otro autogolpe, pero si a Kuczynski se le ocurre cerrar este congreso plagado de fujimoristas yo no me pongo a llorar.