domingo, 10 de agosto de 2025

yungay y la furia del huascarán

Siempre creí que Santo Domingo de Yungay se ubicó a las faldas del Huascarán. La verdad es que se hallaba en un valle plano, a una veintena de kilómetros en línea recta. Creía también que Nueva Yungay era un pequeño asentamiento, remedo de lo que fue alguna vez, a considerable distancia de donde cayó el aluvión. El pueblo, capital de provincia, ha crecido hasta colindar temerariamente con los terrenos siniestrados, expuesto a la peor consecuencia si es que la desgracia volviera a acontecer. Pocos de los supervivientes de 1970 se afincaron en el lugar. La mayoría emigró y familias de otros lares —y de otra prosapia— se les invitó a repoblar las inmediaciones. Hoy se extiende a ambos lados de la carretera y supera con creces en tamaño a la original, pero su moderna infraestructura carece de su antigua hermosura. Cuenta, incluso, con un estadio de fútbol de tribuna celeste donde el Deportivo La Perla Negra juega de local.

El tour a la laguna de Llanganuco parte de Huaraz y pasa por Carhuaz, famoso por sus helados artesanales. Los más reputados son los de Porvenir, en la plaza principal. Los visitantes hacen cola para degustar los sabores tradicionales y otros exóticos como el de palta, cerveza, rocoto, etc. El Callejón de Huaylas se extiende por 180 kilómetros, encajonado entre las cordilleras Negra y Blanca. Desde Carhuaz a Yungay la carretera transita en medio de ambas, en un terreno verde donde predominan los maizales entre otros sembríos.

Para llegar a la laguna, se atraviesa Yungay, se sube por una pendiente hasta que se interrumpe el asfalto y se sigue por una vía afirmada y serpenteante que desde lo alto te permite una vista maravillosa de todo el valle. Tras una hora de dar vueltas por las laderas, arribas a la entrada del Parque Nacional de Huascarán, patrimonio cultural de la humanidad desde 1985, con una veintena de nevados que superan los seis mil metros, más de cuatrocientas lagunas y bosques tupidos que albergan pumas, zorros, osos de anteojos y otras especies en peligro de extinción.

Llanganuco se encuentra a los pies del Huascarán. El paisaje es magnífico. Aparte de bloqueador, es recomendable echarse repelente por los insectos que pican y sacan ronchas. Las aguas de la laguna son turquesas y permite que en las orillas se pueble de totorales. Su belleza atrae a turistas que, a un precio módico, pueden trasladarse en bote. El remero que paseó a mi familia nos comentó que recibe una buena paga por los treinta paseos que realiza al día. Nos habló también de su origen mítico. El dios Inti tuvo una hija llamada Huandy quien se enamoró de un mortal, un soldado plebeyo de nombre Huáscar. Cuando el dios se enteró que los jóvenes se citaban a escondidas, montó en cólera y los transformó en montañas, el Huascarán y el Huandoy, condenándolos a vivir separados, pero mirándose frente a frente. La tristeza hizo que los enamorados arrojaran lágrimas y del llanto de Huandy se formó Chinacocha (laguna hembra) y del llanto de Huáscar, Oroncocha (laguna macho) y ambos se aparean cuando sus aguas se juntan. Luego del paseo, es recomendable visitar a las vianderas que ofrecen cachangas, papa rellena broaster —con la recubierta más chamuscada y crocante—, choclo tierno con una rodaja de queso y un buen vaso de quinua caliente.    

De retorno a Yungay, nos detuvimos en El Mirador que ofrece una vista espectacular de los dos picos del Huascarán. Ver la blancura del nevado tornarse rosado salmón por la luz del ocaso es alucinante. El pico norte es más ‘pequeño’. Mide 6654 metros y su cima es aplanada, casi en forma de meseta. La montañista Annie Peck alcanzó la cumbre en 1908. El pico sur mide 6757 metros, aunque oficialmente se asegura que son 6768 metros. Su cima es más puntiaguda que la de su hermana y la conquistó una expedición austro-alemana en 1932. A lo largo de los años ha cobrado la vida de varios montañistas. En 2025, la última fue una japonesa que lograron rescatar con signos vitales, pero falleció a causa de la hipotermia.    

El emplazamiento del antiguo Yungay ha sido cercado. Imagino que el nuevo pueblo ha invadido parte de sus terrenos porque las dimensiones que se conservan son modestas para una villa que gozó de considerable importancia en la región. Pregunté al guía en dónde se desarrolló la batalla de Yungay y me señaló un cerro al otro lado de la pista, llamado Pan de Azúcar, donde el 20 de enero de 1839 las tropas del chileno Manuel Bulnes derrotaron a las de Andrés Santa Cruz y se tumbaron la Confederación Peruano-Boliviana.

Para ingresar al camposanto de Yungay cobran entrada. Caminas y te encuentras con el museo de sitio donde te explican como se produjo el aluvión y el proceso de edificación de la nueva urbe. Falta, a mi criterio, más registros del pueblo colonial y republicano e información de la batalla que truncó que el Perú y el Alto Perú vuelvan a ser uno solo. A un costado se levantan los servicios higiénicos que cobran —y no deberían— por su uso, tiendas de suvenires y, más allá, el quiosco de raspadillas preparados con hielo —aseguran— extraído del nevado Huandoy.  

Te adentras en el campo y a la margen izquierda puedes visitar el cementerio, la única infraestructura del Yungay original respetada por el alud. Su diseño es vistoso. Las filas de nichos están dispuestas en cinco plataformas circulares que se superponen y se comunican por una escalera empedrada que conduce hasta la cima donde se alza una imponente estatua de Jesucristo de once metros, obra de un escultor yungaíno, bendiciéndote con los brazos abiertos, desde 1966, cinco años antes de la catástrofe. El diseño del cementerio corrió a cargo del suizo Arnoldo Ruska y su edificación inició en 1892. El arquitecto no vivió para ver su proyecto culminado. Falleció en 1903 y sus restos reposan en un sepulcro de loza negra en la tercera plataforma. Los actuales yungaínos han ampliado las hileras de nichos al pie del panteón. Cuando llegué había algarabía con banda de músicos y cajas de cerveza, adelantándose por mucho al día de los muertos.     

A la margen derecha te diriges a la ubicación de la ciudad antigua. El suelo terroso, con algo de hirsuta vegetación y una que otra mole lítica desprendida del nevado, dan la sensación de haber sido una villa de pequeñas dimensiones, pero vale recordar que la nueva urbe ha canibalizado sus inmediaciones. Al permanecer de pie en donde alguna vez estuvo la plaza principal, te embarga una extraña sensación al pensar que caminas como un profano sobre donde se hayan sepultadas casas y calles y los cuerpos de miles de personas que no tuvieron cómo escapar. Me dicen que a partir de las siete de la noche, el ambiente se enrarece y si se tiene la suficiente sensibilidad, puedes contactar con las almas de quienes todavía no aceptan que fallecieron bajo toneladas de lodo y piedras.

El 31 de mayo de 1970, a las tres y veintitrés de la tarde, un bloque de roca y glacial se desprendió de la parte norte del Huascarán, tras el terremoto de 7.9 de magnitud con epicentro en la costa de Chimbote. El aluvión descendió a 360 kilómetros por hora y en poco tiempo cubrió todo el pueblo, quedando como vestigio las cuatro palmeras de la plaza principal y que aún hoy, con el tronco encorvado, se pueden apreciar. Queda también un pedazo del templo y nada más. Solamente se salvaron los que pudieron correr a las zonas altas, los que se hallaban en el cementerio y los que asistieron al circo y fueron evacuados por el payaso ‘Cucharita’. Sólo cuatrocientas personas de las veinte mil que yacen enterradas. Las inmensas nubes de polvo hicieron imposible la asistencia inmediata en cuanto alimentos, medicinas y cobijo. Recién a los tres días pudieron aterrizar los helicópteros y asistir a los huérfanos y a los que se refugiaron en el cementerio, quienes se vieron obligados a profanar tumbas y abrigarse con ropa de muertos.       

Érase una vez un pueblo orgulloso de su hermosura, provisto de recursos naturales que lo hacían próspero y pujante, tanto o más que Huaraz y que en menos de cuatro minutos se borró del mapa. Caminas por el campo y te topas con recordatorios que llevan los nombres de familias enteras, enclavados en donde seguro se levantaban sus viviendas. Por más que hayan pasado cinco décadas, estar en el sitio te invade una profunda tristeza. Una cicatriz en nuestra historia imposible de sepultar.  

viernes, 8 de agosto de 2025

chavín alucinógeno

Siempre pensé que Chavín de Huántar se hallaba en un rincón desolado, de difícil acceso, cubierto de vegetación. Lo bueno de viajar es corregir tus equivocaciones, como la que tenía de Machu Picchu, creyendo que se ubicaba más arriba de Cuzco y ahora sé que se encuentra mil metros más abajo, en ceja de selva. El viaje toma tres horas desde Huaraz. Si vas en tour programado, puede demorar unas cuatro horas porque va a parar en los principales atractivos a lo largo del trayecto.

Recuay es el punto más meridional del Callejón de Huaylas y es el primer pueblo importante por donde serpentea el río Santa, que nace en la laguna de Conococha, recorre Huaraz, Carhuaz, Yungay, Caraz y de allí Huallanca, Yuracmarca, Tanguche y Santa, antes de desaguar en el Pacífico, fungiendo de límite entre Áncash y La Libertad. Protagonista del crecimento de la frontera agrícola costera a través de los proyectos Chavimochic y Chinecas, por viajar en agosto —temporada seca— sus aguas no parecen muy generosas, pero me advierten que en época de lluvias aumenta hasta veinte veces su caudal.

Salvo Huaraz, todos los pueblos del Callejón tienen sobrenombre. A Recuay se le llama ‘ladronera’ porque cuentan que ahí le robaron sus pertenencias al sabio Antonio Raimondi. Carhuaz, ‘borrachera’ por la forma como se la pegan los devotos de la Virgen de las Mercedes. Yungay, ‘hermosura’ por el paisaje y la majestuosidad del Huascarán. Caraz, ‘dulzura’ por la amabilidad de su gente y producir el manjarblanco más sabroso del Perú.

Después de Recuay, se pasa por Ticapampa y de allí a Catac, cuyos atractivos son el nevado Pastoruri —a un par de horas— y la laguna Querococha a casi cuatro mil metros de altura. Reza la leyenda que su origen se debe a la disputa de una enorme campana de oro —quero significa ‘oro’ en quechua— entre un guerrero huaracino y otro recuaíno. Ambos rodaron al precipicio con el preciado tesoro y de allí brotó el agua verde oscura que caracteriza a la laguna. Se dice que a la medianoche la campana repica fúnebre a la memoria de los dos guerreros. Habría que soportar el gélido viento que debe correr a esa hora para comprobarlo.

El paisaje de Querococha es el típico de la puna. El verdor le cede terreno al ichu amarillento que alimenta a las llamas y vacas acostumbradas al frío. En los cerros que rodean la laguna, se distingue una falla geológica que, milagrosamente, ha formado el mapa del Perú. Al menos en los folletos se nota clarito, pero in situ, por mucho que me esforcé, no conseguí a distinguirle la forma. Seguimos el trayecto y pasamos por el túnel Cauish, a 4500 metros, uno de los más altos del mundo. Dicen que, si pides un deseo y contienes la respiración a lo largo, se te cumple. Vamos a ver si Alianza Lima sale campeón este año.

Chavín de Huántar no sólo es un complejo preinca. Es un distrito, perteneciente a la provincia de Huari. Vive del turismo, la artesanía y la agricultura. Su nombre original es San Pedro de Chavín y su fundación data de 1533. Es la puerta de ingreso a lo que se conoce como Conchucos. Conserva con orgullo su plaza de toros que, según sus moradores, es una de las cinco principales del país. Sobre el por qué mantiene el nombre compuesto, se debe a que, en algún momento de la Colonia, el sitio pasó a depender de la parroquia de San Gregorio de Guántar y se quedó con el apellido. Llama la atención que estando en 2025, las casas del pueblo y alrededores luzcan pintarrajeadas con los nombres de tres candidatos a la alcaldía del distrito para el 2027. No me explico por qué la premura o la ambición cuando falta que mucha agua corra por el Huachecsa y el Mosna, ríos que desde hace tres mil años invitan al sedentarismo en el lugar.

El complejo arqueológico se encuentra convenientemente amurallado y protegido. Cobran entrada y ofrece servicios higiénicos y tiendas de suvenires. No tuvimos tiempo de visitar el moderno museo, a un par de kilómetros de distancia, edificado gracias a la financiación del gobierno japonés y que conserva ceramios, piezas líticas y el famoso Obelisco Tello que retornó de Lima a Chavín en 2008. El recorrido guiado por este centro ceremonial y religioso inicia por una plaza cuadrangular hundida, de considerables dimensiones, donde, según explicaciones, los sacerdotes se encontraban con la población y les transmitían los designios de los dioses, posiblemente si venían tiempos de lluvia o de sequía. El contacto con las deidades se daba a través del consumo de cactus alucinógenos como el San Pedro, rico en mescalina, de allí que se representaran con los ojos desorbitados. La dilatación de las pupilas les permitía, además, observar en la oscuridad de los pasadizos del templo.

Se desconoce el nombre del dios principal. Se le llama el Señor de los Báculos por cómo se encuentra representado en la Estela de Raimondi, conservado en el Museo de Pueblo Libre y que todavía no retorna a Chavín. Debe su nombre al propio don Antonio que lo encontró haciendo funciones de mesa en la casa de unos campesinos y se salvó de ser rapiñado por los chilenos porque se cayó por la parte liza y no llamó la atención de los invasores. La figura representa a un hombre con cuerpo de cernícalo y rostro y colmillos de felino. Se presume que lo heredaron de los Sechín y luego su culto lo adoptaron los Paracas, Tiahuanacos, Waris, hasta convertirse en el Apu Kon-Tiki Wiracocha de los Incas.  

La guía asegura que la acústica de la plaza te permite hablar fuerte y tu voz se podrá oír en cualquiera de sus cuatro rincones. Esa era la forma como los sacerdotes se hacían escuchar sin necesidad de megáfono. No pudimos comprobarlo ya que nos restringieron el ingreso al interior por los trabajos de excavación que vienen realizando los estudiantes de arqueología de la Unasam en busca de no se sabe qué. De allí nos movimos a la llamada Portada de las Falcónidas y me llamó la atención la forma cilíndrica de las dos columnas monolíticas, con representaciones de aves labradas en bajorrelieve. Para mí toda una revelación porque no tenía idea de que en el antiguo Perú se elaboraran pilastras con ese tipo de diseño.

El mayor atractivo es el interior del templo. Pasajes intricados y estrechos de piedra, convenientemente iluminados con luz artificial que permite apreciar la monumentalidad de los mismos, entendiendo por qué sirvieron a la dupla Fujimori-Montesinos de inspiración para rescatar rehenes y masacrar a los guerrilleros del MRTA. En la galería principal se encuentra el Lanzón, monolito de granito de 4.5 metros de largo, enclavado en el templo. Se presume que se trata de otra representación de la misma divinidad porque comparte rasgos zoomorfos similares. En vez de lanza, yo particularmente le encuentro forma de colmillo, aunque sería más apropiado llamarlo ‘huanca’ que es el término quechua para “piedra sagrada”, ya que, según crónicas, los pobladores siguieron adorándola hasta bien entrado el siglo XVII. Protegido por un vidrio grueso —prohibido tomarle fotografías porque el flash malogra los grabados—, ha habido intentos de sacarlo del templo y exhibirlo en otro lugar, pero los moradores aseguran que el día que eso suceda, se acabará el mundo.

El recorrido finaliza en la muralla donde, para mi sorpresa, sólo se conserva una cabeza clava solitaria. Las demás se han caído o se las han robado. Menos mal que en el museo de sitio se conservan casi un centenar de diversas cabezas clavas que, según nuestra guía, esa expresión fiera y demoníaca, representa la transformación de los seres humanos, previa bebida alucinógena, en un ser zoomorfo de inquietante mirada, que fungía de celoso vigía del templo.


Los Chavín gobernaron durante ocho siglos, del 1200 a.c. al 400 a.c. Posiblemente se deba su decadencia a que los sacerdotes del templo dejaron de tener dominio sobre los pobladores, quienes asumieron otras creencias o se mudaron a otras regiones. Desaparecieron luego de ejercer decidida influencia en otras civilizaciones de la sierra y de la costa, sea en la agricultura, artesanía y también en el consumo de sustancias psicotrópicas.     

miércoles, 6 de agosto de 2025

huaraz en tres días

Siempre quise conocer Huaraz. Allá por 1982, mi papá cargó con toda la familia en la Datsun y tras llegar a Pativilca, tomó el desvío y trepamos por la carretera de acceso a la sierra hasta que la camioneta no pudo más. Dimos media vuelta y pasamos Fiestas Patrias en Barranca, quedándome de la subida el paisaje de cerros poblados de árboles. Tuvieron que transcurrir más de cuatro décadas para cumplir con mi deseo, aunque me hubiera gustado que fuera mucho antes, en una fecha más cercana al sismo del 31 de mayo que marca un dramático antes y después en el devenir del Callejón de Huaylas.

Si vuelvo a viajar a Huaraz, me gustaría hacerlo en vehículo particular por la ruta del Cañón del Pato, donde, me cuentan, se viaja al filo del abismo, pasando por diversos túneles y las cordilleras Negra y Blanca se aproximan a tal punto que dan la impresión de poderlas tocar con los brazos. El viaje en bus desde Trujillo toma unas ocho horas. Llegas a Casma —ya no a Pativilca— y te desvías hacía la sierra por una carretera en buen estado, imagino que gracias a la minería. Antes de subir, se pasa por algunos poblados del distrito de Yaután, que parecen, por sus viviendas, de reciente data, imagino atraídos por la actividad frutícola de los alrededores.

Me albergué con mi familia en el hotel Valery, en la avenida Luzuriaga, a tres cuadras de la Plaza de Armas. A propósito de este gallo del que desconocía su existencia y su busto está en plena plaza. Se trató del primer peruano en obtener el grado de Gran Mariscal. Participó en la independencia de Argentina, Chile y Perú. Tras la caída del Protectorado de San Martín, cayó en desgracia a los ojos de Bolívar y partió a tierras gauchas donde se pegó un tiro para escapar de la miseria. Una provincia ancashina lleva su nombre y quizá valdría la pena expatriar sus restos e inhumarlos en su tierra natal con los honores que merece. La avenida que lleva su nombre es la más comercial de Huaraz. En el lado izquierdo, subiendo hacia la plaza, la acera está cubierta por un cielorraso y las losetas lucen un diseño similar al malecón de Copacabana en Río. La pista lleva meses en zanjas por obras municipales que no tienen cuando acabar, dando una pésima imagen al turismo que llega en Fiestas Patrias.

En el centro y alrededores, es común encontrar visitantes estadounidenses, alemanes, franceses, italianos, argentinos, chinos y japoneses. Curiosamente, brillan por su ausencia en los tours más solicitados hacia Chavín de Huántar o la laguna de Llanganuco, hechos para turistas nacionales que quieren esforzarse poco y buscan que los transporten hasta las puertas del atractivo turístico. Los atractivos, en cambio, gustan del trekking, del climbing, y no se hacen problemas por recorrer a pie enormes distancias por senderos inhóspitos para llegar a cumbres y lagunas que nosotros, los comodones de los peruanos, no estamos dispuestos a recorrer. Incluso puedes verlos con carpas, dispuestos a acampar en la montaña. No me encontré con venezolanos, como en otros lugares del país, salvo la guapa veneca pelo-pintado que nos atendió en Clandestina, uno de los bares que elabora su propia cerveza, ubicado en el parque Ginebra, epicentro de la vida nocturna huaracina.

El parque Ginebra —imagino debe su nombre a las analogías que hacen del Callejón con Suiza— es un boulevard poblado de pizzerías y restobares con mesas afuera de los locales, dándole un aroma cosmopolita al ambiente. Muchos ofrecen cervezas artesanales, elaboradas en la misma región, de diversos sabores como fresa, eucalipto, kion o miel de abeja. El restobar de Sierra Andina, cerveza con varias presentaciones como la ‘Pachacútec’ con diez grados de alcohol, se encuentra en el parque del periodista, donde aparece el busto de Pedro Morales Carreño, reconocido escritor huaracino.

Si bien la oferta gastronómica es diversa, sorprende la cantidad de chifas que prolifera en la urbe. En cuanto a comida típica de la región, nos recomendaron los restaurantes del jirón Olaya, arriba, a unas diez cuadras de la plaza, calle que se enorgullece de conservar la fisonomía original de la ciudad, siendo de las pocas que no sufrió daños considerables a causa del terremoto. Almorzamos en el Hierba Buena que ofrece pachamanca —los domingos—, chicharrón, costillar y otros platos a base de chancho, picante de cuy, trucha frita, patasca y llunca de gallina, que es como un caldo de gallina, pero que lleva trigo en vez de arroz o fideos, todo acompañado de una jarra de chicha de jora.

Llama la atención que siendo una ciudad grande y de agitada vida comercial —los comercios de las avenidas principales permanecen abiertos hasta pasadas las diez de la noche— no haya presencia de autoservicios como Plaza Vea o Mass. Su lugar lo ocupa Trujillo Market con varias sedes. Otra cadena con locales en todo el Callejón es Farmarecuay, pero sí le tiene que hacer frente a las farmacias de Intercorp. Locales donde los huaracinos hacen cola es la Panadería Romerito y las raspadillas El Gordito, que funciona desde 1938, en una carretilla detrás de la catedral. Ofrece de tres tipos: con leche condensada, frutas cítricas y chocolate con café. Delicias que vale la pena disfrutar. El comercio ambulante en el centro se encuentra extendido. Algunas vendedoras son quechua-hablantes, ataviadas con sombreros y prendas coloridas. Se ofrece ropa de invierno, huevitos de codorniz y emolientes que carecen de sábila y, como no son espesos, parecen un jugo caliente. Tuve también la oportunidad de escuchar dos emisoras locales. Huascarán Rock & Pop en la 104.5 FM, cuya señal se pudo captar con nitidez en la van que nos trasladó a Carhuaz. Clásica Radio en la 92.5 FM que sonaba desde la Feria Artesanal al costado de la Catedral, a tanto volumen que llegaba a buena parte de la plaza, contagiando con las baladas en español de Camilo Sesto o Leo Dan.       

La plaza principal de Huaraz es similar a otras de la sierra. Goza del privilegio de que a lo lejos se aprecia el Huascarán, aunque otros entusiastas afirman que se pueden ver el Huandoy y el Alpamayo. Por más que me esforcé, no alcancé a distinguirlos. Predominan los espacios verdes, pero carece de árboles frondosos que guarezcan a las bancas del sol inclemente. De los edificios que la rodean, destaca la imponente catedral —todavía en construcción— de imponente estilo neorrománico, diseño europeo enclavado en los Andes. Ornamentada en los costados con testas de animales como el cóndor o el puma en vez de gárgolas, falta el revestimiento que le pondrán a sus paredes desnudas para ver cómo queda el acabado final. Otras infraestructuras destacables son la Casa de la Cultura, con su domo plateado en la parte superior, la Corte Superior de Justicia de Áncash, la municipalidad y las sedes del BCP y del BBVA.

Una visita de tres días es insuficiente para juzgar la fisonomía de toda una ciudad, pero Huaraz deja la sensación de carecer de una tradición monumental. Es comprensible. El terremoto de 1970 barrió con gran parte de sus viviendas y demolió su historia. Incluso la huaca Pumacayán, una colina enclavada en la ciudad y que parece se trató, antes del arribo de los españoles, de un templo o una fortaleza, ahora es un amontonamiento de piedras y tierra que cuenta como mayor atractivo con la capilla de la Cruz de Pumacayán en la cima, elemento protagónico en el proceso de extirpación de herejías durante la Colonia.

Dicen que posterior al sismo, la mayoría de la población original emigró a otras latitudes y ahora son otras las familias. Los huaracinos de hoy son hijos de los emigrantes incentivados por el régimen de Velasco para repoblar el lugar. Si uno escucha hablar a los pueblerinos, les llamará la atención su acento cantarín, propio de la selva alta o de la costa norte y no con la lengua pegada al paladar como es típico de otros sectores de la sierra. Considero, particularmente, que Huaraz carece de armonía arquitectónica y eso le resta belleza al guardar escasa relación con la imponencia del paisaje que la rodea. Mejor hubiera sido que en el proceso de reconstrucción apostaran por el adobe y la piedra en vez del ladrillo, peor aún si la mayoría de casas las dejan inacabadas o sin tarrajear. Mejorar las fachadas es una tarea que deben emprender el municipio y todos los vecinos en su conjunto para que el título de ‘la Suiza peruana’ no les quede demasiado grande.

domingo, 2 de marzo de 2025

el oscar y el cine de temática social

Hace unos días me entrevistaron unos estudiantes de la Universidad César Vallejo sobre los premios Oscar y su repercusión en la sociedad, así como si los estudiantes de ciencias de la comunicación que se inclinen por la producción audiovisual deberían producir contenido de temática social. Estas fueron mis respuestas.  

¿Cuál es el impacto de los premios Oscar en la sociedad y en la percepción de temas sociales a nivel global?

Pienso, particularmente, que las premiaciones de este tipo han perdido relevancia en los últimos tiempos. En el Perú, por ejemplo, hace años que ningún canal televisivo transmite la ceremonia y los interesados lo siguen a través del cable. Supongo que en otros países también ha disminuido el interés. Gracias a la buena audiencia global que antes captaba, hubo algunas manifestaciones de rebeldía social muy recordadas como la de una representante indígena que habló de la problemática de su pueblo al recibir el premio de mejor actor a nombre de Marlon Brando, o Michael Moore al recibir el galardón a mejor documental, mostró su disconformidad contra la invasión de Estados Unidos a Irak por parte del régimen de George W. Bush y tuvieron que cortar su perorata en vivo.

¿Qué películas premiadas por el Oscar destacaría por contener un mensaje relevante?

Toda película conlleva siempre un mensaje. Lo de su ‘relevancia’ es muy relativo y subjetivo. Entendiendo que por relevante hace referencia a producciones enfocadas en una problemática social, en cada edición la Academia premia documentales que abordan temas como la ecología, la intolerancia, el racismo, etc. Lamentablemente, son pocos los espectadores interesados en visionar este tipo de producciones.

¿Qué mensajes o reflexiones importantes se pueden encontrar en las películas nominadas este año y cómo cree que conectan con los desafíos actuales de la humanidad?

Es muy difícil tener acceso a varias películas nominadas en esta parte del año. Las que se han estrenado en la cartelera comercial han sido la segunda parte de Duna y La Sustancia. Como falta algunos meses para verlas en plataformas streaming, a través de plataformas piratas he podido ver Anora, Nickel Boys y Wicked, y de las nominadas a mejor película internacional, Flow, La semilla del fruto sagrado y La chica de la aguja.

¿Puede brindarnos un mensaje de las películas que menciona?

Anora es una versión retorcida y amoral de La Cenicienta que, comparada a Pretty Woman, lo deja como un cuento de hadas de Disney. Wicked repite la misma fórmula de Maléfica, donde héroes y villanos invierten sus papeles, en este caso la Bruja del Oeste de El Mago de Oz. Nickel Boys es la que se ajusta más a una temática social, se basa en hechos reales y denuncia los abusos de unos adolescentes de raza negra en un reformatorio en la década de 1960.

¿Y de las nominadas a mejor película internacional?

Flow es una película de animación donde en un mundo sin humanos, los animales deben aprender a unirse para sobrevivir. La chica de la aguja trata de una chica desempleada que se interrelaciona con Dagmar Overbye, la asesina serial que en la Dinamarca de 1920 asesinó con sus propias manos a una veintena de bebés. La semilla del fruto sagrado es una película ambientada en la Irán de 2022, durante las protestas de los estudiantes tras el asesinato de Mahsa Amini por parte de la policía por rebelarse a llevar el hiyab, donde el padre en cierto sentido representa el conservadurismo y la brutalidad del régimen teocrático iranio, la madre la aceptación del status quo y las hijas las que se quieren rebelar ante ese orden impuesto contra las mujeres.

Desde su experiencia, ¿cómo puede el análisis crítico del cine contribuir a la formación de profesionales más reflexivos y socialmente comprometidos?

El cine ha sido desde siempre una herramienta de comunicación propagandística. Casos de educación y manipulación ideológica los tenemos en cine producido en los regímenes de Stalin o de Hitler. Se ha tenido también cineastas comprometidos con causas políticas y sociales como Costa-Gavras en Francia, Miguel Littin en Chile o Pino Solanas en Argentina. Considero que el cine puede ser una herramienta pedagógica muy útil y que puede ayudar en la formación de los estudiantes. El ciclo pasado tuve la oportunidad de programar en el sílabo del curso Narrativa Transmedia, una sesión de películas silentes. Los alumnos mostraron en un inicio resistencia para ver producciones hechas hace más de cien años, pero luego se quedaron maravillados al percatarse que varios recursos técnicos y narrativos que ellos creían eran modernos, ya eran utilizados hace muchísimos años.   

¿Qué rol juega el cine como herramienta educativa, especialmente en carreras como Ciencias de la Comunicación?

Desconozco cómo mis colegas de los cursos audiovisuales programan el visionado de películas en sus respectivos sílabos y cómo construyen sus fichas de análisis crítico. Yo soy profesor de los cursos de publicidad. Como conocen de mi afición por el cine, algunas veces me envían a sus estudiantes a entrevistarme y a veces he tenido en clases debates con colegas sobre películas como Barbie de Greta Gerwig, donde resalté su puesta en escena artesanal en tiempos que todo es digitalizado. Otra película que debatimos fue la segunda parte de Joker que particularmente a mí me agradó bastante y considero que ha sido injustamente maltratada e infravalorada por las nuevas audiencias en redes sociales. Estoy seguro que en unos años esta secuela será revisada y revalorada por las nuevas generaciones. 

¿Qué recomendaría a los estudiantes que buscan usar el cine como medio para transformar realidades o generar impacto en su entorno profesional y social?

Ver mucho, muchísimo, cine. La mayoría de estudiantes de comunicaciones estudian la carrera deslumbrados por los productos audiovisuales comerciales, por las series vía streaming o por videos de plataformas como YouTube o TikTok. No existe una cultura cinematográfica que les permita tener acceso a cineastas de autor. El ojo para el buen cine es algo que se va educando y sería bueno que en las Facultades de Comunicación cuenten con su propio cine-club donde se programen ciclos de películas que nunca se estrenarían en el circuito comercial.

sábado, 2 de noviembre de 2024

paul: got back

El pasado 27 de octubre cumplí una de mis metas. Ver a un beatle en vivo. Algo que ya había desistido de alcanzar. No conseguí entradas cuando se pusieron en preventa en mayo.  Era viernes 25 y sólo pensaba con cumplir con mi apretada jornada laboral. El mensaje por WhatsApp de Pepo Rodríguez informándome que todavía quedaban entradas a la venta en Teleticket hizo que mandara todas mis obligaciones al carajo y fuera al encuentro del mejor amigo de mi ídolo máximo. Asegurada mi entrada y la de mi esposa y la de mi primogénito porque nada mejor que una locura en familia, nos embarcamos el sábado y arribamos a Lima el domingo por la mañana. con el cuerpo molido por la incomodidad y porque el pasajero de adelante roncaba en mis orejas. No importa. Ya en otro plano existencial habrá oportunidad de descansar.

Mi familia y yo nos alojamos en el departamento de mi hermana, cerca de Larco Mar, donde fuimos a almorzar. Todos tenían hambre. Mi hermana comete la imprudencia de comentar que el hotel donde se aloja McCartney, el Miraflores Park Hotel, dista a sólo cuatro cuadras y como yo tenía hambre de Paul donde se congregaba una centena de fanáticos de todas las edades con pancartas con el consabido 'I Love You Paul' de la época dorada de la beatlemania. Aguardamos un buen rato a que el bajista zurdo se asomara. Hubiera esperado como tantos a que abordara el vehículo que lo trasladaría al concierto, pero las miradas hambrientas de mi familia me hicieron desistir. Ya no habría más que postergar el encuentro por unas horas más.

Tras almorzar, salimos rumbo al Estadio Nacional a golpe de seis de la tarde. Tomamos el Metropolitano y viajamos apretados como sardina. Mi familia me miraba mal. Por ser domingo hubiéramos tomado taxi y llegado en un tiempo similar. Nuestras entradas eran en Occidente Baja y tuvimos que caminar hasta la Avenida Petit Thouars. Había vendedores de polos, afiches y banderines por todas partes. Me arrepiento no haberme detenido un momento de no adquirir un polo con la carátula del Revolver estampado. Nos topamos con un guitarrista callejero tocando And I Love Her a cambio de monedas y una pareja de bailarines, ataviados como jóvenes de otro tiempo, bailando I Saw Her Standing There, dos temas que Paul esa noche no iba a tocar.  

Ingresamos al Estadio a golpe de siete cuando bien habríamos hecho en entrar a las ocho y quedarnos afuera, en las inmediaciones donde se disfrutaba de un ambiente más de concierto. Pasadas las ocho, tuvieron los organizadores el tino de poner las principales canciones de The Beatles, siendo Help! la que más encendió al público en una espera que se hacía interminable. Lejos de hacer gala de la puntualidad de los británicos, a golpe de nueve y cuarto las dos pantallas laterales mostraron un larguísimo video que en forma de cascada mostraba la lejana infancia de Paul en Liverpool, sus etapas en The Beatles y las posteriores cinco décadas como solista. Muy bonito y con muchos simbolismos, pero pienso que muy extenso y poco apropiado para que una audiencia ansiosa lo pudiera disfrutar. El video se detiene y se escuchan los acordes finales de A Day in the Life. Aparece la imagen de su emblemático bajo Höfner y se escucha una versión de: ...And in the end, the love you take is equal to the love you make... la frase de la última canción con la culminaría su presentación.  

Las luces se encienden y el beatle hace su ingreso. Saluda con el puño alzado y luego todo se apaga. En esa penumbra puede escucharse nítidamente al baterista Abe Laboriel tocar las baquetas para que principie el concierto con A Hard Day's Night, tema que irremediablemente nos transporta a seis décadas atrás, a la película y a los dibujos animados producidos por Al Brodax. Siguió Junior's Farm donde siguiendo las indicaciones de Radio Oxígeno, auspiciadora del evento, los celulares de las tribunas Occidente y Oriente utilizaron un filtro para emitir una luz roja que, combinada a la luz blanca de la tribuna Norte formó la bandera del Perú, pero de ese gesto McCartney ni se inmutó.    

"Buenas noches, causas", saludó. El primero de los peruanismos que memorizó previó al concierto. En Letting Go, llamó la atención ver a los instrumentistas de vientos tocando desde las tribunas en vez del escenario. Al finalizar, manifestó en castellano: "estoy muy feliz de estar acá de nuevo", aludiendo a los anteriores tocadas en Lima del 2011 y 2014. "Voy a tratar de hablar un poquito de español", dijo antes de volver a The Beatles con Drive my Car y Got to Get You Into my Life, canción que Alfi reconoció por la película de los Minions. 

Come On to Me es de esas canciones que pareces haber escuchado de toda la vida, pero no es del 2018 y bien merecería una mayor difusión en radios como Oxígeno que han estancado la música en el tiempo. Después de esa canción, el viejito de ochenta y dos años se despojó del saco y me preocupé porque le fuera a caer mal el frío limeño de octubre, todavía no caía en cuenta que estaba mucho más vigoroso que yo a mis cincuenta y dos. Dejó el Höfner y tomó por primera vez la guitarra para tocar la canción que más me gusta de su etapa solista: Let Me Roll It, título con un tremendo riff y cambios de ritmo permanentes en su estructura que me gustaría en otro universo que formase parte del repertorio de The Beatles, en el Abbey Road en vez de Maxwell's Silver Hammer. "I can't tell you how I feel, my heart is like a wheel..." Al final y con la misma energía eléctrica, empalmó con su tributo a Jimi Hendrix haciendo el punteo de Foxy Lady.   

Getting Better es uno de los títulos que menos me atrae del Sgt. Peppers. Son pocos, en general, los surcos de este disco que me agradan y me parece desproporcionado que lo califiquen como el mejor que produjeron los 'fab four'. Efecto de un reloj y continúa la marcial Let'em In y posteriormente My Valentine que la compuso a Nancy Shevell, su tercera esposa, anunciando que ella se encontraba presente entre nosotros en ese concierto. Una balada empalagosa, muy a lo McCartney, necesitaba del tremendo riff de piano de Ninteen Hundred and Eighty Five para volver a encender a la audiencia y proseguir, exigiéndole a su octogenaria garganta, su destacable Maybe I'm Amazed, su primera gran canción como solista.  

I've Just Seen a Face es uno de los temas más hermosos y menos conocidos de The Beatles. A ritmo de guitarras country, en la pantalla se proyectaron una especie de grafitis con los nombres de varias bandas como The Who, The Kinks, Manfred Mann, Herman Hermits, Chuck Berry o Thin Lizzy. No llama la atención las que están, si no las que debieron estar. De ahí McCartney nos pidió que nos remontáramos hace mucho tiempo, hacia el norte de Inglaterra, en el puerto de Liverpool, donde cuatro muchachos grabaron en un disco la primera canción de The Beatles: In Spite of All the Danger, un temazo que nunca comprendí por qué en los años venideros no volvieron a grabar. Supongo porque sonaba a muy 1950 y ya eran otros ritmos los que mandaban en la otra década. De allí mencionó la canción que George Martin seleccionó para ser el primer single de la banda: Love Me Do y cuando el efecto de la nostalgia volvía a su apogeo, nos regresó a la actualidad con Dance Tonight, un título de 2007.  

Sin el acompañamiento de su grupo y con un fondo estrellado en las pantallas, Paul tocó con la guitarra acústica el pájaro negro del álbum blanco: Blackbird singing in the dead of night. Y solo con ese mismo instrumento cantó Here Today, compuesto en 1982 "para mi pataza John", donde expresa cuánto ama y extraña al amigo que hacía poco más de un año un tal Chapman había acribillado a balazos. Justo por estos días he visionado en YouTube un corto animado en stop-motion, made in Perú, homónima de esa tonada y que a pesar de sus falencias (como que los muñecos no muevan la boca), vale la pena rescatar porque se nota que está producida con bastante sentimiento.

Sentado en un clavicordio de diseño psicodélico, siguió con Now and Then, tal como se lanzó oficialmente en 2023 (hace un año desde que escribo estas líneas). De allí tocó New de 2013 y volvió a The Beatles de 1967 con Lady Madonna, una canción que para mí se echa a perder por su tono caricaturesco. De allí volamos con Jet a 1973, el tercero de los cuatro títulos que tocó esa noche y que provienen del Band on the Run, su mejor trabajo como solista.     

Del amplísimo repertorio de Lennon, Paul eligió cantar Being for the Benefit of Mr. Kite, seguro porque representa muy bien la atmósfera circense del Sgt. Peppers, el considerado primer disco conceptual de la historia y el disco favorito de McCartney de The Beatles (de Lennon era el Álbum Blanco, de Starkey el Abbey Road y de Harrison el Rubber Soul). De allí tomó un ukelele y nos obsequió una versión de Something, "de mi hermano George", que comienza muy ligera e inocua, pero a medida que se torna fiel a la original, aunado a las imágenes de confraternidad de los mejores tiempos de los 'fab four', no pude evitar que las lágrimas corrieran libres al ritmo de: You're asking me, will me love grow? I don't know, I don't know... Sabía que me iba a quebrar en algún momento. Creí que en Golden Slumbers, pero la emoción me traicionó antes.

Ob-la-di Ob-la-da, "una de las canciones para abuelitas" según John, me dio los bríos para reponerme y prepararme para algo más de mi gusto como Band on the Run ("vendo turrón" y en octubre). Siguió Get Back y volvió a apaciguar el ambiente al sentarse al piano y tocar Let it Be, mi tema favorito de Paul con The Beatles. El momento más espectacular llegó con Live and Let Die, por los fuegos artificiales, lanza llamas en el escenario, juego de luces y las imágenes en la pantalla del centro de Londres en pedazos. El estruendo de la última explosión nos preocupó porque vimos al viejito taparse los oídos, una pequeña broma que sirvió como preludio a Hey Jude, una buena canción que para mi gusto ha sido muy sobre expuesta por los gustos de la masa, algo así como I Want to Break Free de Queen. Como era de esperarse, el público la 'nanaraneó' a su regalado gusto, sobre todo cuando el compositor que le dio lástima el hijo de Lennon hizo cantar a los chicos y luego a las chicas, "a las mamacitas", trazando curvilíneas con sus manos. Fue el momento del concierto que Claudia y Alfi disfrutaron más.  

Cuando McCartney dijo "ya me quito, chaufa", el concierto ingresó en su momento culminante. Reapareció con la bandera del Perú, Paul Wickens con la Union Jack y Brian Ray con una bandera multicolor que en otras naciones podría tomarse como un apoyo a la comunidad LGTB+, pero aquí falsamente se la asocia con el Tawantinsuyo. En I've Got a Feeling interactuó con Lennon desde la pantalla. Uno con su juventud desde el concierto de la azotea en 1969, el otro con la inevitable decrepitud de 2024. Igual, como dijo Paul, "fue bueno tener a John con nosotros otra vez". Con la nostalgia enervada al máximo, le llegó el turno a la tercera cara del Álbum Blanco con Birthday, contando con la versión reprise de Sgt. Peppers Lonely Heart's Club Band y cerrando el bloque con Helter Skelter, con la suficiente crudeza y fortaleza que un viejo rocanrolero de ocho décadas se lo puede permitir.   

El último efecto emotivo de la noche la protagonizó una pareja ignota que en el escenario se comprometieron en matrimonio y Paul bendijo el enlace (si un beatle hace lo mismo conmigo no me separo por nada). El cierre vino con Golden Slumbers/Carry That Weight/The End que lo he visto tantas veces en otros conciertos de Paul que no tuvo el efecto emotivo que hubiera esperado, salvo las imágenes acuáticas y surrealistas de la pantalla que quiero pensar es un guiño al Octopus's Garden del otro 'fab' vivo y no mencionado en toda la velada. 

McCa se despidió tomando la mano de los otros cuatro integrantes de la banda, atreviéndose a dar un brinco en el escenario y decir: "gracias a cada uno de los que estuvieron aquí en Lima Perú" en inglés y "Hasta la próxima" en español, reiterando el mismo mensaje: "see the next time". Nos quedamos con la última imagen dándole un ósculo a todos los asistentes desde la pantalla. Hasta siempre, Paul.                

jueves, 16 de noviembre de 2023

ahora y entonces

La tecnología permite lo que antaño era increíble. La voz de Lennon ha sido capturada con Inteligencia Artificial y se ha podido finiquitar la canción que en 1995 durante el proyecto Anthology Harrison daba por irrecuperable. El lanzamiento de Now and Then el pasado dos de noviembre es, a no dudarlo, el evento musical más relevante de la postpandemia. Muchos han agradecido en las redes estar vivos para disfrutar de ese momento. YouTube por un día fue más popular que TikTok e Instagram juntos. Transcurridos los días, como aficionado debo confirmar que esta grabación casera transformada en mega producción me suena cada vez mejor, pero valgan verdades es inferior a Free As a Bird y a Real Love, sobre todo porque es notoria la ausencia de la guitarra de George. 

A pesar de las críticas de puristas y detractores, considero que lo hecho en Now and Then es más que aceptable. Tildarla, por ejemplo, de ser un proyecto solista de McCartney no se ajusta a la verdad y ningunea la participación de Ringo. Parecen no perdonarle que desde el Sgt. Peppers en adelante Paul haya sido de los cuatro el más comprometido en la concepción sonora de cada disco en su conjunto. Tampoco le perdonan su solo de guitarra slide, intentando asemejarse a lo que hubiera hecho George (es cierto, pero tampoco es malo). Que si bien se han conservado algunas guitarras iniciales de Harrison, dos beatles no hacen cuatro. Si hacemos oídos a este argumento, canciones como Back in the USSR donde no participa Ringo, The Ballad of the John and Yoko sin George y Ringo o I Me Mine sin John, tampoco sean consideradas de The Beatles. De lo poco ético de usar la voz de una persona que ya no está. Escuchar la voz de Lennon, a cuarenta y tres años de su asesinato, es una resurrección más que antiético. Que lo que hace Gilles Martin es una pared instrumental antes que un aporte experiencial. La orquestación del hijo de George Martin (el quinto beatle) cumple su función de acompañar la melodía y no tiene por qué necesariamente brindar una incidencia dramática o protagónica como en Eleanor Rigby o A Day in the LifeQue los coros son idénticos a los de Because. Más que un plagio, diría más bien que es una conexión que nos remonta al Abbey Road, su último trabajo de los cuatro juntos en vida.

Lo único que me causa resquemores es el hecho de haber sacrificado el puente I don’t want to lose you (no quiero perderte o abusar de ti, dulce muñeca, pero si te tienes que ir vete...), la parte más sombría y confesional de la tonada. Es probable que el propio Lennon habría desaprobado que fuera eliminado. Posiblemente se haya debido a que es la parte de la grabación donde la voz se escucha más débil e ilegible. Así mismo, los propios beatles sacrificaron en algunas canciones aquellas partes que consideraron opacaban el acabado final. No obstante, esa decisión era tomada por los cuatro y no de dos como hoy y pienso que debieron hacer todo lo tecnológicamente posible por salvar esta estrofa. Now and Then suena bien sin el caprichoso puente, pero Lennon quizá lo consideraba relevante y pudo haberse indignado de la misma forma como McCartney por lo que Phil Spector hizo con The Long and Winding Road. Como no se puede conocer la reacción o satisfacción de los muertos, debieron hacer lo imposible por mantener la canción tal como se concibió en ese demo casero.

Now and Then es la última canción de The Beatles. El final del camino. Es cierto. Aunque quizá la tecnología podría brindarnos algo más. Junto con Free As a Bird, Real Love y Christmas Time (Is Here Again), producidas en la década de 1990, se podría formar un último álbum de despedida con los demos de canciones como Circles, Dehradun y Sour Milk Sea de Harrison (se lo deben por haberlo tenido tan relegado), Bad to Me (con el sonido de The Beatles en 1963), Watching Rainbows, All I Want is You (proto Dig a Pony) de Lennon y para que el ego de McCartney no quede afuera, el disco podría cerrarse con su versión de Goodbye que luego graboMary Hopkins en 1969. Una maravilla que para hacerse realidad se deben apresurar. Paul tiene ochenta y uno, Ringo ochenta y tres.

domingo, 25 de junio de 2023

encuentro cercano con huamachuco

No conocía la sierra liberteña. Nunca me aventuré más allá de Otuzco. Tenía el prejuicio de encontrarme con parajes yermos e inhóspitos. Fríos. Lóbregos. Contaminados por la minería. Triste retrato a causa de la lectura temprana de Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno de Alegría o relatos como El Tungsteno o Más allá de la vida y de la muerte de Vallejo. Ribeyro en su Crónicas de San Gabriel ofrece una visión más benévola de las alturas de Santiago de Chuco, pero no con la suficiente firmeza para que un trujillano que, como tantos que conozco, vive de espaldas a los andes de su región.  

Partimos temprano. El viernes 16. A las siete de la mañana. En una van de la UNT para una treintena de pasajeros, observando desde un smartphone el triunfo de Perú ante Corea del Sur hasta que se pierde la señal. Principio de una competencia por establecer cual señal de telefonía era capaz de superar los rocosos obstáculos de las montañas. A las diez, hicimos nuestra primera parada. Agallpampa. Sobre los tres mil metros de altura. Pueblo rodeado de verdes laderas donde el eucalipto cumple el principal rol protagónico y se respira en el ambiente. Nos detenemos en ‘El Rancho’. Restaurante que funge de ser el tambo obligatorio de todo chofer que transita por el interior de la región. Caldo de todos los tipos, siendo el de gallina de corral el más solicitado, sirve para restablecer el cuerpo y proseguir el viaje.    

A las once y media, atravesamos la puna. Arriba de los cuatro mil metros. No se ven cerros. Si no fuera por el terreno ondulado, la vista sería semejante al altiplano. El verde cambia. Ya no es de tono vívido e intenso. Es más bien amarillento, propio del ichu que todo lo recubre. En el desvío a Quiruvilca se aprecian las huellas de la contaminación en lomas horadadas y pozas de agua oxidadas. El sorocho afecta a los chicos poco acostumbrados a transitar por las alturas y nos detenemos para que vomiten y hagan otras necesidades en el camino. El sol esplendoroso invita a salir en polo de manga corta y la ferocidad del viento me obliga a buscar una casaca. Puedo imaginarme el frío que corre al caer la noche, como me advierte don Simón, el chofer de la van

Al mediodía pasamos por la laguna del Toro. Geraldine Gamboa, alumna natural de Otuzco, me cuenta la leyenda de que su nombre se debe a que en las noches emerge de sus aguas un toro robusto y gigantesco que embiste a quienes extraen los minerales que yacen en el subsuelo. “Las paredes de cerro que la rodean están llenas de oro, pero nadie se atreve a sacarlo. Las rocas son porosas y quienes han intentado hacerse del metal, terminaron sepultos bajo toneladas de roca”. Encantada o no, la rapiña humana todavía conserva la laguna intacta, aunque seguro que muy pronto no habrá leyenda taurina que disuada.  

Pasar por el campamento de La Arena, uno de los principales yacimientos auríferos del Perú, nos anuncia la proximidad de Huamachuco, la segunda ciudad en importancia de La Libertad. Llegamos y sólo la atravesamos. Según el cronograma de actividades del viaje de estudios, debemos llegar a Sarín, a través de una pista afirmada que serpentea temerarias precipitaciones. Arribamos a nuestro destino a golpe de tres de la tarde. Nos encontramos sobre los dos mil ochocientos metros y llama la atención, a medio camino, las aguas termales El Edén, distrito de Curgos, anunciado por un vistoso alojamiento de fachada de madera que invita a la estadía.  

Nos dirigimos al colegio de nivel secundario que lleva el nombre del hijo predilecto de Sarín, Abelardo Gamarra ‘El Tunante’. Escritor, periodista y diputado. Figura estelar del escenario político de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Hincha de González Prada. Se le atribuye la composición del primer vals peruano y por cambiarle el nombre a la zamacueca chilena por ‘marinera’ en tributo a Grau. Por si no lo saben, Tunante significa “persona pícara y astuta, que se aprovecha de la gente y de las circunstancias”. El plantel cuenta con una infraestructura moderna y adecuada para la enseñanza. Desarrollamos un taller de orientación vocacional y otro de lenguaje audiovisual antes de bajar unas cuatro cuadras para acudir a la casa donde nos aguardaban con un suculento ají de gallina (con gallina de verdad). Las calles asfaltadas son escasas y llama la atención el número de personas que se movilizan en moto, incluso menores de doce años. Como en todos los pueblos de la sierra, las personas son amistosas —no tienen aspecto de tunantes— y saludan a su paso a los forasteros.  

Salimos de Sarín rumbo a Yanasara. En el crepúsculo pasamos por la laguna de Sausacocha que luce preciosa iluminada por la luz artificial. A los cuarenta minutos arribamos al albergue R.P. Jaime Gari Barceló, religioso catalán que llegó al Perú huyendo del franquismo y estableció esa casa como retiro espiritual. Administrado por la comunidad del lugar, ofrece alojamientos y desayuno a precios módicos, aparte de extensos jardines y áreas de fogatas nocturnas. Para el encendido rápido de la leña, se colocan hojas secas que, al contacto con el fuego, se prenden en un santiamén. Los chicos al ritmo del ron y del reggaetón se apoderan de la fogata, cortando el encanto de quienes hubiéramos preferido contar relatos de aparecidos en el bosque y bajo un cielo estrellado donde los lugareños aseguran el avistamiento de ovnis. Con un grupo de estudiantes menos bulliciosos y ávidos de buena conversación, adquirimos dos botellas de vino de dudosa procedencia y preparamos sangría, distanciados convenientemente del mundanal griterío. 

El sábado 17, posterior al desayuno, compuesto de dos panes rellenos de pollo deshilachado y una taza de quinua, enrumbamos a los baños termales. Como llevaba un día sin bañarme, elegí una ducha y me mantuve bajo el agua caliente —no hirviente— hasta que el jaboncillo de una luca que adquirí en la entrada se deshizo totalmente. Con el cuerpo oloroso —y no sulfuroso como me ocurrió en otras aguas termales—, trepo a la van y nos vamos a Sausacocha, arribando a golpe del mediodía. El lugar, turístico por antonomasia, representa para los huamachuquinos, lo que es Huanchaco para los trujillanos. La presencia de varias camionetas cuatroporcuatro, es prueba palpable de cómo la minería eleva el nivel adquisitivo de los pueblos. Rodeado por una decena de restaurantes y albergues, la laguna ofrece a los visitantes una experiencia bucólica. El comercio ambulatorio es limpio —me llama la atención escuchar a una vendedora expresándose en quechua a la perfección, cuando creía que los incas no habían tenido mayor influencia en esos lares— y cuenta con dos muelles de madera que sirven de embarcadero para el paseo en lancha. Está prohibido bañarse en sus aguas. Quedarse enredado en las algas que crecen debajo es un cepo mortal. Probé con resquemores el cebiche de trucha y no me ensarté. Muy pasable para qué. Almorcé trucha apanada y sazonada con media caja de cerveza negra. Conocí a Luis Flores Prado, bisnieto de uno de los principales héroes de la historia del Perú, Leoncio Prado. La cháchara histórica hizo que me perdiera del paseo lacustre. Es una deuda pendiente para mi próxima visita.

Partimos a Huamachuco a las cuatro de la tarde. Pasamos por Purrupampa, donde se desarrolló el último enfrentamiento de la Guerra con Chile y se erige un monumento conmemorativo, inaugurado por Beláunde Terry en 1983 con motivo del centenario de la batalla. A diferencia de la pampa de la quinua y otros sitios donde se escenificaron actos bélicos históricos, Purrupampa luce en buena parte tugurizada de viviendas de los desplazados que llegaron a la ciudad por la violencia terrorista de la década de 1980. Una pena.

En la calle Sánchez Carrión, Luis Flores Prado habita con su madre, la nieta de Leoncio Prado y en dos ambientes del segundo piso de su vivienda han establecido un museo en tributo a su ilustre antecesor. Flores Prado, a quien le encuentro un parecido con Jean Reno, nos comparte la historia de su familia. Leoncio Prado, natural de Huánuco, era hijo extramarital de Mariano Ignacio Prado, presidente de la república durante el combate del 2 de mayo y en una segunda oportunidad en el inicio de la Guerra con Chile. Leoncio viaja a Europa. Forma parte de la rebelión de José Martí en Cuba. Radica en Centroamérica. Tras la batalla de Miraflores los chilenos lo toman prisionero y lo exilian a Chile. En 1883 pide permiso a los invasores para retornar al Perú, jurando bajo palabra que no formaría parte de las tropas peruanas rebeldes. Venía para despedirse de su madre y luego partiría a radicar al Ecuador. Sin embargo, forma parte de las huestes de Cáceres y participa en la batalla de Huamachuco. A los cinco días es apresado en Cushuro y fusilado por haber faltado a su palabra de no tomar las armas. Igual estaba condenado a muerte por la gangrena avanzada en una de sus piernas.

Pregunto a Flores Prado como es que los descendientes de este héroe insigne radican en Huamachuco. Me cuenta que engendró un hijo único cerca a las serranías de Sayán —donde décadas atrás habitó Sánchez Carrión— a quien le legó su nombre, Leoncio Prado. Años después, en 1917, por concurso de Abelardo Gamarra, al hijo de Leoncio Prado le ofrecen la subprefectura de tres ciudades y no duda en elegir la tierra donde falleció su padre. Allí se quedaría para toda la vida, al igual que su familia. Un estudiante le pregunta si es realidad o mito que le permitieron a Leoncio Prado dirigir al pelotón de fusilamiento con la cucharita de una taza de té. Flores Prado responde que existen dos versiones, la de Abelardo Gamarra quien sostiene que Prado murió asesinado en Cushuro y la versión chilena que le concede al sentenciado de muerte el dirigir su propio fusilamiento. Tiene más peso la versión chilena que era un ejército profesional y redactaban partes de guerra, mientras que los peruanos carecíamos de quienes guardaran por escrito los registros de cada batalla. 

La batalla de Huamachuco no sólo es el último enfrentamiento entre peruanos y chilenos. Es el inicio de una guerra civil en el Perú que se prolongaría por décadas. Al enterarse Cáceres que los chilenos estaban negociando con Iglesias el armisticio y la cesión a perpetuidad de la provincia de Tarapacá, Cáceres parte del centro del país hacia Cajamarca para apresar a Iglesias y es interceptado por las tropas chilenas al mando de Gorostiaga en Huamachuco. Tras la batalla y como los chilenos no reconocían a las huestes de Cáceres como un ejército oficial, si no como un grupo de montoneros, no se les aplicó las leyes de guerra de tomarlos prisioneros, si no que se procedió a victimarlos en el campo en lo que la historia lo conoce como ‘el repase’. Cáceres se refugia con doscientos montoneros en Pataz y se iniciaría un periodo de guerras civiles de Cáceres contra Iglesias y luego de los propios montoneros contra Cáceres, al considerar que ‘el Brujo de los Andes’, al asumir la presidencia de la república, los había traicionado en cuanto a sus deseos de reivindicación en contra de los gamonales de la sierra y esas rebeliones montoneras se prolongarían hasta la década de 1920 en las regiones de Cajamarca, La Libertad y Áncash.

Como se hace tarde, nos vemos obligados a cortar la conversación de hechos históricos con Flores Prado y nos dirigimos a la plaza principal de Huamachuco, a una cuadra del museo. La plaza es grande. Vistosa. Adornada de arbustos esculpidos con figuras propias de las culturas ancestrales de la ciudad. Alrededor de ella se erigen los principales hoteles. Sedes bancarias. El teatro municipal pintado de color verde esmeralda. La iglesia principal desdibuja la arquitectura del ambiente, al tratarse de una construcción moderna que no guarda armonía con el resto. El campanario que conmemora el ingreso del ejército libertario de Bolívar. El colegio San Nicolás, donde cursó estudios César Vallejo, al costado del convento de los agustinos.

Partimos a Trujillo a las cinco de la tarde y nos detuvimos solamente a adquirir quesos y otros productos en el desvío a Otuzco, a poco de donde se cayó al abismo un bus de Transportes Horna y fallecieron una treintena de personas, erigiéndose varias cruces con fotografías de los fallecidos. Creímos que ahorrábamos dinero, pero al ver que la mayoría de productos procedían de Cajamarca y no difería gran cosa de lo que podías encontrar en Trujillo, sentí que era poco menos que una estafa. Llegamos a las diez de la noche. Molidos pero felices. Con ganas de volver por más.