domingo, 27 de noviembre de 2016

fidel ante el juicio de la historia

Fidel es una de esas personalidades que odias o amas. Puedes odiarlo por su tozudez y egolatría, por el atropello a los derechos humanos, por el empobrecimiento económico, por los perseguidos y exiliados, por la tragedia de Reinaldo Arenas y otros homosexuales, por los balseros que llegaron a Miami y por los que terminaron como bocado de tiburones. Puedes odiarlo por su injerencia directa o indirecta en diversos movimientos guerrilleros en América Latina y África, por los presos políticos, por la supresión de libertades, por haberse perpetuado en el poder, por las familias separadas que llevan décadas sin verse las caras, por los cientos —¿acaso miles?— de fusilados y desaparecidos.

Puedes amar a Fidel por sus logros en equidad social, por la integración racial en la isla, por poseer uno de los mejores sistemas de salud pública a nivel mundial —quizá el mejor—, por la gratuidad de la enseñanza primaria, secundaria y superior —de calidad—, por exportar profesionales de calidad, por su  apoyo a las artes como la música, cine, ballet, por incentivar la práctica del deporte y haber hecho de su país una potencia en diversas disciplinas, por su oratoria, carisma y liderazgo.

Unos u otros pueden esgrimir argüir razones válidas, pero lo que queda fuera de toda discusión es que fue un personaje decisivo y fundamental, el hombre más famoso e influyente de América Latina en el siglo XX. A pesar que le reconozco rasgos tiránicos y despóticos, soy de los que admiran sinceramente a Fidel porque su nombre será siempre para mí sinónimo de revolución, verdadera independencia, enfrentamiento de un crustáceo contra un molusco de gigantescos tentáculos y derrotarlo, a pesar de tenerlo al frente, ventana a ventana. Esta figura barbuda es la encarnación de la rebeldía y eso resulta irresistible para los románticos e inconformes. Es la representación —aunque suene a panfleto retórico— de la dignidad de los pueblos oprimidos.

Lo más probable tras su muerte es que su utopía socialista termine cayéndose a pedazos y Cuba entre en sintonía con la economía de mercado, en este siglo XXI que parece pertenecerle más a los Donald Trump o Xi Jinping, no obstante su legado quedará presente en quienes buscan un cambio o predican la justicia social. Quizá tenga que pasar dos o tres generaciones, apaciguar los odios y rencores de todos sus opositores para que al final se aquieten las voces que hoy lo condenan y como él mismo vaticinó en su juicio de 1953, la historia lo terminará absolviendo.

2 comentarios:

Francisco Jorge Mendoza dijo...

No hubo ni un alumno en decir: “me afecta o me interesa la muerte de Fidel Castro”. Tampoco me iba a sorprender que alguien no lo dijera, y eso me indigna como joven universitario. Hablar de Fidel Castro y defenderlo, es pelearte con el que lo quiere destruir. Me considero como una de las personas que le reconoce su aporte a la justicia social y al apoyo que le brindó a Cuba. A pesar de que no exista persona perfecta, rescato más cosas buenas de él, a pesar de que lo tilden como dictador sanguinario. Claro, dependiendo de la persona y su política. No cualquiera se enfrenta al gran poderío norteamericano, no cualquiera sobrevive a más de 600 atentados contra su vida y a 11 presidentes norteamericanos intentando derrocarlo, su alma de caridad no le podía dejar ver dormir a un niño en la calle. Ese es el Fidel Castro que muchos no conocen, esa es la persona que muchos universitarios le es indiferente su muerte. Gran guía para todos los revolucionarios, un comandante hecho y derecho para la izquierda. Así fue Fidel Castro, un hombre que fue querido por millones, incomprendido por muchos. Pero lo que no puede hacer nadie, es ignorarlo. ¡Hasta la victoria Siempre!
Saludos profesor.

Gonzalo Diaz dijo...

Estupendo el artículo. Pocos lo apreciarán como personaje histórico.