sábado, 28 de junio de 2008

yo opino

Allá por 1999, cuando en el Perú la libertad de opinión se vendía, se amordazaba o se alquilaba, un spot de la agencia Lowe Howard-Spink de Inglaterra se llevó el Grand Prix del Festival de Cannes al retratar a una sociedad represora en la que beber-fumar-copular, es decir todo lo bueno, estaba prohibido y contra ello aparecía como respuesta su cliente, el periódico The Independent, con lo que la voz en off del spot cambiaba de tono e invitaba a los espectadores a leer como si fuera esto un acto de desafío contra el sistema. El impacto de esa publicidad hizo que este medio, el más joven de los diarios británicos de gran formato, triplicara sus ventas y posicionara su imagen de «periodismo independiente», lo que es casi, casi, el paraíso terrenal para cualquier periodista: libertad sin ningún tipo de injerencia.

Cuando era universitario se comentaba como si se tratara de la panacea profesional que los franceses de Le Monde habían dejado el periodismo informativo por el interpretativo, era casi lo que García Márquez y su séquito venían ejerciendo bajo el título de ‘Nuevo Periodismo’, dinamitando los límites entre el periodismo tradicional y la literatura. 

Los años han pasado y en el Perú, salvo los líderes de opinión de siempre, son pocos los periodistas que se atreven a opinar. Como lector ocasional de diarios, usualmente me fijo en los columnistas antes que en las propias noticias, interesándome por sus puntos de vista —aunque no los comparta— si es que siento que sus posturas, aparte de estar bien fundamentadas, se expresan con sinceridad. Por ende, desprecio a los pelmazos, a quienes se creen dueños de la verdad, a los que son más pesados que un viaje en bus, a los sobones y mermeleros, a los figurettis y divos de la redacción confundiendo periodismo con lucimiento, a los que pontifican y redactan como Paulo Coelho o como si se tratara de esos horribles libros de autoayuda.

Me parece deleznable mezclar —o confundir— vivencias personales con periodismo. Muchos periodistas —o peor aún, aquellos en aras de serlo— redactan en primera persona como si formaran parte de la noticia, pecando de exhibicionistas, de un espíritu egocéntrico con ansias de reconocimiento, cuando publicar una columna de opinión en un medio masivo debe ceñirse exclusivamente a opinar sobre un tema de interés público, no para compartir experiencias o vicisitudes personales. Si un periodista quiere escribir sobre sus propios demonios o que la gente esté al corriente de lo que le acontece, entonces que escriba un libro, un diario íntimo, una bitácora, una autobiografía o un blog como en mi caso. 

Mi punto de vista es que el periodista de opinión debe ser culto, expresar sus ideas con claridad, manejar un nivel superior de redacción, ser apasionado pero sin abusar de los adjetivos o caer en absolutismos. Debe ser valiente y luchar por su independencia. No claudicar ante los intereses de sus empleadores, así corra el riesgo de patear latas o con un balazo en la cabeza por parte de las mafias.

Abogo por un mundo con más opinión y menos información. Con una sociedad más criteriosa y que no se deje engañar ni manipular con facilidad, aunque esa responsabilidad recae más en los medios que en los periodistas. El día que se fomente la pluralidad, que la ‘línea’ no sea una excusa para censurar, que los propietarios defiendan el principio voltaireano de: “no comparto tu opinión, pero defiendo tu derecho a que la divulgues”, creeré, entonces, que la libertad de expresión existe... y que los chanchos vuelan (y opinan).

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