viernes, 18 de julio de 2008

cuando veíamos porno en 35 mm

Hace unos años, no muchos pero tampoco pocos, la pornografía era una aventura. En realidad, todo es una aventura cuando se es adolescente y se tiene un tanto por descubrir. Mientras en Estados Unidos y la Europa occidental estallaba la revolución sexual las naciones nórdicas se habían adelantado unos cuantos años—, en el Perú pacato, en pleno velascato, se desterraba cualquier indicio de desnudez de las salas de cine. Durante el estreno de El Decamerón de Pasolini, una docena de policíasi impidió que el público asistiera al cine Roma. El último tango en París de Bertolucci recién se estrenó a principios de 1980, más que por la velluda vagina de Maria Schneider o el uso de mantequilla como lubricante anal, porque en una parte del filme ella dice: “los militares son unos cerdos”.

La pornografía propiamente dicha, se infiltró luego que Morales Bermúdez mandó a Velasco a su casa e hirió de muerte a la Revolución Peruana. Aparecieron impresas revistas en mísero papel periódico como Zeta, ¡Oh! O Cinco que emulaban —pobremente por cierto— a Playboy. En formato más pequeño —más manipulable y por ende más fácil de llevar al baño— eran las SPH (sólo para hombres), Hembra, Culantro, Zorra. También fueron muy populares las revistas de comics porno como Quevedo, Cosquilla o La Cotorra Jodona. Mención honrosa merecen las calatas de las secciones ‘Amenidades’ de Caretas y ‘Alta tensión’ de Gente.

La apertura también llegó al cine. En horario de trasnoche —para mayores de 18 años con advertencia— se estrenaron películas como La historia de O o las Emmanuelle de todos los colores y sabores. La japonesa El Imperio de los Sentidos de Nagisa Oshima se mantuvo en cartelera por semanas en los cines de barrio, a pesar de que se exhibía pasada la medianoche. Caligula, producida por la Penthouse, dirigida por Tinto Brass y protagonizada por Malcom McDowell, fue más allá y se mantuvo semanas en horarios de matinée, vermouth y noche.   

Con el arribo de la democracia, la violencia de Sendero Luminoso y la televisión a color, arribó sin ningún pudor el cine hardcore, es decir el que muestra sexo duro, sin tapujos ni resquemores. Se estrenaron los títulos más famosos de la década de 1970: Garganta Profunda con Linda Lovelace, Detrás de la puerta verde con Marilyn Chambers, El Diablo y la Señorita Jones con Loretta Spelvin. En Trujillo, el cine Chimú pasó de exhibir rancheras mexicanas y lacrimógenas hindúes a porno del más crudo. El filme que más semanas estuvo en cartelera con un aviso generoso en las páginas de La Industria y El Satélite fue Seka la erótica.

Seka, por méritos propios, se había convertido en el tema de rigor de muchos recreos. “Dicen que lo hace así, que se come una asá”.   Si bien ya éramos afectos a ver porno en casa, gracias a esa maravilla llamada betamax, ver las peripecias de Seka en la pantalla grande debía de ser una experiencia más alucinante e ilustrativa. Así que inoculados por el bicho de la curiosidad, una docena de párvulos, no mayores de trece años, cuya máxima hazaña cinemera había sido ver Porky's —para mayores de 18 años— en una sala ‘decente’, nos pusimos de acuerdo para ir en mancha al cine Chimú, ubicado al costado del canchón donde adquiría viejas revistas porno o de fútbol, y que no le había costado mucho ganarse una mala reputación.        

De la docena inicial, solamente fuimos siete los que nos atevimos ese viernes, en horario de matinée —cuatro de la tarde— en aventurarnos al cine Chimú. No nos hicimos paltas para adquirir las entradas y los boleteros tampoco, quienes por unas monedas corrompían fácilmente a los inspectores municipales y se hacían de la vista gorda entre tantos menores de edad. a entrada pagada, función asegurada y nuestra excitación, en ese momento, era alta por ver a Seka haciendo la  ‘silla carioca’.

La sala estaba en penumbra y en la pantalla ya se proyectaba el primero de los rollos, rayado por tantas pasadas. Los siete colmamos una hilera de butacas rasgadas en la platea. El olor impregnado era una potente combinación de orines con humo de cigarrillo. Nosotros también encendimos uno —si bien todavía no éramos asiduos fumadores— como para mimetizarnos con el ambiente. Desde arriba, en el mezzanine se escuchaban los aullidos de los maricones, como si si se tratasen de hienas, ansiosos de carne fresca, púber como la nuestra. El ambiente abajo era más calmo. La mayoría que nos rodeaba eran espectadores carentes de libreta electoral (el público principal para este tipo de funciones), por lo que podíamos ver —y quizá pajearnos— con cierta tranquilidad. Incluso habían escolares —seguro de colegios nacionales— quienes sin ningún pudor vestían el uniforme blanco y color plomo rata. “Lo único que no nos debe preocupar es que nos caiga ‘lluvia dorada’ desde arriba”, es decir que nos avienten pichi en bolsa.

Todos los presente estábamos excitados y nerviosos por esta experiencia que te hacía sentir ‘adulto’. En el primer cambio de rollo, el encargado se demoró más de lo previsto y le costó una silbatina y un buen: “¡Apura con la película, sorreconchetumadre!” que a todos nos hizo carcajear. Luego del preámbulo, Seka volvía a las andanzas, manipulando, salivando e introduciéndose chulapis de todos los calibres. Tanto me impresionó la performance de la blonda diva que ún hoy la conservo en mi memoria y ha sido protagonista de varios desahogos nocturnos entre mis sábanas blancas.

Seka fue por supuesto artista obligada de mi betamax de ahí en adelante. También por supuesto Juliet Anderson, Desiree Cousteau, Taija Rae, Kay —Taboo— Parker, Ginger Lynn (la porno-star número uno de la década de 1980), entre otras. Y con ellas también el gordito peludote Ron Jeremy y John ‘el aventajado’ Holmes. Mención aparte merecen todas las de la serie Limited Edition o las Swedish Erotica traducidas con acento cubano que de por sí ya era un cague de risa. 

Cine porno en 35 mm. volvería a ver años después, gracias a mi amistad con los hermanos Richard y Johnny Smith, propietarios de cine Ayacucho y que, a la fecha, sigue siendo el único refugio de la pornografía en celuloide en Trujillo. A nivel mundial el porno, como género cinematográfico, prácticamente ha pasado a la historia. Ya no se filma en celuloide sino más bien en vídeo de alta definición y las historias no tienen mayor ingenio que exhibir genitales y copulaciones que para mi gusto se demoran más de lo debido (un buen polvo cinemero debe demorarse entre chupada, penetración y eyaculación de cinco a siete minutos, no más). En el Perú, no sé si en otros lares, los filmes rotan por salas vetustas que se niegan a cerrar sus puertas. La cinta cada vez más rayada de tantas exhibiciones todavía gira a través de las bobinas para beneplácito de la comunidad de aficionados que asisten incluso en Semana Santa y otras fiestas de guardar. 

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