miércoles, 5 de abril de 2017

a veinticinco años del autogolpe


En 1990 yo fui uno de los tantos jóvenes que apoyó la candidatura de Vargas Llosa a la presidencia de la república. Simplemente apoyé porque a pesar de tener dieciocho años cumplidos a muchos de mi generación no se les permitió votar. La Libreta Electoral de tres cuerpos nos la entregaron consumado el proceso, hablándose de una estratagema aprista para impedirnos votar a una masa que —supuestamente— en su mayoría simpatizaba con las ideas de cambio enunciadas por el escribidor. Ganó un candidato desconocido de origen japonés con el apoyo rochoso del oficialismo, de la izquierda y de las iglesias evangélicas, asestándole un golpe de muerte a los políticos y a los partidos tradicionales que perdura hasta hoy. Fujimori, una propuesta sin cuadros ni personas reconocidas, ganó con un 70% de los votos en Segunda Vuelta, una derrota aplastante que le permitió apenas tomó el poder a abjurar lo que prometió no iba a hacer: aplicar el shock económico propuesto por su contendor. El ‘chinito’ que dizque había financiado su campaña vendiendo unas chacritas y un tractor le metió la yuca a todos lo que apostaron por él. Se graduaba de mentiroso e institucionalizó en nuestra política la de la falsa promesa que siempre ha existido, por si acaso, pero nunca antes tuvo ayayeros que aplaudieron su pendejada.  

En 1992, Fujimori había conseguido frenar la hiperinflación, aparte de derribar el proteccionismo a la industria nacional, abriendo las puertas del libre mercado. Todavía arrastrábamos el peor flagelo de la década anterior, el terrorismo y tanto el Poder Legislativo como el Poder Judicial ahondaban la crisis con sus posturas obstruccionistas, similares a las que el fujimorismo de hoy le hacen a PPK. Una noche de domingo, el ‘Chinito’ irrumpió en nuestros televisores y pronunció su famoso: “¡Disolver, disolver...!” y de un tancazo nos quedamos sin democracia, medida que el 80% de los peruanos aplaudimos en su momento, sobre todo los jóvenes que estábamos aburridos de la politiquería tradicional —“Alan García y su compañía, Villanueva del Campo me da tanto asco como Chirinos Soto con su cara de poto...”— y apoyamos una medida extrema, tratándose mayoritariamente de una generación pesimista que quería un cambio radical, un cambio que nunca iba a darse en democracia (menos con los líderes políticos de ese entonces con los que nadie se identificaba) y me recuerdo con mi insolencia juvenil debatiendo con mis profesores en la universidad, al día siguiente en clases, discutiendo con los estudiantes de Derecho que intentaban una defensa de la democracia. “¡Fujimori es la respuesta a la inoperancia!”, exclamaba convencido. Los pocos opositores me tildaron de fascista, de pinochetista, y yo me defendía definiéndome como alguien que apostaba por el Cambio 90, por las revoluciones que nunca se pueden realizar en democracia ...y menos con la caricatura de políticos que teníamos en el Legislativo.

Ese mismo año, en septiembre, cayó Abimael Guzmán y si bien la estrategia fujimorista tuvo muy poco que ver en su captura, fue el golpe que necesitaban para el proceso de pacificación. Un mes más tarde, en octubre, mi generación pudo votar por primera vez en el plebiscito por la constituyente. No voté por la gente de Fujimori, voté por el PPC liderado por Lourdes Flores. En 1993 voté por el SÍ a la constitución fujimorista, no porque me gustara este documento que todavía nos sigue rigiendo, si no porque pensaba que votar por el NO sería apoyar a los picones y obstruccionistas y nos meteríamos en una discusión bizantina de nunca acabar.

Reitero que si bien apoyé el autogolpe y la constitución del '93, Fujimori nunca ha sido santo de mi devoción. Quizá la culpa la tenga mi viejo que me decía: “desconfía de las personas que tenga labios delgados” y esa es una de las características físicas del ‘Chinito’. Si bien le reconozco que tuvo un buen primer gobierno y que tras el desastre aprista de 1985-1990 reconstruyó el país, en 1995 voté por Ricardo Belmont cuando yo y muchos más debimos votar por otro peruano ilustre como Pérez de Cuellar. Fujimori, como era lógico por su acogida popular, se reeligió por goleada y comenzaría un segundo mandato donde comenzó a borrar todo lo bueno que había hecho. Montesinos y De Bari tuvieron mayor protagonismo. La economía hizo agua. Las empresas cerraban y la gente comenzó a quitarse del país por oleadas. El congreso con mayoría fujimorista promovió la re-reelección del mandatario. Los políticos de diversas tiendas, los medios y los empresarios se corrompieron. Los destinos del país no se decidían en Palacio de Gobierno sino en una salita del SIN. Lo único bueno que hizo el fujimorato en ese periodo nefasto fue conseguir que Ecuador firmara la paz en Itamaraty, solucionando un problema limítrofe de muchos años, pero que en su momento fue muy impopular por la entrega de un puto kilómetro cuadrado en Tiwinza.

En 2000 fuimos testigos de un fraude electoral escandaloso. La ‘prensa naranja’ de Montesinos destruyó las candidaturas de Andrade, Castañeda, pero le faltó reflejos para tumbarse a Toledo que ganó por no menos de ocho puntos porcentuales, aunque en mesa se invirtieron los papeles. Aparte de la marcha de los cuatro suyos, los peruanos aceptamos pasivamente un tercer mandato que se vino abajo en septiembre cuando se propaló el primer ‘vladivideo’ un jueves. Dos días después, el sábado por la noche, Fujimori, al igual que el 5 de abril de ocho años atrás y sin consultarle a Montesinos —quien se hallaba celebrando el quinceañero de su hija—, salió en cadena nacional y con cara de yo no fui dijo que convocaría a elecciones presidenciales el próximo año, “proceso en el que yo, por supuesto, no participaré”. Casi de inmediato Vladimiro se dio a la fuga y Fujimori, dos meses después, renunciaría por fax y se asilaría en Japón, nombrando el Congreso como presidente a Valentín Paniagua. 

Hoy se cumplen veinticinco años del autogolpe y Fujimori, Montesinos, De Bari y varios de sus allegados se pudren en prisión, comprobándose aquello que demasiado poder termina corrompiendo a quienes lo poseen. Tengo cuarenta y cinco años y ya no soy estudiante, soy docente universitario, y sigo pensando que el autogolpe fue un mal necesario, aunque coincida con Martha Chávez quien me da tanto asco como Chirinos Soto con su cara de poto. Fue una medida extrema en una situación muy crítica en la que no había otro camino por culpa de una ‘democracia’ que obstruye y destruye. No aliento otro autogolpe, pero si a Kuczynski se le ocurre cerrar este congreso plagado de fujimoristas yo no me pongo a llorar.                      

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