martes, 18 de noviembre de 2008

policial a la peruviana

Me gusta el cine peruano. Ese que a pesar de sus taras, imperfecciones y pobre manufactura, se las arregla para seguir adelante. Es un cine que se hace con cojones y poca financiación, al punto de que varios realizadores empeñaron hasta sus casas con tal de llevar su producto a la pantalla. Me gustan las malas —acaso malísimas— películas de acción a la ‘peruana’. Me vale poco que los críticos las defenestren, que sean cinematográficamente incorrectas o se encuentren a años luz de los filmes de Siegel o Peckinpah. Me provoca empatía su simpleza, precariedad, bajo presupuesto, los absurdos de sus guiones o las deficiencias de sonido, fotografía y edición. El policial peruano tiene su propia atmósfera de lumpen. Es totalmente bizarro con sus lisuras y calatas. Tiene pues, una identidad propia, su sabor nacional como una Inca Kola y en eso radica su encanto.   
     
Quizá en Cuentos Inmorales —algo así como un New York Stories a la limeña— aparece el primer esbozo de lo que luego sería el cine policial a la peruana. El segmento El Príncipe, dirigido por Pili Flores Guerra, basado en un relato homónimo de Oswaldo Reinoso, trata de un tipo que por su pinta y arrojo es venerado en su barrio. Intenta salir de misio a través de un asalto y termina encanado, sonando de fondo un tema salsero —en esa época música para faites— de Fruko y sus Tesos: en el mundo en que yo vivo siempre hay cuatro esquinas, y entre esquina y esquina siempre habrá lo mismo...     

Abisa a los compañeros de Felipe Degregori, podría considerarse el primer policial  ‘maduro’.  Un grupo trotskista comandado por guerrilleros argentinos (Orlando Sacha y Gustavo Mac Lennan) asalta un banco con la intención de financiar un movimiento subversivo de los campesinos en el valle de La Convención. Se escapan de Lima en un camión de carga y finalmente son emboscados por la tombería en un pueblo de la sierra. La escena en que un viejo patrullero explosiona tras una carga de metralla del buen Sacha fue lo máximo de derroche para la época.

Malabrigo de Alberto Durant está más cercano al film-noir que al policial. Una mujer (Charo Verástegui) llega a una localidad porteña en busca de su esposo, desaparecido en extrañas circunstancias que involucran al propietario de la fábrica de harina de pescado en la que él laboraba (Ricardo Blume). Segunda producción de Chicho en Trujillo —antes había filmado Ojos de Perro en Laredo con guión de José Watanabe— seleccionando locaciones de Puerto Chicama y Huanchaco, propicios para crear un ambiente aletargado y claustrofóbico.

Augusto Tamayo fue más ambicioso e intentó en La Fuga del Chacal imitar el patrón de los filmes policiales de Hollywood, ofreciendo uno de los títulos emblema del cine peruano de la década de 1980. Tras el intento fallido de asaltar una peluquería, Jorge García Bustamante —quien hizo del alférez Maldonado en Gamboa y Rodrigo en Carmín— emprende una huida vertiginosa junto con su flaca —Mónica Domínguez— que lo lleva hasta la selva central, enredándose con narcos y sicarios dispuestos a darle vuelta. El final abierto del filme me sugiere que Tamayo dejó abierta la posibilidad de filmar una segunda parte, algo que resulta muy difícil en nuestro medio.

Lucho Llosa parecía más preparado para realizar cine de género en el Perú. Con apoyo de Roger Corman, capo de la Serie B gringa, filma The Hour of the Assassin, rebautizada como Misión en los Andes en las salas lorchas. Eric Estrada —patrullero en Chips y más tarde galán en Dos mujeres, un camino— es un sicario contratado para darle vuelta al presidente de una nación sudaca. Robert Vaughn es el agente de la CIA que intentará evitarlo, persiguiéndolo por la Vía Expresa, La Costanera y también por Machu Picchu. Además de las balaceras, quedan para el recuerdo las tetas riquísimas de Lourdes Berninzon. Tras el éxito, Lucho Llosa realizaría en nuestro medio otras coproducciones de Serie B con David Carradine, Sherylin Fenn, Sandra Bullock, Daphne Zuñiga, entre otros.

Chicho Durant incursionaría en el género Carcelario —hija del policial— con Alias La Gringa donde narra las peripecias de un especialista en fugas (Germán González), no hay cana en el Perú que pueda retenerlo. Luego de escapar de El Frontón, le remuerde la conciencia no haberse fugado con un profesor, injustamente acusado de terrorista, y decide regresar por él. Llega en el momento en que los terrucos se amotinan en la prisión y son masacrados por las Fuerzas Armadas —hecho real, ocurrido durante el primer gobierno de Alan—. El profesor muere abaleado y tras llamar a los sublevados: “¡Locos de mierda!”, la Gringa se fuga nadando mientras que una voz en off nos dice que se va pa’Guayaquil y no vuelve ma’ (lo que sería tomar el Mexican Way de los americanos).

Reportaje a la Muerte de Danny Gavidia mezcla tres famosos sucesos carcelarios: la matanza entre limeños y chalacos en El Sexto, el intento de fuga de Cri-Cri del Lurigancho y la televisada toma de rehenes también en El Sexto. Filme-denuncia de cómo los medios de comunicación magnifican los hechos y exacerban la violencia. Tiene como plus el polvo de Marisol Palacios con Alejandro Legaspi, uno de los mejores de nuestra filmografía nacional.

Nunca más lo juro de Roberto Bonilla, de hecho la peor película de la lista y quizá uno de los peores bodrios del cine lorcho. Una trama jalada de los pelos protagonizada por Lolita Ronalds haciendo de una agente de la policía motorizada. Lo único rescatable, el desnudo frontal mostrando buenas tetas y buena mata de vello púbico.  

Bajo la piel de Francisco Lombardi, film-noir que puede estar entre las cinco mejores películas peruanas de la historia. Filmada en el valle Chicama, el argumento se basa en unos extraños asesinatos ejecutados como sacrificios humanos al dios Ai-Apaec, deidad de los Moche. Un policía del pueblo investiga los crímenes y se enamora de una doctora española (Ana Risueño) para la cual su relación no pasa de ser “un par de buenos polvos”, por lo cual lo cambia por el hijo del alcalde, el papirriqui del pueblo (Diego Bertie en su mejor papel). Mucha virtud tiene el guión de Augusto Cabada, redactor de otras dos grandes películas de Lombardi: La boca del lobo y Caídos del cielo

Cabada tuvo la oportunidad de ponerse detrás de la cámara en el film-noir Muero por Muriel. Un policía retirado funge de detective privado (Ricky Tosso) y no puede evitar sentirse atraído por la femme-fatale (Andrea Montenegro) quien le pone los cuernos a su marido (Diego Bertie) con un antiguo amigo del colegio (Salvador del Solar). Queda como soundtrack la famosa quiero recordar esta noche, momentos que no volverán de Los Pasteles Verdes.

Django, la otra cara de Ricardo Velásquez, se basa en la vida real de un asaltante de bancos (Giovanni Ciccia) y su aliada (Melania Urbina), una chiquilla que literalmente juega con dinamita. A pesar de su pésima ambientación, argumento, diálogos en los que abunda la palabra ‘cachar’ y la mala pasada del digital a 35 mm, esta película es la única película peruana del siglo XXI heredera de los filmes anteriormente reseñados.  

El policial peruano dejó de ser achorao como el de antes.

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