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sábado, 2 de noviembre de 2024

paul: got back

El pasado 27 de octubre cumplí una de mis metas. Ver a un beatle en vivo. Algo que ya había desistido de alcanzar. No conseguí entradas cuando se pusieron en preventa en mayo.  Era viernes 25 y sólo pensaba con cumplir con mi apretada jornada laboral. El mensaje por WhatsApp de Pepo Rodríguez informándome que todavía quedaban entradas a la venta en Teleticket hizo que mandara todas mis obligaciones al carajo y fuera al encuentro del mejor amigo de mi ídolo máximo. Asegurada mi entrada y la de mi esposa y la de mi primogénito porque nada mejor que una locura en familia, nos embarcamos el sábado y arribamos a Lima el domingo por la mañana. con el cuerpo molido por la incomodidad y porque el pasajero de adelante roncaba en mis orejas. No importa. Ya en otro plano existencial habrá oportunidad de descansar.

Mi familia y yo nos alojamos en el departamento de mi hermana, cerca de Larco Mar, donde fuimos a almorzar. Todos tenían hambre. Mi hermana comete la imprudencia de comentar que el hotel donde se aloja McCartney, el Miraflores Park Hotel, dista a sólo cuatro cuadras y como yo tenía hambre de Paul donde se congregaba una centena de fanáticos de todas las edades con pancartas con el consabido 'I Love You Paul' de la época dorada de la beatlemania. Aguardamos un buen rato a que el bajista zurdo se asomara. Hubiera esperado como tantos a que abordara el vehículo que lo trasladaría al concierto, pero las miradas hambrientas de mi familia me hicieron desistir. Ya no habría más que postergar el encuentro por unas horas más.

Tras almorzar, salimos rumbo al Estadio Nacional a golpe de seis de la tarde. Tomamos el Metropolitano y viajamos apretados como sardina. Mi familia me miraba mal. Por ser domingo hubiéramos tomado taxi y llegado en un tiempo similar. Nuestras entradas eran en Occidente Baja y tuvimos que caminar hasta la Avenida Petit Thouars. Había vendedores de polos, afiches y banderines por todas partes. Me arrepiento no haberme detenido un momento de no adquirir un polo con la carátula del Revolver estampado. Nos topamos con un guitarrista callejero tocando And I Love Her a cambio de monedas y una pareja de bailarines, ataviados como jóvenes de otro tiempo, bailando I Saw Her Standing There, dos temas que Paul esa noche no iba a tocar.  

Ingresamos al Estadio a golpe de siete cuando bien habríamos hecho en entrar a las ocho y quedarnos afuera, en las inmediaciones donde se disfrutaba de un ambiente más de concierto. Pasadas las ocho, tuvieron los organizadores el tino de poner las principales canciones de The Beatles, siendo Help! la que más encendió al público en una espera que se hacía interminable. Lejos de hacer gala de la puntualidad de los británicos, a golpe de nueve y cuarto las dos pantallas laterales mostraron un larguísimo video que en forma de cascada mostraba la lejana infancia de Paul en Liverpool, sus etapas en The Beatles y las posteriores cinco décadas como solista. Muy bonito y con muchos simbolismos, pero pienso que muy extenso y poco apropiado para que una audiencia ansiosa lo pudiera disfrutar. El video se detiene y se escuchan los acordes finales de A Day in the Life. Aparece la imagen de su emblemático bajo Höfner y se escucha una versión de: ...And in the end, the love you take is equal to the love you make... la frase de la última canción con la culminaría su presentación.  

Las luces se encienden y el beatle hace su ingreso. Saluda con el puño alzado y luego todo se apaga. En esa penumbra puede escucharse nítidamente al baterista Abe Laboriel tocar las baquetas para que principie el concierto con A Hard Day's Night, tema que irremediablemente nos transporta a seis décadas atrás, a la película y a los dibujos animados producidos por Al Brodax. Siguió Junior's Farm donde siguiendo las indicaciones de Radio Oxígeno, auspiciadora del evento, los celulares de las tribunas Occidente y Oriente utilizaron un filtro para emitir una luz roja que, combinada a la luz blanca de la tribuna Norte formó la bandera del Perú, pero de ese gesto McCartney ni se inmutó.    

"Buenas noches, causas", saludó. El primero de los peruanismos que memorizó previó al concierto. En Letting Go, llamó la atención ver a los instrumentistas de vientos tocando desde las tribunas en vez del escenario. Al finalizar, manifestó en castellano: "estoy muy feliz de estar acá de nuevo", aludiendo a los anteriores tocadas en Lima del 2011 y 2014. "Voy a tratar de hablar un poquito de español", dijo antes de volver a The Beatles con Drive my Car y Got to Get You Into my Life, canción que Alfi reconoció por la película de los Minions. 

Come On to Me es de esas canciones que pareces haber escuchado de toda la vida, pero no es del 2018 y bien merecería una mayor difusión en radios como Oxígeno que han estancado la música en el tiempo. Después de esa canción, el viejito de ochenta y dos años se despojó del saco y me preocupé porque le fuera a caer mal el frío limeño de octubre, todavía no caía en cuenta que estaba mucho más vigoroso que yo a mis cincuenta y dos. Dejó el Höfner y tomó por primera vez la guitarra para tocar la canción que más me gusta de su etapa solista: Let Me Roll It, título con un tremendo riff y cambios de ritmo permanentes en su estructura que me gustaría en otro universo que formase parte del repertorio de The Beatles, en el Abbey Road en vez de Maxwell's Silver Hammer. "I can't tell you how I feel, my heart is like a wheel..." Al final y con la misma energía eléctrica, empalmó con su tributo a Jimi Hendrix haciendo el punteo de Foxy Lady.   

Getting Better es uno de los títulos que menos me atrae del Sgt. Peppers. Son pocos, en general, los surcos de este disco que me agradan y me parece desproporcionado que lo califiquen como el mejor que produjeron los 'fab four'. Efecto de un reloj y continúa la marcial Let'em In y posteriormente My Valentine que la compuso a Nancy Shevell, su tercera esposa, anunciando que ella se encontraba presente entre nosotros en ese concierto. Una balada empalagosa, muy a lo McCartney, necesitaba del tremendo riff de piano de Ninteen Hundred and Eighty Five para volver a encender a la audiencia y proseguir, exigiéndole a su octogenaria garganta, su destacable Maybe I'm Amazed, su primera gran canción como solista.  

I've Just Seen a Face es uno de los temas más hermosos y menos conocidos de The Beatles. A ritmo de guitarras country, en la pantalla se proyectaron una especie de grafitis con los nombres de varias bandas como The Who, The Kinks, Manfred Mann, Herman Hermits, Chuck Berry o Thin Lizzy. No llama la atención las que están, si no las que debieron estar. De ahí McCartney nos pidió que nos remontáramos hace mucho tiempo, hacia el norte de Inglaterra, en el puerto de Liverpool, donde cuatro muchachos grabaron en un disco la primera canción de The Beatles: In Spite of All the Danger, un temazo que nunca comprendí por qué en los años venideros no volvieron a grabar. Supongo porque sonaba a muy 1950 y ya eran otros ritmos los que mandaban en la otra década. De allí mencionó la canción que George Martin seleccionó para ser el primer single de la banda: Love Me Do y cuando el efecto de la nostalgia volvía a su apogeo, nos regresó a la actualidad con Dance Tonight, un título de 2007.  

Sin el acompañamiento de su grupo y con un fondo estrellado en las pantallas, Paul tocó con la guitarra acústica el pájaro negro del álbum blanco: Blackbird singing in the dead of night. Y solo con ese mismo instrumento cantó Here Today, compuesto en 1982 "para mi pataza John", donde expresa cuánto ama y extraña al amigo que hacía poco más de un año un tal Chapman había acribillado a balazos. Justo por estos días he visionado en YouTube un corto animado en stop-motion, made in Perú, homónima de esa tonada y que a pesar de sus falencias (como que los muñecos no muevan la boca), vale la pena rescatar porque se nota que está producida con bastante sentimiento.

Sentado en un clavicordio de diseño psicodélico, siguió con Now and Then, tal como se lanzó oficialmente en 2023 (hace un año desde que escribo estas líneas). De allí tocó New de 2013 y volvió a The Beatles de 1967 con Lady Madonna, una canción que para mí se echa a perder por su tono caricaturesco. De allí volamos con Jet a 1973, el tercero de los cuatro títulos que tocó esa noche y que provienen del Band on the Run, su mejor trabajo como solista.     

Del amplísimo repertorio de Lennon, Paul eligió cantar Being for the Benefit of Mr. Kite, seguro porque representa muy bien la atmósfera circense del Sgt. Peppers, el considerado primer disco conceptual de la historia y el disco favorito de McCartney de The Beatles (de Lennon era el Álbum Blanco, de Starkey el Abbey Road y de Harrison el Rubber Soul). De allí tomó un ukelele y nos obsequió una versión de Something, "de mi hermano George", que comienza muy ligera e inocua, pero a medida que se torna fiel a la original, aunado a las imágenes de confraternidad de los mejores tiempos de los 'fab four', no pude evitar que las lágrimas corrieran libres al ritmo de: You're asking me, will me love grow? I don't know, I don't know... Sabía que me iba a quebrar en algún momento. Creí que en Golden Slumbers, pero la emoción me traicionó antes.

Ob-la-di Ob-la-da, "una de las canciones para abuelitas" según John, me dio los bríos para reponerme y prepararme para algo más de mi gusto como Band on the Run ("vendo turrón" y en octubre). Siguió Get Back y volvió a apaciguar el ambiente al sentarse al piano y tocar Let it Be, mi tema favorito de Paul con The Beatles. El momento más espectacular llegó con Live and Let Die, por los fuegos artificiales, lanza llamas en el escenario, juego de luces y las imágenes en la pantalla del centro de Londres en pedazos. El estruendo de la última explosión nos preocupó porque vimos al viejito taparse los oídos, una pequeña broma que sirvió como preludio a Hey Jude, una buena canción que para mi gusto ha sido muy sobre expuesta por los gustos de la masa, algo así como I Want to Break Free de Queen. Como era de esperarse, el público la 'nanaraneó' a su regalado gusto, sobre todo cuando el compositor que le dio lástima el hijo de Lennon hizo cantar a los chicos y luego a las chicas, "a las mamacitas", trazando curvilíneas con sus manos. Fue el momento del concierto que Claudia y Alfi disfrutaron más.  

Cuando McCartney dijo "ya me quito, chaufa", el concierto ingresó en su momento culminante. Reapareció con la bandera del Perú, Paul Wickens con la Union Jack y Brian Ray con una bandera multicolor que en otras naciones podría tomarse como un apoyo a la comunidad LGTB+, pero aquí falsamente se la asocia con el Tawantinsuyo. En I've Got a Feeling interactuó con Lennon desde la pantalla. Uno con su juventud desde el concierto de la azotea en 1969, el otro con la inevitable decrepitud de 2024. Igual, como dijo Paul, "fue bueno tener a John con nosotros otra vez". Con la nostalgia enervada al máximo, le llegó el turno a la tercera cara del Álbum Blanco con Birthday, contando con la versión reprise de Sgt. Peppers Lonely Heart's Club Band y cerrando el bloque con Helter Skelter, con la suficiente crudeza y fortaleza que un viejo rocanrolero de ocho décadas se lo puede permitir.   

El último efecto emotivo de la noche la protagonizó una pareja ignota que en el escenario se comprometieron en matrimonio y Paul bendijo el enlace (si un beatle hace lo mismo conmigo no me separo por nada). El cierre vino con Golden Slumbers/Carry That Weight/The End que lo he visto tantas veces en otros conciertos de Paul que no tuvo el efecto emotivo que hubiera esperado, salvo las imágenes acuáticas y surrealistas de la pantalla que quiero pensar es un guiño al Octopus's Garden del otro 'fab' vivo y no mencionado en toda la velada. 

McCa se despidió tomando la mano de los otros cuatro integrantes de la banda, atreviéndose a dar un brinco en el escenario y decir: "gracias a cada uno de los que estuvieron aquí en Lima Perú" en inglés y "Hasta la próxima" en español, reiterando el mismo mensaje: "see the next time". Nos quedamos con la última imagen dándole un ósculo a todos los asistentes desde la pantalla. Hasta siempre, Paul.                

jueves, 16 de noviembre de 2023

ahora y entonces

La tecnología permite lo que antaño era increíble. La voz de Lennon ha sido capturada con Inteligencia Artificial y se ha podido finiquitar la canción que en 1995 durante el proyecto Anthology Harrison daba por irrecuperable. El lanzamiento de Now and Then el pasado dos de noviembre es, a no dudarlo, el evento musical más relevante de la postpandemia. Muchos han agradecido en las redes estar vivos para disfrutar de ese momento. YouTube por un día fue más popular que TikTok e Instagram juntos. Transcurridos los días, como aficionado debo confirmar que esta grabación casera transformada en mega producción me suena cada vez mejor, pero valgan verdades es inferior a Free As a Bird y a Real Love, sobre todo porque es notoria la ausencia de la guitarra de George. 

A pesar de las críticas de puristas y detractores, considero que lo hecho en Now and Then es más que aceptable. Tildarla, por ejemplo, de ser un proyecto solista de McCartney no se ajusta a la verdad y ningunea la participación de Ringo. Parecen no perdonarle que desde el Sgt. Peppers en adelante Paul haya sido de los cuatro el más comprometido en la concepción sonora de cada disco en su conjunto. Tampoco le perdonan su solo de guitarra slide, intentando asemejarse a lo que hubiera hecho George (es cierto, pero tampoco es malo). Que si bien se han conservado algunas guitarras iniciales de Harrison, dos beatles no hacen cuatro. Si hacemos oídos a este argumento, canciones como Back in the USSR donde no participa Ringo, The Ballad of the John and Yoko sin George y Ringo o I Me Mine sin John, tampoco sean consideradas de The Beatles. De lo poco ético de usar la voz de una persona que ya no está. Escuchar la voz de Lennon, a cuarenta y tres años de su asesinato, es una resurrección más que antiético. Que lo que hace Gilles Martin es una pared instrumental antes que un aporte experiencial. La orquestación del hijo de George Martin (el quinto beatle) cumple su función de acompañar la melodía y no tiene por qué necesariamente brindar una incidencia dramática o protagónica como en Eleanor Rigby o A Day in the LifeQue los coros son idénticos a los de Because. Más que un plagio, diría más bien que es una conexión que nos remonta al Abbey Road, su último trabajo de los cuatro juntos en vida.

Lo único que me causa resquemores es el hecho de haber sacrificado el puente I don’t want to lose you (no quiero perderte o abusar de ti, dulce muñeca, pero si te tienes que ir vete...), la parte más sombría y confesional de la tonada. Es probable que el propio Lennon habría desaprobado que fuera eliminado. Posiblemente se haya debido a que es la parte de la grabación donde la voz se escucha más débil e ilegible. Así mismo, los propios beatles sacrificaron en algunas canciones aquellas partes que consideraron opacaban el acabado final. No obstante, esa decisión era tomada por los cuatro y no de dos como hoy y pienso que debieron hacer todo lo tecnológicamente posible por salvar esta estrofa. Now and Then suena bien sin el caprichoso puente, pero Lennon quizá lo consideraba relevante y pudo haberse indignado de la misma forma como McCartney por lo que Phil Spector hizo con The Long and Winding Road. Como no se puede conocer la reacción o satisfacción de los muertos, debieron hacer lo imposible por mantener la canción tal como se concibió en ese demo casero.

Now and Then es la última canción de The Beatles. El final del camino. Es cierto. Aunque quizá la tecnología podría brindarnos algo más. Junto con Free As a Bird, Real Love y Christmas Time (Is Here Again), producidas en la década de 1990, se podría formar un último álbum de despedida con los demos de canciones como Circles, Dehradun y Sour Milk Sea de Harrison (se lo deben por haberlo tenido tan relegado), Bad to Me (con el sonido de The Beatles en 1963), Watching Rainbows, All I Want is You (proto Dig a Pony) de Lennon y para que el ego de McCartney no quede afuera, el disco podría cerrarse con su versión de Goodbye que luego graboMary Hopkins en 1969. Una maravilla que para hacerse realidad se deben apresurar. Paul tiene ochenta y uno, Ringo ochenta y tres.

domingo, 26 de agosto de 2018

1968, Lennon y el 2018


Mucho se ha escrito sobre la década de 1960, la década prodigiosa, la más relevante y excitante de la pasada centuria. De los años que la conforman, 1968 es particularmente peculiar por lo violento y caótico, principiando por el recrudecimiento de la Guerra de Vietnam, las revueltas de Mayo en Francia, el sangriento desplome de la ‘Primavera de Praga’ bajo los tanques soviéticos, la no menos sangrienta masacre estudiantil en Tlatelolco, los disturbios de Chicago, los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, etc. En ese escenario revuelto, el Perú no se quedó atrás con la llamada ‘Revolución Peruana’ de Velasco, defenestrada por muchos y valorada por muy pocos.

Por primera vez en la historia de la humanidad, en los años 1960 la juventud de todas partes se convirtió en protagonista de su tiempo, creyéndose con la capacidad de poder cambiar el mundo. En 1967, Influenciados por las ideas de Marcuse, los poetas de la Generación Beat, psiquiatras psicodélicos como Leary y las canciones de los Beatles —también de Dylan y los Stones—, los jóvenes adoptaron primero una postura de resistencia pacífica, por lo que John Lennon cantaba All You Need is Love y parecía que efectivamente el amor iba a ser el componente de los nuevos aires que se respiraban en Occidente y que se podía mejorar las cosas trastocando las armas por flores.

Un año después, los pacifistas se volvieron reaccionarios. Influenciados por la inmolación del Che Guevara y otros movimientos de guerrilla, los chicos salieron a tomar las calles y se toparon con una clase dirigente recelosa de ceder un ápice de su posición vertical y arbitraria, respondiéndoles con represión policial, militar y asesinatos en masa a través de grupos paramilitares. Ante la lluvia de balas y catanas, los revoltosos buscaron el apoyo de sus profetas musicales. Algunos entraron en onda. Mick Jagger les obsequió Street Fighting Man, Lennon, por su parte, parecía darles la espalda al considerar que la violencia no era la solución. Justo en Revolution les dice: “Cuando hablas de destrucción sabes que no puedes contar conmigo”. En el llamado White Album, publicado a fines de ese año, el beatle iría más lejos en lo que la mayoría de las personas encontraron incomprensible, en Revolution 9 —tema experimental en el que no participaron los otros beatles— a través de grabaciones pasadas al revés, ruidos, aullidos y crepitar de fuego, vaticinó que la violencia sólo podía generar el caos, de allí que un psicópata como Manson interpretara que era la puesta en escena del noveno capítulo del Apocalipsis (en realidad le había puesto ‘nueve’ porque había nacido ese día y era su número de la suerte). Lennon seguiría siendo consecuente con el amor y realizaría su propia protesta serena encamándose en un hotel de Monreal y cantando: Give Peace a Chance.               
Han transcurrido cinco décadas desde 1968 y salvo que el poder global lo continúa detentando los mismos de siempre, podemos afirmar que el mundo se ha transformado pero no necesariamente para mejor. La caída —o fracaso— del comunismo, socialismo y demás hierbas coloradas, ha traído como consecuencia una juventud menos idealista y aletargada, un mundo más egoísta y menos comprometido con su entorno, una sociedad hipercomunicada e informada solamente a cuenta gotas. Si hubiera una ‘Revolución 2018’ —algo que urge a gritos en el Perú por toda la podredumbre y corrupción de la que somos testigos— no me imagino todavía con que música marcharíamos. Si con Despacito de Fonsi o Felices los Cuatro de Maluma. Tal vez con ninguna, porque la música también es sinónimo de abulia o apatía y sin referentes musicales que puedan incentivar a los jóvenes a rebelarse, es probable que sus marchas no conduzcan a ninguna parte.          

domingo, 23 de octubre de 2016

un nobel para dylan (y para la música)

Considero que la música es una de las formas más maravillosas y efectivas de transmitir poesía; mensajes que calen en tu esencia y sean capaces de cambiar la perspectiva de ver las cosas. Allá por 1963, un joven de veintidós años, provisto de una guitarra y de una armónica, preguntó musicalmente: “¿cuántos caminos debe recorrer un hombre, antes de reconocerse como tal?” o “¿cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba antes de que realmente pueda ver el cielo?” y se convirtió, sin saber, en el punto de inicio de una nueva vía de expresión sonora que influiría decididamente en el pensamiento de su tiempo, declarando finalmente: “la respuesta, amigo mío, está soplando en el viento”. 

Cuántos escritores habrían deseado que sus palabras llegaran a tanta gente a tan corta edad. Cuántos —pregunto— habrían querido experimentar, convertirse en camaleones, reinventarse de diversas formas, no mejores o inferiores a sus distintas etapas, solamente diferentes y sin importarle las lisonjas y detracciones. Marcar distancias con la responsabilidad de haber sido la voz de protesta de una generación y escribir, pasado los cuarenta, algo como: “Ha pasado mucho tiempo desde que una extraña mujer se coló en mi cama/Mira qué dulzura al dormir/Qué libres deben ser sus sueños”. 

No entiendo nada de poesía, de música algo más, pero lo poco que sé y disfruto me basta para estar conforme con que un cantautor como Robert Zimmerman haya recibido el Nobel de Literatura, hecho que por supuesto escandaliza y desgarra las investiduras de los puristas. Vargas Llosa, por ejemplo, postergado tanto tiempo a ese galardón, ha afirmado que la Academia Sueca se dejó ganar por la 'Civilización del Espectáculo' —título de uno de sus ensayos— y que lo próximo que harán será otorgar el Nobel a un futbolista. Los tiempos están cambiando, mi estimado escribidor, y como el recientemente galardonado cantaba en 1964 —año en que usted publicó su La ciudad y los perros—, yo le diría: “Vamos, escritores y críticos, que profetizan con sus plumas/Mantengan los ojos abiertos, la oportunidad no se repetirá/Y no hablen demasiado pronto, porque la ruleta está girando/Y nadie puede decir quién es el designado/Porque ahora el perdedor será el que gane después”.

Zimmerman —su apellido real, Lennon lo llama así en God— o más conocido como Bob Dylan —en tributo al poeta Dylan Thomas— ha publicado una docena de libros (la mitad de dibujos y pinturas) pero nadie lo recordará por ello. Su legado a la cultura se encuentra en sus canciones, en sus letras que transcurrido más de media centuria, todavía gustan y calan en las nuevas audiencias. Su fraseo tiene mayor vigencia que la de muchos poetas de antaño que parecen condenados al olvido. Lo que incomoda a los doctos y eruditos es precisamente el hecho que su 'poesía' no provenga de los libros al estilo de Byron o Whitman, si no que sean cantadas, expresadas con música, con su para algunos molestosa inflexión nasal, olvidándose justamente que la literatura comenzó como una expresión oral, narrada y cantada por grandes oradores como Homero o Píndaro y la tradición se reavivó en los tiempos analfabetos del Medioevo con los cantares de gesta propalados por los juglares.

“Dylan canta para mí y para cuatro personas más en el mundo”, decía mi amigo Gonzalo Tapia, el mayor cultor del judío nacido en Minnesota que conozco, refiriéndose a la profundidad de sus composiciones, crípticas e inaccesibles para la mayoría. La letra de una canción guarda tanto valor como las letras plasmadas en el papel. El nivel textual es el mismo, a pesar que muchos obsesos, encerrados en su purismo, no desean aceptar. Cantautores de rocanrol como Leonard Cohen resultan igual de poetas como cualquiera que funge de tal. Jim Morrison quiso que se le tomara en serio como vate, dijeron de su libro An American Prayer: “está bien para tratarse de una estrella de rock”, abandonó a The Doors, se fue a París como tantos y murió sin publicar otra línea, siendo hoy tema de discusión si tenía o no talento literario. 

Particularmente opino que las canciones permiten a la poesía una oralidad ,ás universal, llegar a una mayoría que ha hecho de los libros meras tumbas de papel. La Academia Sueca en vez de bastardear —denigrar— el Nobel, lo que ha hecho es darle acogida a nuevas formas de expresión literaria (como las publicaciones digitales). Lo curioso de todo es que el propio Dylan todavía no se pronuncia y no se sabe si el próximo 10 de diciembre viajará a Estocolmo y recibirá el premio. Seguro se encuentra en una encrucijada como cuando se convirtió al cristianismo y cantó: “Vas a tener que servir a alguien, de verdad que sí/vas a tener que servir a alguien/Bueno, puede ser el Diablo o puede ser el Señor, pero tú vas a tener que servir a alguien... Bob Dylan, vas a tener que servir a alguien”.

domingo, 14 de febrero de 2016

preguntas con ritmo (desde chiclayo)

Siempre he profesado —y profesaré— un cariño especial por Chiclayo, tierra de mi esposa y de toda mi familia política y donde hasta hace poco laboré en la Universidad Señor de Sipán donde tuve el placer de compartir con varios colegas y sobre todo con muy buenos estudiantes y futuros colegas con los que espero mantener una buena relación amical, al menos por Facebook, hoy y en el futuro. Lo mejor de Chiclayo es la calidez y calidad de su gente —lo de ‘capital de la amistad’ no es un mito—, su gastronomía —aunque sus mejores restaurantes están en Lambayeque—, las playas de Puerto Eten y Pimentel, que como balneario es mucho más bonito que Huanchaco, sin embargo, como todo el Perú, tiene sus defectos como la suciedad, el descuido en sus calles y casas, el desorden vehicular y el aroma de tecnocumbia que se inhala y se transpira, como una sustancia tóxica y pegajosa que parece impregnada por todas partes. Chiclayo es una ciudad con banda sonora, que ha dejado de lado el amistoso: “donde todos parecen hermanos...” por los éxitos del Grupo 5 o los Hermanos Yaipén.
 
En los dos años que dicté clases en esos lares, pocos han sido los alumnos que conservan temas rocanroleros almacenados en sus celulares. Arnold Regalado es uno de ellos, una rara avis que gusta del blues y del rock clásico. Mi querida Erika Cruz era otra, fanática de los Artic Monkeys. Arnold me contactó el sábado pasado con una batería de preguntas relacionadas a este asunto, las cuales, me asegura, servirán como ingredientes para su tesis.
 
“Recuerda cuáles fueron las radios trujillanas más sintonizadas en las décadas de 1970-1980-1990?” “¿Por qué no te enfocas en las radios chiclayanas?”, retruqué, intentando que se centre en un solo espacio geográfico-histórico, me responde con su ímpetu juvenil que su deseo es abarcar este fenómeno radiofónico desde Piura hasta Chimbote. Como no tengo intenciones de desanimarlo —y si investiga lo suficiente puede salirle un interesante estudio sobre el tema— le respondo. “En la década de 1970 todas las radioemisoras eran en Amplitud Modulada. Radio Trujillo y Radio Libertad, las más antiguas, se enfocaban en noticias, boleros y música criolla. Las sintonizadas por la juventud eran Radio Universo y Radio Heroica —1210 y 1410 en el dial, respectivamente— que pasaban los temas de moda en español, sea de Camilo Sesto o de Los Iracundos, y las de inglés. Recuerdo nítidamente las canciones Disco de Donna Summer o de Tina Charles o el soundtrack de Saturday Night Fever. Recuerdo otras estaciones de música juvenil como Mi Nueva Radio, Primavera o Indoamérica, pero su presencia fue más efímera. En la década de 1980 irrumpe con fuerza la Frecuencia Modulada y cuyo contenido era básicamente música juvenil: baladas y pop en inglés. Aparecen Fm96, que subsiste hasta hoy, Señorial, Panamericana (en versión regional, con locutores regionales y contenido rock & pop) y posteriormente, presumo con licencia pirata, Mundial, Antena Uno, Doble 9 (que no tenía nada que ver con la radio limeña), etc. La AM todavía gozaba de buena sintonía, Heroica compartía su popularidad con Radio Star, esta última netamente juvenil que luego se mudaría a la FM, hecho que creó yo, sentenció la audiencia de la AM en Trujillo. En la década de 1990, Panamericana cierra su estación regional y se convierte en la primera radio satelital juvenil del país, es decir, en la primera en transmitir música en todo el Perú desde la ciudad de Lima. Su contenido todavía era en rock —con excelentes programas como ‘Ciudad de Negro’ y ‘Los Dinosaurios’— y eso animó la llegada de otras radios limeñas como Studio92, 1160, Carolina, etc. Varias estaciones trujillanas desaparecieron o cedieron su dial a las señales capitalinas. El hecho de que Panamericana —la radio que dictaba la moda en todo el país— dejara de transmitir rock & pop y se decantara por la salsa, cambió radicalmente los gustos de la radiofonía nacional. La música en inglés cedió enormes espacios a los ritmos latinos y el rock quedó prácticamente encerrado en un ghetto. La única radio que enarboló la bandera del rocanrol en Trujillo fue Antena Norte, hasta que desapareció a fines de esa década por inanición publicitaria”.
 
“¿Cómo eran las letras de las canciones de años atrás, comparadas a las que se componen hoy?” Sospecho que este tema es el que verdaderamente le interesa a Arnold y lamento darle una respuesta que quizá lo desaliente. “Opino que no hay grandes diferencias en cuanto a temática. Siempre han existido canciones cursis y canciones de contenido, incluso hoy, lo que sucede es que las bandas y cantautores que hacen por decir títulos más reflexivos, son menos conocidos o no tienen la difusión que se merecen. En realidad, considero que este tipo de música nunca ha tenido acogida o ha gozado de las preferencias de las mayorías, siempre han sido cantantes de culto o seguidos por grupos selectos. O, en todo caso, se difundían de ellos las canciones más sencillas o ‘comerciales’. De Lennon, por ejemplo, podíamos escuchar Woman o Just Like Starting Over, muy ocasionalmente Imagine y nunca un temón como Working Class Hero.
 
“¿Cómo era el comportamiento de los jóvenes cuando escuchaban las canciones hace veinte o treinta años atrás, si los comparamos con los de la sociedad actual?” Aquí si agarra carne. “La música no ha cambiado mucho, pero sí la juventud que adolece de un vacío ideológico justamente por la obsolescencia de muchas doctrinas tras la caída del muro de Berlín. Los jóvenes de hoy son más pragmáticos, hedonistas y descomprometidos, por ende el tipo de música que consumen guarda con ellos similitud con sus deseos y expectativas de vida. La juventud de hace cuarenta o cincuenta años atrás estaba más interesada en la realidad que los rodeaba y buscaban músicos que los representaran y formaran parte de sus vidas, incluso formaban comunidades alrededor del tipo de género como los ‘rockers’, ‘mods’, ‘hippies’, ‘punkies’, ‘metaleros’, ‘rastas’, etc. Ojo que los jóvenes de hoy siguen utilizando la música con fines tribales, allí tenemos a las comunidades de ‘emos’, del ‘hip-hop’ y del propio ‘reggaetón’, que guardan y se relacionan con sus propios códigos culturales”.     
 
“¿Por qué la juventud de hoy prefiere escuchar canciones relacionadas al sexo antes que a las que cuentan una historia de amor?” “No estoy de acuerdo contigo. Si bien estamos inmersos en una cultura que rinde pleitesía al sexo como máximo fin y tenemos canciones sexualmente explícitas —como Travesuras de Nicky Jam o Propuesta indecente de Romeo Santos—, el amor sigue siendo el principal leit motiv de canciones, películas, novelas, etc. Ahora, el sexo siempre ha estado presente en el rock and roll, medio camuflados en los tiempos de Chuck Berry hasta más explícito con Kiss o AC/DC. Sucede que como el 99% de los radioyentes nacionales sabe poco o nada del inglés, uno tarareaba las letras sin entender qué carajo significaban. Imagina el escándalo que ocasionaría en todo el mundo la propagación de un tema tan erótico como Je t’aime moi non plus de Serge Gainsbourg y Jane Birkin ¡en pleno 1969! En la década de 1980 se puso de moda la llamada salsa ‘sensual’ con temas como Desnúdate, mujer de Frankie Ruiz, Aquel viejo motel de Eddie Santiago o La cita de Galy Galiano. En 1986, Los Violadores cantaban: “éxtasis, lujuria y placer, llevo marcados en mi piel”, Amistades Peligrosas en 1991: “hoy voy a ir al grano, te voy a meter mano” y Luis Eduardo Aute en 2001: con Mojándolo todo. El reggaetón de hoy no enciende nada nuevo”.          

domingo, 22 de junio de 2014

fito en technicolor

Pocos conciertos tan memorables en nuestra urbe como el ofrecido por Fito Páez el pasado 21 de junio. En un escenario austero, comparado a otros recargados de luces y efectos, acompañado de una banda que se mantuvo siempre en segundo plano sin que ninguno de los músicos se animase a lucirse con su instrumento, se pudo apreciar a un artista cuya sola presencia bastaba para llenar y acapararlo todo, sin ningún tipo de parafernalia salvo su voz, algunas piruetas y sus trajes estrafalarios. 

Tildado muchas veces de ‘pecho frío’ para este tipo de eventos, el público trujillano se conectó de inmediato y brincó y cantó a viva voz, armando un ambiente cálido e íntimo, de verdaderos fanáticos y conocedores, que seguro dejó satisfecho al artista rosarino, hincha de Central, que en sus primeros años en este laburo se dedicó a componer para otros y tuvo que aguardar hasta la década de 1990 para consolidarse como cantautor y referente del rock argentino, casi a la altura de Charly García o del Flaco Spinetta. 

La velada comenzó a las diez y cuarto de la noche, horario inusual para quienes los sábados salen tarde de sus casas, ya que la gente siguió llegando pasadas las once. Fito irrumpió en el ruedo con un traje rosado impecable, queriendo emular a Oscar Wilde cuando por su fisonomía se asemejaba más a la Pantera Rosa. Flaco en extremo y de una estatura considerable; su cabello alborotado, los lentes oscuros y la barba descuidada recordaba por momentos a Jeff Lyne —el vocalista de E.L.O.— después de haber pasado una temporada en el ghetto de Varsovia. Engalanado de esa forma interpretó Margarita (dedicado a su hija) extraído de su último álbum, Llueve sobre mojado, 11 y 6, Sos más (dedicada a su hijo), La velocidad del tiempo (dedicado a su ‘hermano’ Gustavo Cerati), entre otros temas.

La segunda parte de la tocada principió con el escenario en penumbras, escuchándose los compases de El amor después del amor y escuchándose la voz de Fito, pero no se le veía por ninguna parte. Sólo cuando la canción cambiaba de ritmo las luces se iluminaron y mostraron a un Fito más informal, ataviado con una casaca de brillos, propia de un arlequín. Pasando revista a varios de sus éxitos: Tumbas de la gloria, Te vi, Brillante sobre el micAl lado del camino, Circo Beat, Naturaleza sangre, una versión en extremo ruidosa de Ciudad de pobres corazones, etc., los asistentes se enchufaron más y el ambiente adquirió un vitoreo futbolero (como en Argentina) que lo llevó a Páez a afirmar que los trujillanos éramos mejor público que el limeño (días atrás se había presentado en el Parque de la Exposición de la capital). Quisiéramos creer que realmente es así. 

El tercer traje con el que apareció consistió básicamente en un abrigo de piel albina que le llegaba a las rodillas y con él ofreció sus tres últimas canciones: Dar es dar, A rodar mi vida y la más festejada: Mariposa Technicolor. Páez se despidió asegurando que había sido una noche inolvidable, lo cual es seguro a pesar de la escasa convocatoria de apenas dos mil personas, dejando el sabor de que a Trujillo todavía le falta quórum —o dinero— para acoger a los grandes artistas.

domingo, 13 de abril de 2014

bobby kimball: un veterano del rocanrol en trujillo

Foto: Kalimba
No sé si el concierto de Bobby Kimball en Trujillo, el pasado 12 de abril, alcance para calificarse de ‘histórico’. Igual quedará registrado que por primera vez un veterano del rock —miembro de una banda que ocupó los primeros lugares en los rankings internacionales— se presentó en nuestra ciudad.

Kimball fue por varios períodos la voz principal de Toto, grupo compuesto por varios músicos de jam sessions, quienes aburridos del anonimato o de brindar su talento a otras celebridades o soundtracks de Hollywood lanzaron en 1978 su primer disco donde mezclaban pop, funk, jazz y rock progresivo, intentando ser los primeros americanos en siquiera rozar la brillantez de los progresivos británicos.  

Ataviado totalmente de negro y una gruesa cadena plateada que le caía hasta la frontera de su abdomen voluminoso, el cantante del peinado con copete bien teñido y del bigote que lo acompaña desde sus inicios, inicio su presentación con el tema ‘progre’ que abre el primer disco de Toto: Child's Anthem (cortina de varios programas radiales y televisivos de nuestro medio). Luego interpretó I'll Be Over You, balada muy pegajosa ‘lento’ obligado en las discotecas ochenteras— que paradójicamente se volvió popular cuando Bobby dejó la banda. La larga trayectoria de este grupo californiano cuenta con varios ingresos, reingresos y bajas lamentables, como la del baterista Jeff Porcaro, víctima de un paro cardíaco en 1992. 

El momento más enojoso de la noche se debió a un problema técnico que dejó a Kimball sin sonido. “My microphone not working”, se excusó sin perder el humor, por lo que los músicos que lo acompañaban se vieron obligados a improvisar. Tommy Denander, alguna vez guitarrista de Michael Jackson y cuya obesidad competía con la del propio Kimball, arrancó con un solo que hizo recordar a Pink Floyd. David Palau, guitarrista de Alejandro Sanz, improvisó algo más funkie, que por momentos sonaba como el mejor Prince, muy bien secundado por Hugo Bistolfi, tecladista de Rata Blanca.

Con el retorno del sonido al micro, Kimball comentó que era un norteamericano enamorado de Sudamérica, por lo que la mayoría de músicos que lo acompañaban eran de esta parte del continente; que hacía una semana había cumplido 67 años de vida y los había celebrado con el cantante Eddie Money en Chicago; que en 1982, gracias al lanzamiento de su cuarto disco, Toto logró convertirse en la banda más importante del mundo, alcanzado seis grammies al año siguiente.

Justamente los temas del Toto IV: Africa y Rosanna calentaron a la tibia asistencia, a pesar que la falta de percusión en el primero y de vientos en el segundo hicieron de ambas un magro reflejo de las versiones que tanto sonaron en las radios de esa época.

Mayor fortuna tuvieron su interpretación de Georgy Porgy (aunque se extrañaron los coros de un par de morenas) o sus canciones de solista: Rock’n’Roll Connection y My Kinda Lover. Sorprendió que no cantara 99 (un éxito que el propio grupo detesta y se niega a tocar en vivo), I’ll Supply the Love, Stranger in Town y St. George and the Dragon, la mejor composición de Kimball, ya que los demás éxitos son factura de David Paich.

La presentación se cerró con Hold the Line, el tema emblemático de Toto y por ende el más coreado y cantado por los dos mil asistentes, entre jóvenes y adultos de diferente edad, cantidad nada desdeñable tomando en cuenta que en estos tiempos de cumbia y corazones serranos el rock en Trujillo hace rato que ya fue. 

Sin que Kimball y demás integrantes de Toto hayan sido grandes referentes del rocanrol, los  aficionados de este género aguardamos que los organizadores se animen a traer a otros rockeros por estos lares, así estén seniles, subiditos de peso y próximos a sus cuarteles de invierno. 

jueves, 27 de febrero de 2014

raphael y mi gran noche


Foto: Douglas Juárez
Hablar de Raphael es hablar de la voz prodigiosa, potente, viril, que estremece y anida en el alma. Es también una imagen, un icono de la música en español, de un histrionismo inigualable sobre el escenario, de gestos y ademanes no muy viriles que digamos, ataviado de negro implacable, como ave de presa que revolotea y seduce con cada tonada.  

Raphael es el divo, el artista por antonomasia. Ídolo de mis viejos y de multitudes. En su último concierto en Trujillo mencionó que todos tenemos al menos una de sus canciones como parte de nuestras vidas. Digan lo que digan, yo tengo varias.  

El ‘Niño de Linares’ ya no lo es más. Lleva 71 años a cuestas, 54 de ellos dedicados a la música y un trasplante de hígado porque si no se nos iba más temprano de la cuenta. No es el mozalbete cuyos alaridos son capaces de competir con una trompeta y superarla con creces, sin embargo sigue siendo aquel que interpreta cada canción en carne viva, conservando buena parte de ese potente registro —que dosifica con la edad— que lo colocan entre los grandes baladistas de España: Nino Bravo, Camilo Sesto, Miguel Bosé y... el resto es silencio.

Trujillo ha sido elegido el primer destino en el Perú para su Tour ‘Mi gran Noche’, que inició en Sevilla en abril de 2013. Recordarán los memoriosos que la primera vez que Raphael visitó estos lares fue en octubre de 1981, estrella estelar del extinto Festival de la Canción de Trujillo, retornaría en mayo de 1996 y, en ambas oportunidades llenó el Coliseo Cerrado Gran Chimú de bote a bote, a pesar que ese escenario —bueno para partidos de vóley y la Marinera— nunca tuvo buena acústica para conciertos. No sucede lo mismo con las explanadas de los nuevos centros comerciales y a los equipos de última generación que permiten apreciar las voces e instrumentos con mayor nitidez.   

El concierto principió a las nueve de la noche en punto, programado para durar tres horas en la que pasaría revista a varios de sus éxitos de su dilatada carrera. Trascendió que en la madrugada partiría por tierra a Piura seis horas de carretera, su siguiente parada, así que como los grandes recitales del orbe, los tiempos debían estar cronometrados. ¿El tiempo había pasado por él? Eso era lo que estaba por verse.    

Vestido de negro como siempre, con el rostro rugoso, pero con la movilidad de brazos y piernas intactas, el cantante arrancó con La Noche de Salvatore Adamo, uno de los tantos artistas a los cuales rendiría homenaje a lo largo de la velada. Luego le llegaría el turno a Gracias a la vida de Violeta Parra, canción que confesó era una de sus favoritas y que lo ayudó a encontrarse consigo mismo cuando estuvo postrado de gravedad; a Ella ya me olvidó de Leonardo Favio; Adoro de Armando Manzanero, Nostalgias de Juan Carlos Cobián y Cuando llora mi guitarra de Augusto Polo Campos, regalándonos en esta última un sensacional mano a mano en la que le hablaba y le exigía al madero de la guitarra que diga que aún la quiere y aún espera que vuelva.    

Lejos de contar con una orquesta, el divo se presentó con cinco músicos, trajeados como mirlos al igual que él. Un pianista —me imagino la chamba de trasladar ese piano de cola hasta Piura—, un tecladista —encargado de reemplazar los instrumentos de viento y violines—, un guitarrista, un bajista y un bateristas quienes se encargaron de darle a sus temas un sonido más cercano al rocanrol que a la balada tradicional, incluso improvisaron Day Tripper de los Beatles, provocando por momentos moverse y poguear, bajo riesgo de llevarse de encuentro a varias representantes de la tercera edad, valgan verdades las más entusiastas a lo largo de la noche.     

Valga reconocer que su comienzo fue tibio. El mismo cantante parecía encorsetado con el saco y la corbata, pero tras cantar Digan lo que digan —la canción de Raphael que más le gusta a mi viejo—, se quedó con su clásica camisa negra, con la parte superior desabotonada, más acorde con la temperatura de febrero y el ídolo pareció despojarse unos treinta años de encima y cantar sus canciones como en sus mejores días, varios de ellos compuestos por Manuel Alejandro a quien considera “el más grande compositor de la lengua hispana”. Ambos volvieron a unirse en 2012 para grabar Reencuentro, disco del que cantó: Eso que llaman amor

Con varios artificios para que su timbre no amainara en ningún instante cantó Mi gran noche, Cuando tú no estás, Hablemos del amor, Estuve enamorado, Desde aquel díaDímelo Dímelo, Que sabe nadie, Chabuca limeña —con la que sabía se metería al bolsillo a las tías chauvinistas—, Yo sigo siendo aquel, Amor mío, Los amantes, No puedo arrancarte de mí, Maravilloso corazón, Provocación, Que tal te va sin míEn carne viva, amén de otros títulos de sus últimos discos.. Como era de esperarse, no cantó ni Ave María ni Balada triste de trompeta, pero sorprendió que dejara de lado Yo soy aquel, tema capital de su repertorio.

Faltando quince minutos para la medianoche, el divo culminó su presentación con Como yo te amo y se despidió con la promesa de volver pronto. Espero no se haya decepcionado de ver las zonas popular y preferencial repletas pero platinum, la más cara, sólo a media caña. Embelesado como todos los presentes por la energía y entrega desplegada, nos fuimos con la certeza de que todavía nos queda Raphael para rato.

lunes, 28 de octubre de 2013

calamaro en su tinta

Calamaro no es un artista cualquiera, podemos dar fe de eso los cinco mil espectadores —muchos venidos de distintos puntos del norte del país— tras su presentación en el Aventura Plaza el pasado sábado 26. Pocas veces en escenarios provincianos hemos tenido la oportunidad de ver a un cantautor de su calibre, seguro por eso en algún momento de la velada exclamó: “en los pueblos chicos, a diferencia de las grandes ciudades, las fiestas se viven con más color”. Tampoco es común que alguien nos ofrezca 25 temas traducidos en dos horas y media en vivo, iniciando su presentación de manera puntual, diez de la noche exacto, sin necesidad de grupos teloneros, acompañándose de pantallazos interactivos y músicos de primer nivel —el guitarrista y el baterista eran fenomenales— quienes se dieron el lujo de ofrecer un entremés de jazz que se prolongó por más de diez minutos en tributo a la presentación de Miles Davis en la isla de Wight.   
 
Calamaro es un tipo que se caracteriza, además, por su ‘honestidad brutal’  y no tiene reparos en expresar sus odios y preferencias en público, a riesgo de quedar mal o herir susceptibilidades. Mientras interpretaba Días distintos se acompañó con imágenes de toros sangrantes, ocasionando el rechazo de los enemigos de la tauromaquia (una de las grandes pasiones del argentino) que aquí no son pocos. También expresó su amistad inquebrantable con el ‘barrilete cósmico’, exhibiéndose imágenes del 10 con la selección albiceleste, en el Barza y el Napoli (y curiosamente ninguna con la camiseta de Boca) mientras entonaba Maradona. En otro momento habló de Mick Jagger a quien calificó de ‘bisabuelo contemporáneo’ e incluyó un estribillo de Brown Sugar al final de Carnaval de Brasil. Mencionó de la ‘cumbia psicodélica’ tan propia del Perú y a la que la bailanta gaucha le debe mucho. No es gratuito que Tres Marías y Tuyo siempre tengan ese género como base.      
 
El tributo más emotivo de la noche llegó en Los chicos, la canción final, cuando cantaba: Muchos amigos se fueron antes que yo, y me dejaron solo, por eso si el invierno hace frío, desfilaron imágenes de Gardel, el ‘Che’ Guevara, el ‘flaco’ Olmedo, Pappo, Federico Moura, Luca Prodan, Miguel Abuelo (de quien suponíamos distanciado), Sandro, Luis Alberto Spinetta, entre otros, incluyendo, quizá con oportunismo, a Chabuca Granda y a Chacalón, símbolo de culto en Perú y Argentina. El clímax llegaría cuando ya estaba de salida y tocó su versión personal de De música ligera, homenaje sentido a Gustavo Cerati, quien lleva más de tres años en coma.
 
Varias canciones del repertorio estuvieron conformadas por canciones de Bohemio, su producto más reciente y leit motiv de su gira internacional por América Latina. Con un peluche representando a un calamar pegado al micrófono, Andrés tuvo el tino de agradecer a los asistentes por “acompañar estas composiciones con mucho respeto”. El show comenzó con Mi enfermedad de su etapa con Los Rodríguez, de quienes tocó también Para no olvidar y Sin documentos. No cantó, como acostumbra, ningún tema de su etapa con Abuelos de la Nada y se encargó de hacer vibrar al público con sus temas más celebrados como solista: Loco (excusándose por la apología a los ‘porritos’), Crímenes Perfectos, Me arde, Te quiero igual, El Salmón, Flaca, Paloma y Alta Suciedad.  

Una noche memorable que satisfizo a los melómanos —hinchas o no de Calamaro—  quienes apreciaron a un artista que no se caracteriza por su notable registro vocal (que  recuerda a un Bob Dylan resaqueado) pero que hace gala de frases efectivas y oportunas encima del escenario, como su agradecimiento por estar en esta “tierra maravillosa que formó parte del imperio de los Incas” y envolverse su rostro en la despedida con la bandera del Perú, inclinándose, mismo Juan Pablo II, para besar el escenario. Un ósculo que muchos trujillanos recordaremos por siempre.     

lunes, 15 de julio de 2013

un prisionero en trujillo

Nos gustaría que sucedan con más frecuencia conciertos como el del sábado último en la explanada del Real Plaza. Que más músicos de renombre pongan a Trujillo en su itinerario, que de nuevo seis mil asistentes escuchen, vibren y se muevan al compás del rock’n’roll, género que como definió el propio Jorge González, líder de Los Prisioneros, sobre el escenario: “es la música de la juventud, la expresión de su rebeldía”.

Érase pues hace tres décadas que un trío chileno supo trascender fronteras, a pesar de la dictadura, imponiendo en la radio canciones mordaces con alta crítica social. Eran tres amigos del instituto, Claudio Narea en la guitarra, Miguel Tapia en la batería y González en el bajo y voz, dispuestos a componer ‘pésima música que no es placer para dioses’.

Con acordes sencillos —cultores del new wave, el punk, el ska y más adelante, electrónica— pero letras contundentes, pronto se convirtieron en la banda contestataria de un Chile reprimido en uno de los referentes de América Latina, en la voz de los ’80, como titularon en su primera placa.

Los encuentros y desencuentros desencadenados entre 1990 y 2005 provocaron que la mejor banda mapocha —con la venia de los vernaculares Jaivas, Quilapayun e Inti Illimani— se resquebrajara sin asomar a la fecha reconciliaciones amicales o financieras posibles. Jorge González, muchas veces grosero y quisquilloso sobre ese tema, es quien se ha apoderado de toda la gloria, quizá con derecho propio por ser el compositor principal y líder de la agrupación.

En 2005, Los Prisioneros se presentaron por única vez en Trujillo, un concierto milagrosamente gratuito, auspiciado por una conocida marca de cerveza, que gozó de lleno total. Ocho años después, solamente volvió el cantante con un grupo de uruguayos que poco hizo extrañar a los otros miembros originales.

Después de la presentación de Amén y Libido —las bandas de rock más destacables de la escena ‘lorcha’—, a golpe de la medianoche le tocó el turno a González quien abrió su presentación con un título de la primera placa de Los Prisioneros: Nunca quedas mal con nadie, crítica velada a los cultores de la música de protesta en Chile (post Jara), castrados por el régimen de Pinochet.

Siguió Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos, Muevan las industrias, Sexo —el tema más coreado por muchos que quizá no comprendían que justamente la letra critica su supuesta ‘liberalidad’—. We are Sudamerican Rockers, Quieren dinero (donde habla de intis, la moneda del primer gobierno de Alan), Pa pa pa (cantemos al amor, cantemos a la paz) y terminó la primera parte de su presentación con ¿Por qué no se van?

La segunda parte principió con el cantante, guitarra acústica en mano, cantando en solitario Amiga mía. Continúo con los temas electrónicos más populares de la banda como Estrechez de corazón, Tren al Sur y su visión feroz del machismo latino: Corazones rojos. A golpe de una y media culminó con dos de sus mejores composiciones: Paramar (tena que según Claudio Narea en su libro Mi vida como prisionero, González compuso enamorado de Cecilia, la hermana del guitarrista) y El baile de los que sobran. Una colombiana que estaba a nuestro lado y otros más exigieron con insistencia que el chileno cerrase la noche con ¿Quién mató a Marilyn?, sin saber que ese tema es de autoría de Miguel Tapia.

Con un seco “¡Muchas gracias!” un Jorge González avejentado, más delgado —el polo verde que llevaba, desnudaba su osamenta pronunciada— pero con la voz y el manejo escénico intacto, se despedía de la multitud.

De aquí a cruzar los dedos porque el concierto de Andrés Calamaro, ofrecido por los organizadores, se haga realidad.

martes, 12 de febrero de 2013

los violadores top-10

Los Violadores es una de las bandas argentinas que supera la barrera del hit-wonder. A criterio personal han compuesto una veintena de canciones que podrían ser referentes del rock & punk en nuestro idioma. Con la subjetividad que me caracteriza he seleccionado diez temas de un determinado periodo de la banda, desde 1983 cuando apareció su primer disco hasta 1987 cuando editaron su quinto trabajo. No abarco sus trabajos posteriores porque aparte de un par de canciones como Ellos son o Petróleo Sangriento no son de mi dominio auditivo como sí lo forma la etapa inicial de la banda (antes que se diera de baja Sergio Gramática, fundador y primer baterista). Sorprenderá a muchos que no considere en el ranking un título emblemático como 1-2 ultraviolento —inspirado en A Clockwork Orange—, pero como reitero, esta es una lista personal y opino que los ‘Viola’ son más grandes que eso.

10. SENTIMIENTO FATAL Octavo track de Fuera de Sektor. Balada al estilo Violadores no necesariamente una canción de amor, sino más bien la solicitud de un amante ocasional para que una fémina le conceda otra oportunidad de copular tras un intento fallido (¿impotencia? ¿pasada de vueltas? ¿eyaculación precoz?, vaya uno a saber). La primera canción en nuestro idioma propalada masivamente —al menos en el Perú— que combinaba palabras como ‘éxtasis’, ‘lujuria’ o ‘placer’ (llevo marcados en mi piel).

09. NOTICIAS EN LA NOCHE Segundo tema de Fuera de Sektor en el que se hace notoria la influencia de The Cure en la banda (sobre todo en Stuka). Es un retrato de otro tiempo, de la Guerra Fría, cuando los aparatos radiales venían provistos de onda corta y onda larga y se podía sintonizar en las madrugadas noticias o mensajes de propaganda provenientes de Moscú, Praga o Berlín. Cuenta con un excelente momento climático cuando Pil implora: Quien enciende una nueva luz entre tanta-tanta-tanta oscuridad.

08. REPRESIÓN Séptimo track de su disco debut Los Violadores que tras varias censuras, salió al mercado en 1983. la canción ya rotaba en los circuitos clandestinos meses atrás y se convirtió en el grito de franca rebeldía de toda una generación podrida por la cruenta dictadura que se vivía por esos días: Represión a la vuelta de tu casa, represión en el quiosco de la esquina, represión en la panadería, represión las veinticuatro horas al día. Los ‘Viola’, banda acostumbrada a tener problemas con la ley y caer en cana, remataba con: Yo no quiero represión, detestamos a la represión, nos burlamos de la represión.

07. BOMBAS A LONDRES El Mercado Indio es un buen trabajo, con buenos títulos como Infierno privado, Juega a ganar o Sólo una agresión; en su conjunto es superior a Fuera de Sektor que tiene bastantes altibajos. Sin embargo, el único tema que aparece en esta lista es éste referido a la guerra de Las Malvinas: La última fiesta yo la recordaré porque muchos no volvieron de allá / Latidos de muerte en un lugar del sur, hay fantasmas, en el cielo y que alude de manera ilusa —acaso revanchista— a un improbable bombardeo como los que sufrieron los londinenses a manos de la Luftwafe: Cartas a Londres o bombas a Londres.  
     
06. CHICAS DE LA CALLE Tema del 1-2 Ultravioladores, su cuarta placa que no llegó a editarse en el Perú y consta de algunas canciones que quedaron fuera del Fuera de Sektor, temas del primer disco y maquetas de sus primeras tocadas en vivo. Narra la historia de una muchacha criada en el asfalto (Ella está tan sola como mucha gente está, pero no es su problema, es su realidad), sin esperanzas o aspiraciones, sólo sobrevivir un día más (Ella ya no espera nada nuevo al despertar, su trabajo da dinero, no le importa más). El tono festivo, propio del Far West —como en Más allá del Bien y del Mal— contrarresta con la amargura de la letra.

05. SIN ATADURAS Cuarto surco de Y ahora que pasa, ¿eh? Habla de la Guerra Fría, de cuando el mundo estaba partido en dos bloques bien distintos y vivíamos la paranoia de la hecatombe nuclear. Tanto al capitalismo como al comunismo les da palo por igual: Recuerdo un lugar donde todo está prohibido, desde la crítica hasta el más leve suspiro o Recuerdo un lugar donde todo es permitido, convocan a las armas y matan a los vecinos. El coro alega hacia una búsqueda imposible de la autonomía individual: Sin ataduras en el Este, creyendo en el sí a Marx, sin ataduras en el Oeste, consumen todo sin parar. Sin ataduras en mi mente, yo sólo busco la verdad, sin ataduras en mi loco corazón.

04. ESPERA Y VERÁS Octavo track de Y ahora qué pasa, ¿eh? Canción con sabor a manifiesto de identidad —similar a Quiero ser yo, quiero ser libre—, de sujeto que vive a su estilo (supe lugares que tú no conoces y en situaciones que nunca imaginé), que no se identifica con la generación anterior (en los setenta venían por la paz y en la oficina ahora están) ni con su propia generación (en el ochenta ellos querían guerra, y hoy no quieren ni oír ni hablar de ella). Es una respuesta hacia un tácito interlocutor que cuestiona la forma de ser de alguien que le pide que espere y no prejuzgue, que luego se verá si estuvo equivocado o no.

03. EL ÚLTIMO HOMBRE Quinto surco de Fuera de Sektor. Apostaría que es una respuesta El anillo del capitán Beto del Flaco Spinetta —al igual que Major Tom (Coming Home) de Scihlling responde a Space Oddyty de Bowie— pero más acorde a la década de 1980, tras el holocausto de la humanidad por lo que no tiene destino al cual arribar, no quedándole más alternativa que enfrentar al universo, la tecnología —reminiscencia a Hal de 2001: A Space Odyssey— y, sobre todo, a la soledad (estoy muy solo en el espacio exterior, estoy muy solo en el espacio interior). Su mejor momento es cuando Pil declara: Porque yo soy el agua y el fuego, yo soy el frío y la noche, yo soy el sol y la sombra, yo soy el vicio y la virtud... yo soy el último hombre.          
  
02. UN PRODUCTO DE SOCIEDAD El sonido del primer disco de los ‘Viola’ es opuesto a lo que harían posteriormente. Es punk puro, con claras influencias de los Sex Pistols. Hari-B era todavía el líder antes de que Stuka y Pil tomaran el control y provocaran que él mismo saliera de la banda. La canción parece una continuación de Moral y buenas costumbres, la canción que le precede en el disco, y la letra alude a los típicos tópicos del género como es el descontento y la desconfianza en contra del sistema: Estoy muy arrepentido, de haber nacido acá, en este mundo actual y ser víctima de su sociedad, alentando una rebelión nihilista en contra del conformismo: Mira un poco la realidad, vete de acá. Estás sin chance antes de empezar, no te mientas más. Estamos muertos todos juntos acá, ya no nos queda nada más para hacer, sino padecer.

01. COMUNICADO 166 En Y ahora qué pasa ¿eh? los ‘Viola’ parecen querer sacudirse del nihilismo inicial por una postura política y contestataria, sin dejar de ser una banda punk. Esta canción es un sociodrama, un retrato de lo absurdo que fue la guerra de Las Malvinas. La canción cuenta con tres segmentos bien definidos, el primero de incertidumbre: La gran batalla ha terminado, el pueblo convocado a la plaza ha llegado, quieren saber cuál es la situación, pero ese día al balcón nadie asomó y luego de credulidad: ¡Latinoamérica unida!, gritó el pueblo entero. El T.I.A.R. fue la mentira, que todos se creyeron. El segundo de reflexión y resignación: De qué sirvió esa unión si no logró la fuerza, y no hay fuerza cuando no hay inteligencia. Porque Estados Unidos ha demostrado que Occidente está en sus manos, recién nos dimos cuenta cuando fuimos traicionados, vapuleados, pisoteados. El tercero es lúgubre y derrotista: Reina la confusión en las calles y en el gobierno, se ha acabado una guerra o empezado el invierno. / Los sea harriers ya se han ido, la batalla ha terminado, nos dejaron varios muertos y cientos de mutilados.