domingo, 10 de octubre de 2010

vargas llosa merece el nobel por...

...La Ciudad y los Perros, novela capital de la literatura peruana. La leí por primera vez en 1985 —a raíz de visionar el filme homónimo de Lombardi— y creo que la última vez fue en 2003, siempre con el mismo deleite. Conservo tres copias de diferente año y editorial. La edición de Peisa la conservo subrayada y plagada de anotaciones. Mas que el propio relato, lo que me sorprende es la maestría con la que el autor yuxtapone los tiempos y los distintos puntos de vista. Una madurez narrativa que sorprende en un joven escritor, edad inverosímil para concebir una novela de estructura tan compleja. La Ciudad... es para Mario lo que Citizen Kane es para Orson Welles. Ambos realizaron su ópera prima a los veintiséis años y se pusieron al principio de su carrera una valla muy alta.

...la frase: “Zavalita, en qué momento se jodió el Perú”. Años atrás cuando soltero estaba y tenía como room-mate a mi gran amigo Sergio Cabrera, elaboramos un ranking de las mejores frases —o las más afortunadas— de nuestra literatura. Ganó “Zavalita...”, pero “Las mujeres son como los trompos, quiñadas ni de vainas” de José Diez Canseco le hizo ardua lucha, ubicándose en un segundo meritorio lugar, sobre otras mayúsculas como: “A cocachos aprendí mi labor de colegial” o “Hay golpes en la vida tan fuertes... yo no sé”. Según muchos, incluso el propio Vargas Llosa, Conversación en la Catedral es su novela mejor lograda (ciertamente es la más voluminosa). Mi top personal de las novelas vargallosianas son: 1) La Ciudad y los Perros 2) La tía Julia y el Escribidor 3) Conversación en la Catedral 4) La Guerra del Fin del Mundo 5) Pantaleón y las Visitadoras.    

...ser el mejor escritor peruano. Cuando en 2007 presenté en el Centro Cultural España de Lima mi libro de relatos Entre Alacranes, mencioné que Vargas Llosa, César Vallejo y Ricardo Palma eran los principales literatos que el Perú ha parido. Creo que el comentario no le agradó a algunos de los presentes que esperaban que mencionara a otros escritores ‘malditos’ y menos famosos o convencionales. Puedo parecer iconoclasta en muchos aspectos, pero en el arte admiro y respeto mucho a los clásicos. Vargas Llosa carga con la ‘culpa’ de convertirse desde muy joven en un ‘referente’. No necesariamente debes morir para ascender al Parnaso.

...su galardón reivindica a varios miembros del Boom Latinoamericano como Sábato, Cortázar, Benedetti, Puig, Fuentes, Donoso, Ribeyro, Arguedas y otros más. Lo equipara, además, con Gabo, el otro pilar destacado del ¡Boom!, cuya amistad se acabó con un puñetazo, sacudiéndose de paso de sus ideas socialistas y convirtiéndose en liberal. Mario debe ser el único Nobel que ha gomeado a otro Nobel y que estuvo a punto de gomear a otro llamado Gunther Grass.   

...que su fama de literato quedó incólume a pesar que entre las décadas de 1980 y 1990 produjo un puñado de novelas bastante mediocres, lejos de la genialidad de su primera etapa. Los cuadernos de Don Rigoberto, por ejemplo, es malísima. Egon Schiele, como leit motiv del capricho, merecía más. Como sostiene el agudo Marco Aurelio Denegri, Vargas Llosa es cualquier cosa menos un escritor erótico. Simplemente la ‘arrechura literaria’ no le sale. Acápite aparte merece su cumplidora Travesuras de la Niña Mala, acaso su novela más redonda de los últimos años, a pesar que comete los dislates de confundir a Willy Barbadillo con su hijo ‘Patrulla’ y adelantarse algunos años a la Perestroika.

...que muchas de sus novelas han sido llevadas a la pantalla grande. Su pelicula más taquillera fue la versión de Pantaleón y las Visitadoras de Lombardi —financiada con dinero montesinista de los Crousillat— pero no necesariamente la mejor. No he tenido la oportunidad de ver la primera Pantaleón, dirigida por el mismo Vargas Llosa en República Dominicana. Prohibida por los militares, su estreno se produjo en el Perú bien avanzado los ochenta. Recuerdo haber visto el trailer en un cine de Trujillo y cuando le dije a mi papá para ir a verla, me dijo no. Era apta para 18 años y yo era un crío de diez. Otro suceso de taquilla fue La Ciudad y los Perros, sin embargo la mejor película con argumento vargasllosiano a mi parecer es Los Cachorros de Jorge Fons. La Fiesta del Chivo de su pariente Lucho Llosa no es mala, salvo que el personaje de Urania —interpretrado por Isabella Rosellini— se me hace odioso. Más esperpéntica es la gringa Tune in Tomorrow, basada en La Tía Julia..., con Barbara Hershey, un bisoño Keanu Reeves y Peter Falk haciendo de ‘Peter Carmichael’ (en vez de Pedro Camacho). Mención aparte para Fresa y Chocolate, película cubana que utiliza a Conversación en la Catedral —la misma edición de Seix-Barral que conservo en mi biblioteca— para que Vladimir Cruz se interese en Javier Perugorria. Es un orgullo que las obras de Vargas Llosa figuren en el índex del régimen castrista.

...haber nacido el 22 de marzo de 1936, el mismo año que mi viejo, nacido el 18 de febrero. Un motivo totalmente personal y subjetivo de mi parte, pero si a alguien le debo algo de lo que realmente soy es a mi padre, un tipo con la suficiente inteligencia para hacer que yo me interese por las letras. Cuando veo a Vargas Llosa inevitablemente pienso en él. Lamento que Mario mantuviera una relación conflictiva con su progenitor. Tras leer su crónica Mi hijo, el etíope, confirmé que el literato tiene el mismo perfil paterno que mi viejo. 

...que tras los merecidos y justificados homenajes recibidos en todos los medios de comunicación, acabo de enterarme que el literato de púber cultivó la costumbre de continuar los relatos y novelas que le habían impactado. Eso me exime de culpas cuando en Entre Alacranes aposté por publicar un post-epílogo a La Ciudad y los Perros. Sin temor de represalias judiciales, me tomo la libertas de compartir este relato en mi blog.                   



El perro

—¡Cuatro! —exclamó el excadete.
De su trajinada billetera emergen las fotos de sus hijos —tres mujercitas y un varón— colocándolas en el mostrador de una bodega cuyas mesas lucen abarrotadas de sabatinos bebedores de cerveza; unos atentos, otros no tanto, a la narración del partido desde el Telmo Carbajo, donde el Sport Boys derrota dos a cero al Atlético Chalaco.
Sobrio, con una botella de Bidú Cola a medio tomar, el excadete le aclara al amigo que radica en Venezuela y no ve desde los cursos de administración bancaria, que su hijo, el menor, es su máximo orgullo y que si en ese momento no estaba con su familia, era porque verlo vestido con traje militar lo llenaba de emoción y no quería que lo vieran lagrimear. Por eso salió a la calle con una chompita delgada sobre los hombros, era fines de marzo y el invierno se ha adelantado en Magdalena del Mar. El manto tupido de nubes hace que parezca las seis y no las tres de la tarde.
¿En qué momento —piensa— se dejó aplacar por la edad y la vida conyugal? Según sus patrones, el llanto es una debilidad, una bajada de guardia, un recurso de hembra, de macho ¡jamás! Nunca supo de rapaz lo que era llorar. Ni siquiera cuando tras años de vagabundeo, llamó a la puerta de su casa y se dio con la amarga sorpresa de que ya no era suya y que a su madre hacía meses la habían enterrado en una fosa sin lápida. Fue un golpe devastador, pero se consoló rápido con la idea de que Dios y Santa Rosita de Lima, de quien ella era devota, habían sido piadosos al ponerle punto final a su existencia miserable. No interesa si el vector lacrimógeno sea la felicidad, como la que le embargo de súbito cuando vio a su mujer con el centímetro enroscado al cuello y la boca llena de agujas, ajustándole el uniforme a su vástago; los hombres no lloran y su crío lo va a saber de él. Sabrá eso y otras lecciones más.
El partido finaliza y el excadete, con el semblante endurecido por el pésimo resultado de su equipo, el «león del puerto», regresa a casa. Deja escapar un esbozo de sonrisa al observar a su hijo paseándose ufano por la sala, con el pantalón blanco y el saco azul marino, con botones dorados y brillosos, del colegio militar. 
—Eres todo un hombre. Ya puedes fumar —exclama con la arrogancia de sus mejores días, enseñándole cómo pasar de contrabando una cajetilla de cigarrillos Ducal, marca insignia de Tabacalera Nacional, refundiéndola en el forro de la cristina, antes de ponérsela en la cabeza. 
Para él habría sido una desgracia no engendrar hijos varones. El heredero de su nombre nació al cuarto intento y le salió su vivo retrato, a pesar de que a su edad tenía más talla y su figura no era tan esmirriada. Había sacado el tono pajizo de su pelo blondo y la gélida ferocidad de sus ojos azules, su mejor arma para meterle miedo a cualquiera antes de trenzarse en una gresca.   
Seguro su compadrito, el flaco Higueras, comparte desde arriba esta satisfacción de ver a su ahijado metido de cadete, pues siempre fue su chochera; los domingos lo llevaba a pelotear al parque o a ver a los trapecistas en la temporada de circo en las Fiestas Patrias. Por desgracia, el flaco nunca pudo reprimir su instinto delictivo. Intentó laburar de peluquero, estibador, emolientero, pero no había caso. Para su trayectoria hubiera sido más glorioso caer abatido por los disparos de la policía tras as altar la panadería del chino Tilou y no víctima de la gangrena luego que en una trifulca en la cana, su pierna fuera infectada con la punta de un verduguillo macerada en excremento. De eso hace ocho años y para toda la familia es un ritual que en el día de los muertos acompañen al excadete a tomarse un buen trago de pisco frente a su tumba en el Baquíjano. 


Amanece sábado. Dos meses han transcurrido desde el ingreso de su cachorro al colegio militar. A las siete de la mañana, toma un desayuno frugal. A las ocho, lustra con Simoniz la carrocería de su viejo Taunus, alquilado como taxi los días de semana para agenciarse otra entrada con tantas bocas que alimentar. A las nueve, sube a la esposa y a las tres hijas en el carro, dejando en casa a la tía de su esposa quien lo tilda de malagradecido por negarse a sacarla de paseo. “¡Vieja de mierda!” Y pensar que cargo con ella porque viéndola tan achacosa creyó que no sobreviviría al ochenio de Odría. Habían pasado dos décadas desde que contrajo nupcias con Teresa y la ceguera hizo que la señora cumpliera su papel de suegra a cabalidad, el martirio que Dios puso en su camino por haber sido tan calavera en su juventud. 
Con la familia apretujada, calcula el tiempo y la ruta a seguir. Primero, debe desviarse de la Vía Expresa, subir al Puente Bausate y Meza rumbo a La Victoria y dejar a Juliana en sus clases de costura. Segundo, enrumbar a la novena cuadra de la Avenida Arequipa y dejar a Valeria, la mayor de sus hijas, en Panamericana Televisión, donde la esperan sus amigas con un pase para la semifinal de Trampolín a la Fama. Finalmente, acompañados de Brigitte —por la Bardot— la menor y la más melindrosa, debe llegar al paradero de La Colmena, a un costado de la plaza San Martín, y esperar el arribo del bus del colegio Leoncio Prado desde la punta.
Veinte minutos para las diez, el Taunus se encuentra entrampado en medio de una congestión a causa de una marcha sindical con quema de llantas. “¡Métanles bala a esos malditos sutepistas!”, exclama desaforado el conductor del Hillman que está a su costado y cuyo físico le recuerda a un compañero de clase, el negro Vallano, quien una noche de regreso al colegio en el bus, hizo que todos se cagaran de risa al contar que el Poeta le había pagado a la Pies Dorados para que le corriera la paja.
Vaya que era raro el Poeta. Medio pervertido el puta. De ahí su imaginación para cranear esas historias marranas que cumplían con hincharles la pichula. Salidos del colegio, no lo volvió a ver hasta que, tras quince años de labores en el Banco Popular, lo destacaron a la nueva agencia de San Isidro. Ahí le tocó atender al ingeniero Alberto Fernández, quedándose anonadado por su elegancia. Fácil todo lo que llevaba cubría su sueldo de un semestre. Pero valgan verdades, el Poeta toda la vida fue buena gente y la plata no se le había subido la cabeza. Él mismo rompió el hielo de la formalidad al bromear con la posibilidad de volver a ponerse el uniforme para recobrar Arica y Tarapacá. Era la época en que Velasco quiso hacerle la Guerra a Chile y de paso curar al país de su mayor trauma nacional. Luego volvería a verlo en diversas oportunidades por hallarse la oficina de su sectorista cerca de la suya, siempre con un trato cordial y evitando hablar del colegio militar donde no existen diferencias de clases y el superior es el que pega más fuerte. Nunca hablaron sobre la muerte del Esclavo. Mejor. “Qué iba a agradarle al ingeniero recordar que yo le saqué la mierda por soplón”. El Poeta, además, había salido putañero como su padre. Al ganar su compañía constructora la licitación de una obra estatal, lo invitó a tomar unos tragos y salir con unas vedettes argentinas que eran sensación en un café-teatro de Miraflores, pero él, amablemente, declinó la invitación. El otrora bravo cadete se había dejado doblegar por el amor de su esposa, tanto que no le había sido infiel ni una sola vez. “Si ya no sales de parranda, imagino que tampoco te agarras a trompadas”, le sacó en cara el Poeta, algo mosqueado por haber rechazado su ofrecimiento y achuntó en el blanco. Con la madurez uno aprende a controlar sus demonios. La última vez que se peleó fue con un frutero del mercado de Lince que empujó a su mujer, sin tomar en cuenta de que estaba preñada de la segunda de sus hijas. A punta de rodillazos le partió la cara, pudiéndolo matar si no llegaba un policía y lo llevaba enmarrocado a la comisaría, pasando la noche entre maricones y carteristas de poca monta.
¿Por qué el Poeta insistía tanto en preguntarle por Teresa? Tanto interés, acrecentado tras ver la fotografía de su esposa en la oficina, le hizo pensar que quizá pudieron conocerse alguna vez, pero… esa posibilidad era tan incongruente y descabellada que nunca la confrontó con ninguno de los dos. Lima hace unos años era pequeña, pero grandes sus prejuicios sociales. 
La vida doméstica había apaciguado a la fiera y no sólo el Poeta sino también Urioste, los únicos cadetes de su sección que había visto en tantos años, se lo habían enrostrado.
Con Urioste se topó el día que matriculó a su hijo en el colegio. Sorprendido de que tuviera facha de gente y no se hubiera convertido —como suponía la mayoría— en un avezado delincuente, le dijo que él era el único de la sección que se había decidido por la carrera militar. Graduado con honores de la Escuela de Chorrillos, lo destacaron a Juliaca donde se encontró con Gamboa, el teniente que los tuvo bajo su mando cuando cadetes. “Lo ascendieron a Mayor luego de que su cuerpo apareciera flotando en el Titicaca” —le contó—, no debió meter sus narices en ese asunto de contrabando de licores y televisores por la frontera boliviana”. No fue muy claro pero le dio a entender que un oficial, ascendido a General antes que derrocasen a Belaúnde, lo mandó a matar. Consternado por el hecho, el excadete no prestó atención al final del relato de Urioste: su retorno a Lima, la ascensión al grado de Capitán y la asignación al Leoncio Prado, teniendo a su cargo a los cadetes del tercer año, es decir que su hijo estaría bajo su tutela.
—¡Carajo!, si sale la mitad de jodido que tú, pido mi cambio a Chiclayo.
No se lo quiso advertir al excompañero pero su hijo era igual o peor que él. De hecho pondría al Leoncio Prado de vuelta y media. Cuantas veces al llegar a casa, su esposa lo esperaba con una nueva falta cometida por su crío en el colegio parroquial. El muchacho, buscapleitos como ninguno, era el más bravo con los puños, habiendo magullado a muchos, incluso a los estudiantes de grados superiores. Era también el más mandado con las chiquillas quienes encontraban atractiva su rudeza, equiparándolo con Steve McQueen. Sólo porque Teresa trabajaba como secretaria de las monjas no lo habían expulsado por mostrarse faltoso con los profesores.
Todas esas quejas, lejos de merecer una reprimenda, inflamaban el corazón del padre, reencontrándolo con su espíritu salvaje. Cómo castigarlo si se sentía feliz al saberse imitado y superado por su sangre, porque él pudo ser muy duro y sabido para la bravuconada pero siempre se mostró tímido con las muchachas, a su hijo en cambio se le regalaban. En estas semanas de claustro, cuántas pendejadas habría cometido. Cuántas borracheras. A cuántos les habría pegado. Adiestrado en el manejo de la ganzúa y en saquear roperos ajenos, seguro todo el comercio de cigarrillos y revistas sucias pasaba por sus manos. Quizá como padre le tocaría recomendarle ser más cauto. No vaya a ser que Urioste lo retornase con la recomendación de internarlo en la correccional de Maranga.  


Llega el autobús y se cuadra en una de las esquinas de la plaza. Sus puertas se abren y descienden los cadetes, casi con paso marcial, orgullosos del uniforme que llevan puestos.                
          —Míralos, Teresa, eran niños al entrar, ahora son hombres al volver.
       Sólo el muchacho que se asoma al final, aparece con otro semblante. Fuera de los ojos amoratados y el tabique de la nariz desviado, aún se puede reconocer el retrato de su padre. Lloroso, deja el morral en el suelo y corre a los brazos protectores de su madre. Chilla que no quiere volver al claustro militar.
        El espectáculo es bochornoso y origina las burlas silenciosas de los otros cadetes. El padre, perplejo, mete como puede a la familia en el carro y arranca a toda velocidad.
        Ya en el trayecto la insoportable voz quejumbrosa de su vástago, lo pone en autos de lo que ha sido su suplicio a manos de los alumnos de cuarto y quinto año. En la noche del «bautizo» le arrebataron sus cosas, incluso la chompita de rombos que Julianita le había tejido, haciéndola jirones en contados segundos. Tomado de los pies, lo metieron de cabeza al inodoro, repleto de diarrea porque alguien andaba con las tripas flojas. “¡Lame, perro, lame!”, le ordenaban mientras lo golpeaban en el pecho y la espalda. “Eres un perro, no un ser humano, y los perros no hablan, ¡ladran y comen caca!”
     —Te dije que para hacerle frente a los grandotes, tenías que fomentar la unión de tus compañeros y juntos buscar pelea.     
     El hijo contó que en su cuadra las cosas andaban peor. Sus compañeros no saben de compañerismo, son unas bestias salvajes que lo vapulean con crueldad, catalogándolo de ‘hijito de mamá’ y no cesan de golpearlo, despreciarlo y llenarlo de escupitajos. Los serranos, que son los más asquerosos, le meten la mano a cada rato. “¡Potito blanco, aunque sea de hombre!”, le dijo uno de ellos al abalanzarse encima de él en la ducha. Acaso lo hubiera ultrajado sino fuera por la intervención oportuna del Capitán Urioste, quien es muy buena gente con él, para qué, pero no siempre está presente para defenderlo.
       —El cholo Gambarina es el más abusivo de todos, me agarra a patadas y puñetazos sin que yo le haga nada. Lleva más de una semana confinado por haberse fumado el té que se robó de la cocina. Ha jurado que a su salida me va a matar. Ya sabe que yo fui quien lo acusó con el capitán.      
        El Taunus frena de repente en plena Avenida Tacna. 
      —¿Has delatado a tu compañero? —exclama el conductor a punto de estallar de la impresión.
         —Lo hice para defenderme, papá. Pensé que al Gambarina lo iban a expulsar y que mi vida en el colegio sería menos tormentosa. Ahora estoy jodido. De verdad ese cholo me va a matar y yo tengo mucho miedo. Por favor, papá, por lo que más quieras, ¡no me hagas regresar...!  
      El padre silencia de un manazo los lloriqueos del muchacho. La rabia intenta tragársela fijando su mirada en el camino, sin importarle que la familia vea esa lágrima solitaria que recorre su cara.
       “¡Soplón, carajo!” ¿Acaso las putas de las monjas de su colegio parroquial no le enseñaron que Judas hierve calato en el infierno por traicionar a nuestro Señor?” Mal hizo su esposa en inventar hazañas que su hijo no cometió jamás. Debió advertirle que en el otro plantel también abusaban de él y si en el recreo se rodeaba de muchachas era porque ellas no le podían pegar.  
      Ironías de la vida. Seguro Urioste debía estar cagándose de risa por tama decepción. El Jaguar, el mayor jiijunagramputa que pasó por el Leoncio Prado, sufre porque su hijo, el Jaguarcito, le salió lorna y maricón.

2 comentarios:

B3 dijo...

Comentario 1: Me comprometo a empezar con la costumbre (o vicio) de continuar las narraciones que leo (las "Kaira" están incluidas).

Comentario 2: "Potito blanco, aunque sea de hombre".

Necia dijo...

así es que quiñadas, ni de vainas, ¿eh fierro? me gustaría saber cómo es que una mujer se quiña

qué vaina tan machista y homofóbica te salió el post y el relato, fierro. pero en fin, ¡qué hago esperando peras del olmo?