viernes, 14 de agosto de 2015

celibato maligno

Mi hijo mayor tiene nueve años y todos los martes en la tarde viene recibiendo clases de catequesis a cargo de su profesora de religión y la supervisión de una monja, preparándolo para lo que será su Primera Comunión.

Hace unas semanas las encargadas le advirtieron a mi esposa que Alfi, por su notoria inmadurez, posiblemente no reciba este sacramento. Mientras las encargadas hablan sobre la eucaristía, él se la pasa molestando a sus compañeros y fomentando el bullicio. Mi esposa lo amenaza constantemente con sacarle el diablo del cuerpo a punta de latigazos. Su patatús casi alcanza niveles bíblicos cuando le dieron las quejas de que el imberbe tuvo la insolencia de declarar que él no creía en Dios y que la misa y la Santa Comunión le parecían aburridas. Alarmada por esas muestras de herejía precoz, Claudia (mi esposa), solicitó la ayuda de una persona con convicciones cristianas más firmes (mi suegra), con quien su nieto viene repitiendo todas las noches: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo...”

Mi esposa me culpa de la descreencia de mi hijo. En parte tiene razón. Soy hereje convicto y confeso y en más de una oportunidad he expresado mi opinión contraria a la estupidez e intransigencia dogmática. Sin embargo, las razones de la herejía de Alfi van por otro lado. Primero, porque se aburre cuando le hablan del Creador. Él preferiría estar en el patio saltando y brincando. Segundo, porque todavía no es temeroso de Dios y no tiene muy en claro que son los pecados y la Salvación Eterna. Tercero, porque Benedict, su mejor amigo, profesa otra religión, al igual que un pequeño grupo de su aula y por lo tanto está exonerado de clases de esta materia y de recibir el sacramento, algo que el ocioso e indisciplinado de Alfi envidia. Él también quisiera estar en el patio dándole a la pelota, en vez de estar escuchando las pendejadas de San Mateo (frase tomada de Tradiciones en salsa verde de Palma).

En un post anterior (alfieri el católico) manifesté que era católico por formación, mas no por convicción y como tal he recibido cinco sacramentos (del bautismo al matrimonio), siendo de la opinión que mis hijos se formen también bajo una religión y ya después, cuando tengan su libre albedrío —es decir su criterio— bien desarrollado, decidan cuál creencia o descreencia se ajusta mejor para sus vidas. Es por ello que un hereje como yo, orejón de tanto escucharlo recitar El Credo de paporreta, la otra vez se puso a compartir lo poco que conoce sobre los ritos y mandamientos de la Iglesia Católica. Cuando le explicaba la importancia y significado de cada uno de los siete sacramentos, le aclaré que máximo podría recibir seis de ellos, que el sacramento del matrimonio estaba enfrentado con el de la orden sacerdotal y que cuando llegara a convertirse en un católico-apostólico-romano adulto, él tendría que optar por uno o por otro. “¿Por qué?”, me pregunta con toda la curiosidad de sus nueve años. “Porque la Iglesia así lo ha establecido. Los sacerdotes no pueden casarse porque deben entregarse de lleno al servicio de Dios”, respondo. “Tú te pasas todo el día trabajando, pero tienes tiempo para dedicárselo a tu familia”, me replica y yo intento convencerlo que el trabajo de un cura es distinto al mío, es más abnegado por lo que al igual que los lamas que renuncian a los placeres para alcanzar el Nirvana, ellos realizan un voto de celibato que les impide tener familia y, peor aún, contacto carnal con las mujeres”. “¿Por qué?”, insiste quien me ha demostrado desde siempre tener mayor interés en temas adultos que eclesiásticos y yo no tengo más remedio que salir de la turbulencia y desviar el tema hacia aguas más serenas, como la lectura de los Evangelios.

Sin embargo, como estoy en deuda con la curiosidad de mi primogénito, parafraseo a San Lucas y escribo: “Después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, lo escribo por su orden, querido hijo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”. Agregando que espero que cuando tenga más edad, el Papa Francisco —si todavía respira— o alguno de sus sucesores inmediatos, corrija y quede abolida esta perversa arbitrariedad conocida como celibato clerical.   

El celibato es una prohibición antinatural. Una forma de censura o represión castrante que origina en varios que la practican —no todos— diversas patologías sexuales. De poco le vale a la Iglesia refutar o desautorizar a Freud sin ningún argumento científico. La represión sexual es una práctica anormal que deriva en diversas perversiones. Las personas que reprimen su sexualidad pueden como respuesta ser proclives a adoptar conductas o posturas enfermizas.      
 
Esto, por supuesto, no es un axioma. Muchos, a lo largo de la historia, apostaron por el celibato y no por ello han sufrido de desvaríos patológicos. Algunos célibes, de manera natural o adquirida, inhiben sus impulsos instintivos o aprenden a desfogarlos a través de otras actividades como orar, hacer el bien al prójimo o entregándose a la mística contemplación (o lo que podemos definir como ‘orgasmo divino’). Pero estos santos sujetos (no sólo cristianos, también budistas) son los menos. Lo usual es que los machos y las hembras que toman los hábitos o bien se las arreglan para desfogar sus calenturas de manera cautelosa y reservada (ya que Dios perdona el pecado, no el escándalo) o bien practican la ‘abstinencia vocacional’ que luego degenera en acciones cucufatas, sádicas o revanchistas.
 
El celibato es una anormalidad fisiológica. Una imposición culpable de desgracias y frustraciones, hipocresías y conductas no muy pías  de quienes públicamente se ven obligados a no caer en la tentación de la carne. El celibato católico es una norma que no tiene fundamentos en la Biblia o en los mandatos de Jesucristo. Pedro, el primer Papa, y la mayoría de apóstoles eran casados. Incluso el Nuevo Testamento sugiere que las mujeres presidían la comida eucarística en la Iglesia primitiva. San Félix III, San Hormidas, San Silverio, Adriano II, Clemente IV y Félix V también fueron Papas y contrajeron nupcias. Muchos Papas hasta Gregorio XIII (1572-1585) tuvieron hijos legítimos y bastardos. Hubo un caso en que el papado pasó de padre a hijo como ocurrió con Sergio III y Juan XI. El único Papa que renunció a su investidura para contraer matrimonio fue Bonifacio IX (el amor a la hembra fue más fuerte que el amor a Dios).

El origen del celibato se remonta a la Edad del Gnosticismo, a los siglos II y III cuando los cristianos sustentaban que la luz y el espíritu son buenos, mientras que la oscuridad y las cosas materiales eran malévolas. A pesar que la mayoría de religiosos seguían casándose a su regalado gusto, ya corría un insidioso rumor que sostenía que: “una persona no podía estar casada y ser perfecta”.
A partir del siglo IV, la Iglesia comienza a tomar una oposición abierta en contra del matrimonio de los prelados. En el Concilio de Elvira (España) del año 306 se decreta: “todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de dar misa, perderá su empleo”. Dos décadas después, en el Concilio de Nicea, se establece: “Una vez ordenados los sacerdotes, no pueden casarse”. Ese mismo año (325) el Concilio de Laodicea prohíbe que las mujeres sean ordenadas (lo que sugiere que antes de la fecha habían féminas sacerdotisas). En el año 385, Siricio abandona a su esposa para convertirse en Papa y decreta de paso que los sacerdotes ya no duerman con sus cónyuges.

San Agustín, filósofo fundamental del cristianismo —pero que antes vivió una vida disipada, presumiblemente gay, llegando incluso a engendrar un vástago— declaró en el año 401: “Nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer”. El Concilio de Tours II del 567 establece: “todo clérigo hallado en la cama con su esposa, será excomulgado por un año y reducido al estado de laico”. Más comprensivo, el Papa Pelagio II (año 580) no se opone a que los sacerdotes se casen, siempre y cuando no hereden la propiedad de la Iglesia a su mujer y descendencia. Sin embargo su sucesor, el Papa Gregorio, llamado el ‘Magno’, sostiene que “todo deseo sexual es malo en sí mismo”.

En el año 836, el Concilio de Aix-la-Chapelle admite que en muchos conventos y monasterios se practican abortos e infanticidios para encubrir a los clérigos entregados a sus bajas pasiones. El nivel de corrupción es tal, que San Ulrico argumenta, basándose en las Escrituras y en el sentido común, que la única manera de purificar la Iglesia de lo excesos del celibato es permitir el matrimonio en los sacerdotes.    

Cumplido el primer milenio, el asunto del celibato se vuelve más espinoso. En 1074, el Papa Gregorio VII establece que todo sacerdote debe hacer un voto de celibato antes de ordenarse. “Los sacerdotes primero deben escapar de las garras de sus esposas”, declaró. Más radical, en 1094 el Papa Urbano II ordena vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y que sus hijos sean abandonados.      

Finalmente, en 1123, en el Concilio de Letrán I, el Papa Calixto II decreta la anulación de los matrimonios clericales (decreto confirmado en el Concilio de Letrán II de 1139). El Concilio de Trento de 1545-1563 —convocado de urgencia ante el avance del Protestantismo— establece que: “el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio”.

Para que vuelvan a respirarse nuevos aires en la Iglesia, habría que aguardar al siglo XX. En 1930, el Papa Pío XI sostiene: “el sexo puede ser bueno y santo”. Su sucesor, el Papa Pío XII, ordena como sacerdote católico en 1951 a un pastor luterano casado. En 1980 se realiza la ordenación como curas de varios pastores anglicanos y episcopales casados en Estados Unidos. Sucede lo mismo en 1994 en Inglaterra y Canadá. El Papa Juan Pablo II declara en julio de 1993: “El celibato no es esencial para el sacerdocio, no es una ley promulgada por Jesucristo”. Hoy día, la Iglesia Católica Apostólica Romana acepta que un sacerdote sea casado sí: A) primero fue pastor protestante o B) si ha sido católico toda su vida pero promete nunca más tener relaciones sexuales con su propia esposa.    

A pesar del daño ocasionado a la Humanidad por más de mil años, mi postura no es en contra del celibato. Si la Iglesia busca recuperar el terreno perdido, debe abolir la obligatoriedad y hacer del celibato un asunto voluntario. El sacerdote que quiera ejercer su asexualidad está libre de hacerlo, el que no, que se matrimonie y que la Iglesia le permita heredar a su mujer y descendencia (quizá el quid del asunto). Como bien sostuvo el Papa paulo VI en su sexta encíclica Sacerdotalis Caelibatus de 1967: “¿No es entonces natural y humano que la Iglesia suprima la hipocresía del celibato que tantos males sexuales trae como consecuencia y Roma haga caso de las sensatas peticiones de obispos, moralistas y muchos seglares católicos?” la pelota sigue en terreno de El Vaticano y hacerse los locos con tantas denuncias por pedofilia no es lo más conveniente.

3 comentarios:

Politicamente Incorrecto dijo...

Mucho se ha comentado acerca de las causas por las cuales la iglesia impuso el celibato... yo creo que se pueden argumentar 2 razones contrapuestas y posiblemente ambas validas .....

La que todos conocemos y maliciamos, es decir la iglesia se queda con las posibles fortunas de los sacerdotes e impiden que estos hereden a sus descendientes, esta razón no parece muy lógica hoy en día, ya que no existen muchos millonarios sacerdotes, pero en la época era verdaderamente lógica.

Otra mas bien "la santa", la que busca la perfección del alma por medio de la inhibicion de todos los placeres mundanos, que aunque no comparto por las razones que muy bien haz explicado, tengo que reconocer que como ideal de "perfección espiritual" es válida, pero también es extremadamente dificil de lograr y existen muy pocos seres capaces de hacerlo.

Con respecto a la naturaleza "poco creyente" de tu pequeño, bien dicen que lo que se hereda no se hurta, aunque comparto contigo que mas que una tendencia atea, tu menor hijo solo quiere jugar....

Tambien estoy de acuerdo, en que es bueno que los niños crezcan bajo el amparo de una creencia espiritual, la que debería ser contrapesada a medida que crecen por ideas liberales y un poco mas mundanas a cargo de sus padres. Yo al igual que tu crecí bajo formación católica e incluso estudié en colegio religioso, sin embargo, hoy en mis 30s, me defino no como un ateo, pues no soy tan soberbio para negar algo completamente, pero si me defino como un eclectico es decir como alguien que trata de tomar las buenas cosas espirituales de todas las religiones y pensamientos del mundo..... no niego la idea de DIOS, pero si niego, que alguien se arrogue la facultad de saber lo que quiere..... si Dios existe, saber lo que piensa, al menos para mi, es una tarea imposible de realizar.

Anónimo dijo...

Alfi, te dejo lo que escribió Baruch Spinoza sobre Dios en 1660. Si esto nos hubieran enseñado en el curso de Religión en Secundaria en lugar de las letanías que nos enchufaron los frailes, los hombres serían más sensatos y los curas no tendrían los vientres voluminosos y los bienes materiales a nuestra costa. Claro que los seres a los que les lavaron el cerebro desde su niñez con el catolicismo, difícilmente podrán asimilar el mensaje de Spinoza. Si lo consiguieran, podrían considerarse libres, sin ataduras de la ignorancia que nos tuvieron sumidos los de la sotana.
Lee y relee y te sentirás más cerca del verdadero Dios.

Gonzalo.

Anónimo dijo...

Dios hubiera dicho:

Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida. Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa! Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.

Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito... ¡No me encontrarás en ningún libro!

Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí cómo hacer mi trabajo?

Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.

Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice... yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, e incoherencias... de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad? ¿Qué clase de Dios puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti.

Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.
Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?... ¿Te divertiste?... ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?...

Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.

Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido?... ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.

Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí. Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas. ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro... ahí estoy, latiendo en ti.

BARUCH SPINOZA