miércoles, 13 de mayo de 2009

el revólver de un desconocido

A todo el mundo deberían gustarle los western.
Eso resolvería los problemas del mundo.
Harvey Keitel en Who's That Knocking at my Door

La primera vez que tuve la oportunidad de ver Shane fue en 1984, en los días que Trujillo contaba con dos canales y las películas eran el plato fuerte de los domingos por la noche. Panamericana programó este clásico y América hizo lo mismo con The Omen, que de lejos resultaba más atractivo para mi hermano y para mí. Como en casa sólo había un televisor a colores —un Toshiba— ubicado en el hall, mi viejo intentó desde temprano convencernos para ver ese western que, según él, lo había marcado en su adolescencia, de la misma forma como otra película que no recordaba su nombre, pero que la protagonizaba Edward G. Robinson y trataba sobre un tipo que vaticinaba la manera cómo iba a morir (hasta hoy no la puedo identificar). La intervención de mi madre hizo que el duelo, ya de por sí disparejo, se inclinase por la de Damien Thorne, y mi viejo, de puro picón, al poco tiempo se compró su propio televisor —un JVC— con lo que se acabaron los pleitos domingueros. Al día siguiente, lunes de colegio, pude constatar que la teleaudiencia había estado dividida también entre mis compañeros. Quienes habían visto Shane hablaban con el mismo fervor de los que habíamos visto The Omen por lo que fue imposible discernir cuál de los dos públicos había visto la mejor propuesta televisiva, por lo tanto, unos no le pudieron sacar ‘pica’ a los otros. Transcurrieron veinticinco años y por he podido ver el western en cuestión, promocionado por Panamericana en su momento con el subtítulo: ‘el revólver de un desconocido’, sin embargo en el dvd subtitulado en español de España, encuentro que lo llaman: ‘raíces profundas’.

Shane es un filme producido por la Paramount en 1953. Sin estar al nivel de mis tres western predilectos —High Noon de Zinnemann, Il buono, il brutto, il cattivo de Leone, Wild Bunch de Peckinpah— es una película esencial del género. Luego de visionarla con un grupo de estudiantes en el cine-club de la UPN, originó un entretenido debate entre quienes caminamos a lo largo de la avenida El Ejército, las nueve cuadras del jirón Independencia y parte de la avenida España.

¿Merece Shane gozar de la reputación que tiene?
Sí. Porque es una lección de cómo un argumento ‘simple’ y lineal (pistolero seducido por la vida simple y honrada de una familia, lucha contra los abusivos de siempre) puede ofrecer diversas lecturas: a) el desprecio de los viejos colonos (ganaderos) por los nuevos (agricultores), es decir, por otro estilo de vida, b) la personalidad sombría e inaccesible del protagonista, c) un triángulo amoroso que se mantiene en suspenso, d) se mantienen los dos tópicos rigurosos del género: el ‘honor’ y la ‘amistad’, e) se respira en su atmósfera el desprecio que sienten los yanquis por los confederados y asoma algo de mea culpa al declarar que han dejado ese valle sin indios. Desde el punto de vista de la cinematografía, se aprovechan muy bien los paisajes de Wyoming, transmitiendo a plenitud la lucha y convivencia del hombre con el medio ambiente. Logro que lo asemeja a River of No Return, filmada al año siguiente por Otto Preminger, teniendo a Robert Mitchum y Marilyn Monroe montados sobre una balsa.

¿Por qué la ‘pela’ (espantosa contracción y deformación de ‘película’) es tan lenta?
El ritmo de Shane no es lento. Es un western que le da mucha importancia a los diálogos, algunos memorables como: “Puedes intentar huir de tu pasado, pero siempre te seguirá como tu sombra”, o “¿Hacia dónde te diriges?” “Hacia un lugar donde no haya estado antes”, o “Corre a casa junto a tu madre, dile que ya no hay más revólveres en el valle”, o la emotiva: “¡Shane, vuelve!... ¡Adiós, Shane!” A las nuevas generaciones les parecerá lento porque recién en el minuto 76 cae la primera persona abaleada, la cual sumada a las muertes de los hermanos Ryker y del pistolero Wilson dan cuatro en total; muy poco para los espectadores de hoy que esperan más muertos en una ‘pela’ de 118 minutos.

¿No parece que las actuaciones son acartonadas y muy arquetípicos los personajes?
Acepto que los personajes son arquetípicos, lo cual no es un defecto necesariamente, pero dudo que sean ‘acartonados’. Alan Ladd nunca tuvo un gran registro dramático —seguro Kirk Douglas o Burt Lancaster hubieran funcionado mejor en el papel—, sin embargo, el actor de escaso tamaño, lo que a leguas se nota en este filme de planos abiertos, a pesar de vestir un traje de gamusino con flequillos muy amanerados, logra una interpretación bastante digna. Jack Palance se le ve mejor como el asesino vestido de negro, transmite la sensación de que mata sin ningún remordimiento, como por ejemplo cuando liquida a Torrey a sangre fría. Van Heflin es el buen hombre que no rehúye timorato ante la injusticia, razona pero también es capaz de golpear duro. Jean Arthur —a quien siempre vi en filmes en B/N— es la mujer correcta del colono empeñoso (los años no pasan en vano, este papel fue su despedida del cine). Brandon de Wilde, el pequeño Joey, es el admirador del pistolero que, sin tener la ternura de Jackie Coogan (The Kid), consigue arrebatar a sus compañeros el protagonismo en muchas escenas.

Shane merece la etiqueta de ‘clásico’, ¿pero acaso no luce envejecido en comparación con otros western posteriores?
Shane está hecha bajo los moldes de John Ford o Howard Hawks. Luego vino Sergio Leone y desmitificó la figura honorable de los pistoleros bien intencionados, dando paso al héroe cuyo móvil es la codicia o la venganza. A esto se le llamo spaguetti-western (por su manufactura italiana) y creció paralelo al revisionismo americano llamado western crepuscular (Peckinpah, Penn, Aldrich, Roy Hill, entre otros). Si bien Shane puede parecer muy bondadoso comparado a futuros pistoleros de la pantalla, eso no es motivo para tildarlo de ‘anacrónico’. Si no fuera por este personaje, Clint Eastwood no habría dado vida al suyo propio en Pale Rider (a diferencia que éste no duda en darle curso a la esposa del granjero) y también para la escena final de Unforgiven. El enfrentamiento de William Munny contra el sheriff y sus secuaces en la cantina, es casi un calco del enfrentamiento de Shane contra Wilson y los hermanos Ryker.

Empero, como que el móvil por el cual un pistolero como Shane dice salvaguardar a una familia de agricultores no termina de cuajar.
Puede que no, según la óptica materialista y poco altruista de los jóvenes de hoy. Si no te satisface mi respuesta, te propongo idear una versión paralela —totalmente hipotética— cuya justificación se fundamenta en algunas escenas. Llega un pistolero a una pequeña granja de Wyoming. La primera que se sorprende al verlo es la esposa. El niño se encariña con el de inmediato, es una atracción sanguínea, al punto que lo llevará a confesarle a su madre: “lo quiero casi tanto como a papá”. El pistolero acepta trabajar como peón de este granjero. No se vale de las armas, pero cuando no quede más remedio, disparará a matar para asegurar la tranquilidad de esta familia. Cuando ve que no urgen más de él, el pistolero continúa su cabalgata solitaria, como John Wayne en The Searchers. Nunca le confesará al granjero que antes que su mujer lo conociera, ella lo conoció a él y la dejó preñada del niño que lleva el nombre de su padre putativo. Llegó en busca de ambos, pero al ver que habían constituido una familia, se queda con ellos hasta que los ve libres de peligro... No sé por qué pienso que en algún momento imaginaron escribir la historia así, pero luego decidieron dejarlo así, oculto, que se leyera entre líneas.