sábado, 28 de junio de 2008

la última lección

Eduardo Quirós Sánchez fue más que un profesor, fue un maestro, el mejor que me pudo tocar en materia de redacción. Su ingreso a la UPAO aconteció en 1994 cuando ya era un lingüista reconocido y periodista consumado. En ese entonces, iba camino a los ochenta años, edad en que muchos docentes guarecerían en sus cuarteles de invierno, no obstante él tenía demasiado que enseñar, sobre todo a esa primera generación de comunicadores sociales forjados en un pueblo llamado Trujillo.

Quirós era natural de Cajamarca, estudió letras en la Universidad Nacional de Trujillo donde llegó a ser, nada menos, secretario personal de Antenor Orrego a quien conoció de cerca. Se hizo periodista en La Industria, en los años que la profesión era todavía romántica, con cierres de amanecida matizados con ron o pisco. Su seudónimo era Equis, contracción de su nombre y dos apellidos. Contaba que bajo su dirección el periódico llegó a tener un tiraje de treinta mil ejemplares y se distribuía en todo el norte del país. En 1984 publicó Patología de la redacción periodística, Manual para el hombre de prensa, ejemplar que tuvo la gentileza de obsequiarme en una de sus últimas clases.  

Valga reconocer que como expositor no era brillante. Se expresaba con una parsimonia que podía resultar exasperante. No era muy teórico, más bien en la práctica era que se conducía como pez en el agua. Nunca creyó que los periodistas se formasen con clases dictadas en un pizarrón. Sostenía que la única forma de aprender a escribir era escribiendo y a eso obligaba a todos sus alumnos en clases: ¡a redactar!, siendo bastante exigente en asuntos de sintaxis, ortografía y puntuación. Era muy afecto a tomar percentiles con palabras cada vez más rebuscadas y confusas. 

Sea por mi interés por los audiovisuales o porque andaba pololeando, mi actitud hacia sus cursos, en un principio, fue displicente. Escribía rápido, por cumplir, y me escabullía volando, haciéndome acreedor a un raquítico trece. Seguro Quirós, algo de madera vería en mis pobres ejercicios porque se encargó que llegase a mis oídos un elogio disfrazado de crítica: “Si ese Díaz no fuera tan vago, sería un buen escritor”. Viejo pendejo. Había usado el amor propio para engancharme en el anzuelo. Para demostrarle que sus sospechas no eran infundadas, poco a poco me fui involucrando más en sus clases, a escribir no solamente por cumplir, sino para llenarle el ojo. No logré gran cosa. El primer curso que me enseñó lo aprobé con catorce.  

Al año siguiente, Quirós, quien se había ganado los chaplines de «Quirucho» o «Abuelo Simpson» por su rostro rugoso como una pasa, consiguió que la universidad le diera un espacio en el primer piso del pabellón D para armar su taller de periodismo. Si bien los periodistas de La Industria, Satélite o La Palabra —los diarios de ese entonces— usaban computadoras para tipear en Word Perfect, el viejo porfió por la adquisición de... treinta máquinas de escribir nuevecitas. La reacción, por supuesto, fue negativa. Los alumnos lo tildaron de desfasado, de no ir con los tiempos. A pesar que en ese entonces realizaba mis prácticas pre profesionales en las páginas de deportes de La Palabra y había visto cómo el jefe de la sección, don Elder Lázaro, otro dinosaurio de la profesión, llegaba en la noche con sus tragos y en quince minutos llenaba una carilla en su máquina a escribir, leyéndome en voz alta lo que ponía —mientras yo en la computadora me demoraba un montón para redactar una nota—, osé cuestionarlo, con la insolencia propia de mis veintitrés años. El maestro en cambio, con un gesto apacible —jamás lo vi alterado—, me guapeó: “¿Quieres ser periodista? Enfréntate a las teclas y lléname una hoja en blanco en media hora”.  

Fue difícil. Acostumbrado como estaba a colocar palabras en una pantalla, pasé por grandes apremios para plasmar mis ideas sin poder arreglarme o dar marcha atrás. Me demoraba tres, dos horas, haciendo y rehaciendo en cantidades de hojas papel periódico, presurosos porque el tiempo se consumía. Poco a poco, comenzamos a entrar en el ritmo y aceptamos la propuesta de Quirós: redactar con coherencia, corrección y rapidez. Pronto de dos noticias en cada carilla, pasamos a redactar cuatro. Yo mismo me tomaba mi tiempo para hacer los ejercicios en serio, olvidándome de los breaks para hablar con los vagos de siempre o a pololear con la enamorada de turno. Ganado por el viejo, ahora era de los poquísimos que aún habiendo acabado, me quedaba hasta el final, a sabiendas que podía agarrar al maestro a solas y robarle minutos extras para que corrija mis prácticas, siendo bastante puntilloso en todo lo que debía de mejorar. Siempre, por más que le gustase lo que escribía, encontraba cosas que corregir. 

Quirós era miembro honorario de la Academia Peruana de la Lengua y, a pesar de la edad, estaba informado de los últimos cambios y recomendaciones de la RAE, al punto que sus apuntes eran bastantes modernos y más bien nosotros éramos los arcaicos. Por él es que yo no utilizó barbarismos como “aperturar” o expresiones tipo “llevar a cabo” o “mirar con los ojos” a las que calificaba de ‘pobreza idiomática’. Mis textos, con las correcciones del maestro, adquirían de repente una fluidez y armonía que yo no conseguía lo que hacía acrecentar mi admiración. 

En la última clase no recuerdo sobre qué escribí, pero como era costumbre igual me quedé hasta el final. Esa fría noche de julio, como si no le importase, no me corrigió gran cosa y me quedé un poco amoscado. Camino a su añoso Fiat destartalado, el viejo, que hacía rato había calibrado mi desazón, abrió la puerta de su vehículo, y seguro de que esa sería nuestra última sesión como profesor-alumno, me dijo: “No pierdas tiempo. Tú no estás para escribir noticias. Lo tuyo es escribir artículos de opinión. Dedícate a eso. Tienes bastante futuro”.  

Lamentablemente no le hice mucho caso. Cuando trabajé de periodista lo hice como reportero y luego me volví publicista. Ahora ya no está. Murió un 21 de abril cuando hubiese sido más poético morirse el 23. Me hubiera encantado que leyese Entre Alacranes, mi primer libro de relatos, publicado a los pocos días de su deceso... Aunque seguro, sentado a su lado, me habría señalado cuantas cosas debía mejorar.

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