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martes, 16 de junio de 2026

el último día de la industria

Era el verano de 2012 cuando mi hermano Mario Chumpitazi me llamó. “¿Quieres trabajar en La Industria?” En esos días sólo trabajaba en una universidad y mi hijo Claudio estaba por nacer así que no había que pensarlo mucho, acepté y de muy buena gana porque sentía que laborar en el principal medio de comunicación de la región —así sea por una temporada— era una deuda profesional que tenía que cancelar.

La Industria nació un 8 de noviembre de 1895. Lo fundó Teófilo Vergel y Edmundo Haya, padre de Víctor Raúl. Años más tarde lo adquiriría Vicente Cerro y dicen que el fundador del Apra lo consideró un error. Qué importante aliado hubiera tenido su partido si hubiera tenido como aliado al principal periódico de Trujillo. La familia Cerro, natural de Piura y emparentada con Sánchez Cerro —archienemigo de los apristas— siempre tuvo un sesgo oligarca y eso le valió a su propietario cargos diplomáticos y otras gollerías con los gobernantes de turno. La prensa ligada al poder siempre da buenos frutos.

El trabajo que desempeñé en La Industria era corrector de estilo. Reemplazaba a Lucho Novoa —hombre que vestía de negro invariable— los domingos y editaba los suplementos publicitarios que dirigía Fanny Chávez en el local que el periódico alquilaba en la urbanización San Andrés. El Gordo Chumpi me propuso escribir una columna en el suplemento deportivo El Hincha que salía los lunes y el mismo la bautizó con el nombre ‘Gol de Borja’ en tributo a Chespirito. Colaboré también con una que otra columna en el suplemento Dominical. La dirección hace buen tiempo recaía en mi amigo y compañero de aula, Juan José Bringas —el Ovejo—, lo secundaba Pepe Hidalgo con quien ya tenía amistad por la UPN, César Clavijo, Lucho Quintanilla, Guido Sánchez y un grupo de muchachos talentosos como Franco Larios, Canchita Urquiaga, Kili González, Pancho Paredes, Víctor Jara, entre otros.

En su mejor momento, La Industria se extendió por todo el norte. Se editó en Piura donde fungió como reportero nada menos que Mario Vargas Llosa. En 1952 apareció La Industria de Chiclayo que editaba el suplemento cultural ‘Lundero’. Eduardo Quirós, mi viejo profesor, me contó que bajo su dirección, cuando el periódico fue expropiado por el Velascato, vivió su mejor momento en cuanto a circulación, llegando a un tiraje de cincuenta mil ejemplares que llegaban al interior de la región y hasta Cajamarca. 

Mi ingreso aconteció a poco de producirse una especie de guerra civil en el seno de la empresa. El enfrentamiento de los herederos de las dos hijas de don Vicente que quedó resuelto con la división de la empresa, la edición de Chiclayo para una, la de Trujillo para otra. En el local de Gamarra 443 un bando había barrido con el otro y de ellos no quedaban ni rezagos. El viejo Fernando Julca, encargado del archivo, me dijo en confianza que eso era el comienzo del fin.

Mi aventura en La Industria acabó el 31 de diciembre de 2014. Seguí colaborando esporádicamente por algún tiempo. Mi última colaboración aconteció en plena pandemia, cuando publicaron Mataperros, uno de mis relatos más populares. De allí vi al periódico cerrar su edición de Chimbote, pasar del formato estándar al berlinés, dejar de sacar suplementos, venderse en los puestos de quioscos al precio popular de un sol. Me enteré que se malogró la rotativa y les salía más barato pagar el servicio de impresión en Chiclayo que repararla y pagar personal. Como un enfermo en estado de coma, pensé que llegaría a sus 130 años y allí quedaría. Sobrevivió un poco más. El pasado domingo 14 de junio de 2026 se anunció oficialmente su defunción, siempre a la dirección de mi querido Ovejo. Se hundió con el barco, como buen capitán.

    Sea por las malas decisiones de los herederos que manejaban el negocio como quien tiene una chacra en el interior, porque las personas menores de cincuenta no compran periódicos o porque no supieron sacarle provecho a las plataformas digitales como modelo de negocio, lo que debería importar ahora es que su inmenso —y precioso— archivo de noticias, fotografías, anuncios publicitarios, etc. queden a buen resguardo y pasen a ser de dominio público para todo aquel que las necesite consultar. Un periódico no muere cuando dejar de circular si no cuando no deja huellas y en casos como La Industria siempre valdrá la pena leer un periódico de ayer.  

martes, 22 de febrero de 2022

de moche con amor

Cuenta la leyenda que la estatua de la libertad de la Plaza de Armas de Trujillo, obra del alemán Edmund Möeller, contaba en su diseño original con un miembro viril de colosales proporciones y que a poco de inaugurarse, en julio de 1929, unas monjitas escandalizadas por eso que les hacía sombra, mandaron a cercenarla con testículos y todo, dejándola como la vemos ahora, carente de genitales, significando que la libertad o el ejercicio de la libertad es un derecho castrado e infecundo. El mito del pene de la estatua no cuenta con registros históricos, pero los trujillanos lo dan como cierto —al igual el del laberinto de túneles que conectan los templos coloniales— y hay quienes aseguran que el pene se encuentra en el altar de uno de los conventos de claustro, venerado por las piadosas féminas que lo mandaron extirpar. 

 

En diciembre de 2000, otro monumento se encargó de revolotear el gallinero pacato de la urbe. Una sirena de nalgas protuberantes se colocó en una avenida principal. Según las malas lenguas, se trataba de la fiel copia de una mujer que fungía de amante del febril alcalde que la mandó a esculpir. La sirena con poto nos dio la bienvenida o despedida al distrito de Víctor Larco hasta mediados de 2009 cuando otro alcalde decidió erradicarla y colocar en su lugar a una sagrada imagen de la Virgen de Fátima. Hoy, la pobre potona se encuentra exiliada en un rincón inhóspito de la playa cuando hubiera sido más apropiado destinarla a la primera cuadra del malecón de la Avenida Larco, donde alguna vez se levantó el edificio más emblemático de Buenos Aires, el enmaderado del Casino Morillas. Ojalá lo hagan antes de que el mar se engulla el enrocado y lo poco que queda del balneario.

 

Años después, en enero de 2022, otro burgomaestre enfebrecido hizo noticia cuando se le ocurrió colocar en el sector Santa Rosa —una santa virgen— un monumento que alegorizaba a un huaco moche con un miembro viril de tamaño hiperbólico. Una propuesta que levantó polvareda en Moche, Trujillo y el Perú entero, cultivando admiradores y detractores por igual. Luego de veinte días, parecía que la intolerancia habitual iba a imponerse cuando el huaco en cuestión se vio reducido a cenizas en un incendio cuya autoría, hasta la fecha, no queda del todo clara. Se acusaron a enemigos políticos del alcalde. A miembros de una secta religiosa. A los dinosaurios conservadores, incluidas las golosas monjitas de hace una centuria. Otros más incisivos acusan al propio alcalde de haber autodestruido la obra porque en menos de dos semanas colocó una réplica de mayor dimensión y al costado otra más modesta, como si se tratara de padre e hijo, saludando con sus miembros enhiestos —que apuntan y desafían al vecino distrito de Laredo— a todo el que lo visita.

 

Particularmente, esta obscenidad disfrazada de oda a la fecundidad de una cultura milenaria ocasiona sentimientos encontrados. Halaga porque a los obscenos y decadentes como yo nos agrada ver cómo una buena pija trasgrede a los cucufatos y moralistas. Es una obra osada, con las bolas bien puestas, necesaria para que los peruanos comprendamos de una buena vez que el sexo es un acto natural y no tenemos que tener vergüenza por nuestros órganos genitales. Halaga también porque a puesto al distrito de Moche en boca de la prensa nacional y extranjera, generando un turismo insospechado del que puedo dar fe cuando me apersoné hacia una zona otrora apacible y que ahora atrae a visitantes de día y noche —el cuaderno de visitas registra visitas de Lima, Sullana y Pucallpa—, generando un innegable activación económica para los vecinos y artesanos de Moche que te venden penes en cerámicas, polos, llaveros, licores y unos chocolatitos coquetones que me sirvieron de regalo para San Valentín.

 

En contra —y sin ganas de pinchar llantas— es que las réplicas en sí son una mofa. No soy experto en cerámica Moche, pero poseo un par de huacos pornográficos originales en casa y tienen un mejor acabado. Presumo que los herederos del arte moche han involucionado en mil quinientos años hacía una versión más grotesca, exagerada, más kitsch y caricaturesca, comparado a los originales, acordes para un público más adepto a las cumbias del Grupo 5 que a Valicha. Si bien parece que tendremos que conformarnos con estos esperpentos adulterados —pero con jale mediático—, recomendaría que los huacos sean removidos de la vera de la pista y colocados en la pampa aledaña donde se proyecte una alameda en todo el sentido de la palabra, con todas las comodidades que ello requiere (playa de estacionamiento, servicios higiénicos, etc.) y la zona comercial y patio de comidas y entretenimiento bien implementada. Eso se llama orden y planificación. Conceptos que en el Perú son ajenos como el verdadero legado de los moche.

sábado, 5 de octubre de 2013

chicama

Chicama no es la primera película trujillana, ni siquiera la ópera prima de Omar Forero, quien ya había captado la atención con Actores; pero es la primera producción regional exhibida en salas cinematográficas y la primera en cosechar galardones en un Festival como el de Lima,  usualmente cruel con los filmes nacionales. El 19 de septiembre se estrenó en las principales ciudades del norte y puede vanagloriarse de otros dos logros más: colocarse segunda en taquilla a la semana de estreno —detrás de un blockbuster mejor promocionado como Elysium— y haber permanecido dos semanas en dos cadenas netamente comerciales como Cinemark y CinePlanet en Trujillo y Piura —no tuvo la misma suerte en Chiclayo— tomando en cuenta que varias producciones peruanas a las justas se mantienen, en provincias, tres o cuatro días en cartelera. Una hazaña que debe alimentar expectativas con miras a su estreno ‘oficial’ de noviembre en la capital.

Chicama es una cinta lejana a los convencionalismos cinematográficos a los que el ojo común está acostumbrado. De ahí que la gran mayoría saliera desilusionada o desconcertada de las salas. Muchos, incluso, desde su cultivada miopía, se han apresurado en calificarla de ‘mala’, ‘muy mala’ o de ‘gran estafa’ por no ser lo que esperaban ver. Sin ánimos de nadar a contracorriente, querer vender sebo de culebra o llevarme por vectores subjetivos como conocer —y estimar— a Forero, no voy a decir que estamos ante una obra maestra, pero sí ante una película de aceptable factura que merece al menos el calificativo de ‘interesante’.

La película cuenta con un guión bien aceptable, una de esas historias en la que realizadores como Eric Rohmer son especialistas, en las que ‘nada pasa’ y todo transcurre como la ‘vida misma’, no obstante ofrecer tres quiebres argumentales que muchas veces no encontramos en este tipo de filmes. Esos ‘momentos’, que el espectador menos avisado puede interpretar como ‘vacíos narrativos’, justamente representan los grandes aciertos del director-guionista al tirar abajo las expectativas de quienes esperan que la película vaya por lo acostumbrado —por lugares comunes— y gire en otra dirección sin ofrecer mayores argumentos.

El primer ‘momento’ es cuando César Castillo (Miguel Sopan), habitante de Cascas, solicita como docente una plaza en Trujillo, pero le ofrecen una para un pueblo perdido de la sierra. El solicitante rechaza tal posibilidad, afirmando de manera categórica que lo pongan en espera, pero sin brindar explicaciones termina embarcándose hacia Santa Cruz de Toledo. El segundo ‘momento’ es el arribo de la joven profesora procedente de Trujillo. Parece que entre ella y César puede desarrollarse un encuentro pasional, pero esa posibilidad —nunca manifiesta— queda trunca cuando aparece la madre de la profesora y carga con su hija, causando, me imagino, más desazón en la sala que en el propio protagonista. El tercer  ‘momento’ es el final cuando parece que el docente, deslumbrado por la ‘gran’ ciudad, va a quedarse como tantos inmigrantes y sin embargo, retorna a Santa Cruz de Toledo, para seguir como docente en la escuela fiscal. más por resignación que por vocación. Los más entusiastas podrían interpretar una renuncia abnegada por enseñar en esos parajes olvidados —por lo que podría creerse que la intención de la película es denunciar la postración de la Educación en el Ande—, yo más bien considero que el mensaje va por otro lado, que estamos ante una aproximación a las clásicos griegos donde los individuos por más planes o intenciones no pueden ir en contra de los designios del Destino, en este caso el antagonista.

Otro punto a favor son varias escenas bien concebidas. Las siluetas del profesor y la profesora en el monte al amanecer, hablando de una excursión que nunca realizarán, mientras se llena el balde de agua. La meada de la profesora, toda una lección de transmisión —y contención— sexual. La niña de la escuela que grafica cómo cuida sus ovejas y corre detrás del chancho cuando se escapa. La actuación de ‘Los Shingos’ (buena pero se extiende demasiado). La pichanga en el pueblo, con gallinas invadiendo la cancha (y la de las gallinas ‘caníbales’ picoteando un pedazo de pellejo). La breve irrupción de Fernando Bacilio —recientemente galardonado como mejor actor en el Festival de Locarno por su papel en El Mudo— haciendo del borracho de Cascas, quien con sólo una frase lacrimosa: “¡mis hijos, carajo!”, nos ofrece todas las desgracias de un hombre en una sola pincelada.

La película sufre también de falencias, como cuando extras y actores principales miran la cámara en más de una oportunidad, la pobre iluminación de algunas tomas, la redundancia de tomas de paisajes (sobre todo cuando César llega a Toledo) y más que nada la actuación de Miguel Sopan, mediocre como las interpretaciones de Marino León en Gregorio o en Ni con Dios ni con el Diablo. Entiendo que al igual que Claudia Llosa, Forero tiene la intención de hacer un Cinema Verité —al estilo del cine iranio de Kiarostami— por lo que prefiere utilizar personas comunes y no actores profesionales, pero me parece para no bajonear la calidad —y justamente darle la credibilidad que busca— en su puesta en escena, debería trabajar más en el registro actoral de quienes recae el rol protagónico. Ana Paula Ganoza luce mucho más desenvuelta gracias a su experiencia como animadora de un programa infantil.

En el balance general, Chicama es una cinta que hace debutar con buen pie a la cinematografía trujillana y augura que podemos esperar de Omar trabajos mayores, condescendientes o no con el espectador común, pero siempre con una intención honesta de hacer cine con un estilo propio. 

martes, 24 de septiembre de 2013

bendita primavera

No tengo idea de cuándo Trujillo se apoderó del término ‘Capital de la Eterna Primavera’. Presumo que en las primeras décadas del siglo XX, en la infancia de un viejo pero muy buen profesor de Ciencias Naturales del colegio San Juan, Jorge García Espinales, quien en 1984 nos hablaba con añoranza del clima benigno que gozaba esta ciudad en tiempos pretéritos, ya trastocados en inviernos fríos y nublados, un adelantado en temas de cambios climáticos.

No somos tampoco la única localidad en usar ese término en el Perú. Huánuco, quizá con más razón que nosotros, también se vanagloria de tener primavera eterna (o son más rimbombantes cuando manifiestan ser ‘la ciudad del mejor clima del mundo’). El primer asentamiento en adjudicarse el apelativo primaveral fue Tarragona, en tiempos de la antigua Roma. Con el transcurrir de los años, varias ciudades de América Latina se han apropiado del mismo sobrenombre por sus bondades climáticas: Medellín (Colombia), Quito (Ecuador), Caracas (Venezuela), Cochabamba (Bolivia), Arica (Chile), Cuernavaca (México), Quetzaltenango (Guatemala), etc.

Desde 1950 se celebra en Trujillo el Festival Internacional de la Primavera, que gozó de gran prestigio y apogeo hasta bien entrada la década de 1980. De allí comenzó a sufrir de una decadencia irreversible. El evento poco a poco ha ido perdiendo relevancia, coincidiendo con la valorización de otra festividad, el Concurso Nacional de Marinera, que si bien se celebra en fechas distintas, disfruta de mayor repercusión e interés nacional. Es como si la ciudad no pudiera acoger dos eventos de igual magnitud y una marca —Marinera— está en crecimiento y la otra —Primavera— se marchita.

El Festival de la Primavera de Trujillo, con todo su desencanto arrastrado, sigue siendo uno de las principales festivales primaverales en todo el orbe, que se celebran entre el 20 y 21 de marzo en el hemisferio norte y entre el 22 y 23 de septiembre en el hemisferio sur. La celebración más importante de China es la Fiesta de la Primavera donde se celebra el advenimiento del Año Nuevo, produciéndose la mayor migración humana del planeta, el ‘movimiento de primavera’, con millones de personas desplazándose a sus lugares de origen para celebrar junto a sus familiares. Vietnam celebra el Tet en fechas que coinciden con el año nuevo chino. Considerada la ‘Madre de todas las Fiestas’, todo el país se paraliza por completo una semana entera. Japón celebra el Hanami, en alusión a la tradición de observar la belleza de las flores (sakura), sobre todo de los cerezos que florecen por todo Japón. Los primeros cerezos del año florecen en Okinawa, el punto más meridional, a principios de marzo, los últimos en Hokkaido, el más septentrional, la última semana de abril. India, Nepal y Guayana celebran el Joli donde la gente se lanza polvos y agua coloreada, creyéndolo propicio para alejar las enfermedades que trae la nueva temporada. Irán y otras naciones asiáticas con influencia de la antigua cultura persa, se celebra la festividad de Noruz, el primer día de primavera, en tributo al Ahura Mazda, deidad del extinto credo zoroastriano.

En España diversas regiones reciben el equinoccio primaveral como se merece. Sevilla organiza la Feria de Abril. Córdoba el Festival de los Patios. Galicia la fiesta de Os Maios. Murcia el Desfile de las Flores. Barcelona celebra a San Jordi el 23 de abril y la costumbre obliga a un mancebo obsequiar una flor a una moza. En Budapest (Hungría) acontece el Festival Internacional de Primavera que reúne diversas actividades artísticas, destacándose la música en todos sus géneros. Rusia celebra la Másletnisa, una semana antes de la Cuaresma. En toda Escandinavia se celebra el 30 de abril la Noche de Walpurgis, festividad de origen pagano en tributo a la fertilidad. En México tenemos las fiestas de Teotihuacán que principian el 21 de marzo, destacándose, entre sus distintos eventos, el de los globos aerostáticos inundando de color el azul del cielo. En Washington D.C., celebran el Festival Nacional de los Cerezos en Flor para conmemorar el regalo que hiciera el 27 de marzo de 1912 el alcalde de Tokio de tres mil cerezos japoneses.

En Trujillo del Perú la principal actividad es y será el Corso que en un principio recorría el jirón Pizarro y circundaba la Plaza de Armas. Luego se decidió que recorriera el jirón Orbegoso en toda su extensión. En la década de 1970 se designó como ruta todo el anillo de la avenida España y, desde 2007, a causa del aglutinamiento de gente la ruta se ha ampliado a las avenidas Juan Pablo II y América Sur, finalizando en la Universidad Antenor Orrego.

La palabra ‘corso’ se utiliza en varios países de América Latina para llamar a este tipo de desfiles y comparsas —sobre todo a las de Carnaval— aunque no tengo claro de dónde proviene el origen de la palabra. Figura en el diccionario de la RAE pero ninguna de las acepciones se ajusta al pasacalle. Me animo a aventurar que viene del gentilicio de los habitantes de Córcega y como Napoleón Bonaparte es el corso más famoso, seguro a alguna de sus paradas triunfales le chantaron el sobrenombre (todo esto, por supuesto, es especulación).

Sobre nuestro corso primaveral tengo poco que decir. Sigue siendo el espectáculo popular más esperado del año, a pesar que siempre escucho la misma cantaleta: “cada edición es más pobre que la anterior”. Personalmente no he visto uno en veinte años, ni siquiera por televisión. El corso que organiza supermercados Wong en Miraflores para Fiestas Patrias es mucho mejor en fausto y presupuesto.
 
Pienso que para volverse a enganchar a la ciudadanía con el Festival —el programa de actividades dura dos semanas— se deben ofrecer alternativas para todos los gustos y sabores como lo hubo en el pasado, con presentaciones de artistas famosos, eventos culturales (cine, teatro, pintura, danzas, etc.), peñas en las calles, ferias gastronómicas, etc.; algo que vaya más allá de fiestas sociales, reinas radiantes y waripoleras con prototipo de Barbie. Creo que los organizadores están en la capacidad de ofrecer mucho más, como dicen los ancianos se hacía en décadas pasadas. Es una empresa difícil pero no imposible que la Primavera en Trujillo vuelva a florecer.    
 

lunes, 22 de abril de 2013

acuosos agujeros

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El agua en Trujillo se ha convertido en un problema, ciudad enclavada, por hispana necedad, en las tierras fértiles de un verde valle, pero rodeada de páramos arenosos donde los emigrantes invasores mueren de sed. Sea el mar que día a día devora más litoral en Las Delicias, Huanchaco y Buenos Aires, sea por la napa freática —cada vez más alta por los avances acuosos del Proyecto Chavimochic— carcomiendo las bases de las casas de diversos sectores otrora pantanosos, ahora le toca enfrentar los aniegos de agua potable y servidas que amenaza con derruir las principales arterias del casco urbano.

“¡Tenemos en la calle un tremendo agujero!”, exclamó Claudia, mi esposa, hace un par de semanas tras llegar con el pan para el desayuno. “Seguro por las lluvias”, me apuré a diagnosticar, culpando al chaparrón que habíamos soportado la noche anterior y que agarran de lorna a las pistas recién asfaltadas por el régimen de Acuña Peralta. Al salir a trabajar me percaté del tamaño del agujero que abarcaba parcialmente nuestra fachada. Como la Avenida Carrión se ha convertido en zona de profuso tránsito vehicular —ruta alternativa por las obras del baipás de Mansiche— supuse que lo ‘arreglarían’ en un santiamén y no me equivoqué. De inmediato llegó un equipo que, mismo personal de los X-Files, acordonaron el lugar para evitar curiosos en la escena. En horas vespertinas, el impasse ya había sido ‘solucionado’, el forado se rellenó y afirmó con arena y luego le pasaron su capa de asfalto... Hace cinco días, no obstante, el boquete se volvió a abrir.  

Los ciudadanos de a pie —me incluyo— tenemos la pésima tara de no percatarnos de las cosas hasta que explotan en nuestras narices. Síntomas de esta problemática ya habían sido alertados por los medios de información hace meses, pero como ocurren en zonas y avenidas que usualmente no recorres, le das poca importancia. El sábado por la noche mientras acudía con la familia a deleitarnos con una pizza en el Metropolitain —vale el cherry porque es una de las mejores de la ciudad— en la misma intersección de las cinco esquinas, donde los semáforos se hacen eternos por confluir cuatro vías bastante recorridas, un micro cargado de pasajeros se hundió de manera dramática al ceder el asfalto, quedando buena parte de su trompa sumergida en un agujero de aproximadamente siete metros de diámetro. Escena aparatosa que por suerte no registró heridos que lamentar. Al día siguiente, desde temprano, un grupo de veinte trabajadores de una empresa contratada por Sedalib intentaba subsanar el quid del asunto: la rotura de una tubería matriz, dejando sin el abastecimiento de agua a once urbanizaciones a la redonda.

Maquillaje temporal porque en cualquier momento puede volver a colapsar.

En 1990 Kevin Bacon protagonizó Tremors, filme de horror en la que un pueblo enclavado en el desierto de Nevada es asolado por unos gusanos viscosos y carnívoros de gran tamaño que ocasionan temblores y grandes forados en la arena en pos de presas humanas. Nosotros no padecemos de ‘tremors’ pero sí de tuberías viejas que amenazan con hundir los cimientos de la urbe mismo Venecia.

En Trujillo existen 1.200 kilómetros de agua potable y alcantarillado, de los cuales el 80% tiene más de 60 años de vida útil. La gran mayoría de estas conexiones son de asbesto y cemento que por la erosión natural de tanta agua, pichi y caca se han corroído hasta el punto de desaparecer. La filtración de fluidos hace que la tierra ceda y se diluya y que el asfalto de la pista se parta como una oblea.

Sedalib es una empresa pública dedicada a suministrar el servicio de agua y alcantarillado a la ciudad. Durante muchos años estuvo manejada por la mafia aprista, utilizándola, en muchos casos, como su ‘caja chica’. Como empresa que depende directamente de la municipalidad, al partido de Acuña le costó mucho por erradicar a unos funcionarios enquistados en sus oficinas, protegidos por el régimen de Alan. Recién con Ollanta en el poder, el actual gobierno edil ha podido tomar las riendas como le corresponde, heredando los pasivos de tanta agua turbia y la negligencia de no atender un problema que hace muchos años se veía venir (el tiempo útil de una tubería de cemento es de 15 años).

Para cambiar los tubos obsoletos de agua y alcantarillado se necesita una inversión de mil millones de soles, partida que Sedalib debe gestionar ante el Ministerio de Vivienda. No estoy al tanto si la actual administración viene gestionando la solución de este problema, pero mientras tanto no nos queda más que rogar que la tierra no nos trague cuando nos movilicemos en algún vehículo o crucemos a pie la pista.

Como se vanagloriaba el anterior régimen aprista: “El Perú avanza”. 

Fotografías tomadas de la edición web del diario La Industria.

viernes, 28 de diciembre de 2012

los trujillanos y la independencia

Para saber de los actos y entretelones acontecidos antes y después del 29 de diciembre de 1820 en Trujillo, debemos recurrir, invariablemente, a Anales del Departamento de La Libertad en la Guerra de la Independencia, la obra mejor informada y documentada sobre este proceso clave en la emancipación americana. Su autor, el ilustre huamachuquino Nicolás Rebaza, tuvo la oportunidad  de conocer de primera fuente los testimonios de varios protagonistas de esa gesta, así como el acceso a diversos documentos que hoy, lamentablemente, se encuentran perdidos. Escrito entre 1895 y 1897 y publicado en este último año cuando el doctor Rebaza ya había fallecido, es una obra que todo trujillano culto debería leer, pues si bien son hechos acontecidos hace doscientos años, la implicancia de los mismos sirven para reflexionar sobre el país que quisimos formar y aún no lo logramos consolidar.
 
La edición que poseo de los Anales... es de febrero de 1971, impresa en Trujillo —en los talleres de Edigrafi, en la avenida Moche— con introducción de Héctor Centurión Vallejo y un prólogo breve de Ricardo Palma. Si bien no tengo pruebas, motivos o intenciones de refutar las tesis del autor —tamaña insolencia de un aficionado a la historia hacia un historiador de polendas— me parece, sin embargo, que el libro peca de ofrecer una visión condescendiente y laudatoria de la población trujillana, cayendo en generalizaciones que particularmente me cuestan digerir, aún cuando los hechos le dan toda la razón al autor. Cómo fue que el trujillano criollo, orgulloso de su estirpe y linaje español, abrazó con entusiasmo la causa de la libertad es una pregunta que Rebaza no logra responder a cabalidad. Cita como argumento que todos los pueblos, llegado el momento, alcanzan la madurez y buscan entonces liberarse de sus mayores y conducir sus acciones bajo la libre determinación, como aconteció, por ejemplo, en los Estados Unidos, pero ¿bullía en el trujillano de ese entonces esos genuinos deseos de libertad? Eso es algo que me cuesta creer por los siguientes motivos:
 
A. Desde 1535 —año de fundación de la ciudad de Trujillo— a 1820 nunca se produjo un solo movimiento insurgente en todo el norte del virreinato. Todos los movimientos acontecidos previamente en el Perú se desarrollaron en el centro y sur del Perú y a todos los movía un componente de reivindicación en torno a la figura del indio o del pasado incaico. Eso sucede con la insurrección de Santos Atahualpa en la ceja de Selva, Túpac Amaru en el Cusco, Túpac Catari en La Paz, con Aguilar y Ubalde también en el Cusco y con Pumacahua (quien combatió a Túpac Amaru con estandarte realista décadas atrás) y los hermanos Angulo en Arequipa.
 
B. Trujillo era una urbe cuyas calles y costumbres eran una réplica de cualquier villa española. Muchos chapetones se afincaron aquí por encontrarla similar a su madre patria. Ninguna sociedad tan goda como la trujillana virreinal, de ahí que les chantaran el mote de ‘pantorrilludos’, a decir de Ricardo Palma. 
 
C. Si realizamos un análisis sociológico de Trujillo en 1820, encontraremos que sus vecinos eran personas de mentalidad cerrada, prejuiciosas y de poco trato amical. Una clase orgullosa de sus títulos nobiliarios —netamente españoles— y cuyo comportamiento jerárquico había dividido al pueblo en diferentes estratos. Una enorme muralla con sus cuatro portadas —Huamán, Mansiche, Moche y la Sierra— dividía al mundo indígena del hispano. Una sociedad entregada a las apariencias —no había peor mácula que carecer de peculio—, siempre ostentosos, incluso para asomarse a la ventana. Organizaban grandes saraos y pomposas actividades sin nunca atreverse a salir del perímetro de lo que hoy es la avenida España. Las contadas ocasiones que salían de los muros eran para pasear en la campiña de Moche o refrescarse en el mar de Las Delicias. El principal pasatiempo era el chisme y estar al tanto de la vida de los demás. Tan poco dados a controlar sus lenguas, las denuncias por ofensas y difamaciones eran tinta común en las dependencias.
 
D. No existen pruebas o registros de que los trujillanos formaran logias o se reunieran en secreto, conspirando en busca de la libertad, como sí sucedía en ese entonces en Lima y quizá en otros puntos del virreinato. Es cierto que nuestros mayores, debido al tiempo libre en exceso —ya que los indios trabajaban por ellos— eran dados a la lectura, pero era muy difícil que tuvieran acceso a las obras de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y otros representantes de la Ilustración Europea y por ende a las ideas cuestionadoras del orden monárquico o del absolutismo. El único claustro donde se podían intercambiar algunas ideas reaccionarias era en el colegio San Carlos y gracias a uno que otro docente como José Faustino Sánchez Carrión. Salvo el nombre anteriormente mencionado y el chachapoyano Antonio de Andueza, Trujillo no aportó preclaros intelectuales en el proceso de la Independencia. En pocas palabras, antes de noviembre de 1820, en esta urbe no hervían ideas liberales, al menos no grupalmente.
 
E. Los trujillanos eran muy fieles a los mandatos de la Santa Iglesia, al punto que para que una pareja formalizara su noviazgo, debían de gozar primero del visto bueno de los curas, al igual que para la elección de los nombres en la pila bautismal. Muy pegados a las faldas sacerdotales, era obvio también que se dejaran influenciar por sus ideas retrógradas ya que la mayoría de prelados —salvo honrosas excepciones— miraban con malos ojos los movimientos libertarios por temor de perder influencia en el rebaño emancipado, como sucedió tras la Revolución Francesa. Habría que imaginar cuán dramáticas serían las homilías en el púlpito, acusando a los libertos de ser manipulados por el Diablo, causando graves impresiones en la crédula feligresía.   

F. Las guerras de independencia ni en Buenos Aires o Caracas contaron con el apoyo al cien por ciento de la población. Todas fueron iniciativas de españoles nacidos en estas tierras, la mayoría de una posición muy acomodada, tanto que resulta irrisorio hablar de ‘tiranía’ o de ‘yugo de la esclavitud’. Se trataba del anhelo de varios criollos por conducirse sin ningún tipo de injerencias de la madre patria, pero es bastante probable que no siempre contaran con mayoría absoluta. Podría afirmar que para 1820 la opinión pública peruana —en la que los indios, negros y mestizos no contaban— estaba dividida entre ‘patriotas’ y ‘realistas’, es decir dos facciones enfrentadas en lo que a todas luces fue —y nadie menciona— una guerra civil. Si echamos números, en las batallas de Junín y Ayacucho hubo más soldados peruanos en las tropas realistas que en las patriotas que, encabezadas por el Mariscal Sucre, eran una amalgama de colombianos, venezolanos, argentinos, chilenos y ...un porcentaje de peruanos. 

Con todos estos argumentos resulta difícil creer que los trujillanos hayan acogido el ‘entuerto’ de la independencia con tanto entusiasmo y en el transcurso de un mes, desde que José de San Martín estableció contacto epistolar con el Marqués de Torre Tagle —noviembre— y cuando el Marqués, rodeado de varios vecinos notables de la ciudad, se decidieron por la libertad en lo que hoy es la Casa de la Emancipación —24 de diciembre—. Mi argumento de simple aficionado al asunto es que todos estos prohombres más que motivados por una genuina motivación de despercudirse de la Corona, los motivaron otros intereses políticos y económicos. Era sabido por ellos mismos que la Guerra de la Independencia ya había rendido sus frutos en el Río de la Plata y en Chile en el sur, había liberado a la Gran Colombia por el norte y que irremediablemente el virreinato del Peú correría el mismo destino. Entonces, no acomodarse ante el Nuevo Orden que se avecinaba, era pues quedarse afuera de un proceso de reforma en los que nuevos poderes e intereses estarían por surgir (y repartir).

Vale reconocer sin embargo que, una vez declarada la Independencia, nuestra urbe se entregó en cuerpo y alma a la causa emancipadora ya sea con recursos pecuniarios —de los bolsillos de muchos vecinos— o con soldados, formándose un batallón, llamado justamente ‘Trujillo’, que peleó bajo las órdenes de Sucre en la batalla de Pichincha que le dio la libertad a la Audiencia de Quito en 1822. De Trujillo salieron combatientes para luchar —y masacrar— a los vecinos de Otuzco (batalla de Urmo) y Moyobamba (batalla de Higos-Surco) por negarse a abandonar su filiación realista. Es cierto también que a pesar de su prosapia española, después del grito de libertad no hubo ni un intento de marcha atrás o algún movimiento pro-realista en este suelo como si las hubieron en Cajamarca, Cajabamba y la propia Arequipa (poblaciones a las que Simón Bolívar despreciaba, calificándolas de ‘Godas’).     

“Hay que cambiar todo, para que nada cambie”, se repite en El Gatopardo de Lampedusa, donde una noble familia observa impávida los cambios que traerá a Sicilia la guerra por la unificación italiana, la premisa en Trujillo funcionó como anillo al dedo, al punto que conseguida la independencia, los trujillanos continuaron con sus habituales costumbres, el mismo abolengo, la misma cucufatería, el mismo boato, y los indios, negros y mestizos continuaron siendo los mismos marginados.

La figura virreinal se mantiene hasta hoy.                         

lunes, 27 de agosto de 2012

la estatua de víctor raúl

César Acuña adolece de carisma, sin embargo sería una mezquindad no reconocer que lo poco que ha hecho vale más que los veintitantos años de gestión aprista. Durante su primer periodo (2007-2011), aparecieron los centros comerciales que, para bien o para mal le cambiaron la faz a la ciudad, reubicó a los escolares del Centro Viejo y, a pesar de las resistencias, convirtió las cuadras principales de Pizarro en paseo peatonal, beneficiando al comercio, el turismo y el medio ambiente del centro histórico. La obra más resaltante de su segundo periodo ha sido, a la fecha, la doble vía de la avenida Miraflores hasta el cementerio. Otras, como la innecesaria remodelación de las avenidas Húsares de Junín y Los Incas o de distintos parques, son labores de discutible utilidad o trascendencia. No obstante, el alcalde tiene en manos dos proyectos que sí le podrían granjear un sitial en la historia de Trujillo: el terrapuerto y el baipás de Mansiche, y ambas obras justamente vienen siendo cuestionadas por los apristas, sin mayores argumentos, salvo su celo político.   

El terrapuerto ubicado en lo que fueran las instalaciones de Modasa Motores Diesel Andinos garantizaría orden, limpieza y mayor seguridad en el transporte interprovincial. Disminuiría la informalidad, mejoraría el medio ambiente pues ya no veríamos buses pesados recorriendo la ciudad y las terminales de tantas empresas dentro del casco urbano podrían ser aprovechadas para más proyectos habitacionales. Los apristas, sin embargo, cuestionan el proyecto aduciendo irregularidades en la licitación a favor de un consorcio peruano-ecuatoriano y al monto del presupuesto.

El baipás de Mansiche es más ambicioso. Fuera de descongestionar, ordenar el tráfico en cuatro o cinco vías y hacer que no sea tan engorroso el ingreso a la ciudad para los vehículos que llegan del norte y de Huanchaco, sería una obra de gran impacto simbólico pues le daría a la urbe un aire de modernidad que todavía carece, sería el empujoncito para que Trujillo deje de ser un ‘pueblo grande’ y se convierta en una ‘ciudad en crecimiento’. Salvando las distancias, el baipás de Mansiche significaría para Acuña lo que el zanjón para Bedoya y sospecho que eso es lo que temen sus enemigos.   

El argumento de los apristas para boicotear el baipás no son muy técnicos o racionales que digamos. Aducen a un sentimentalismo partidario debido a que el alcalde anunció que el monumento erigido a la memoria de Haya de la Torre estorba el proyecto, por lo que sería removido y colocado en otro lugar. Bajo el argumento de que este hecho atentaría contra la memoria, el aprismo y la identidad del pueblo trujillano, muchas figuras —o cadáveres políticos— han salido de sus cuarteles de invierno para protestar, llegando a pedir una acción de amparo —totalmente improcedente— en los tribunales.

Víctor Raúl, por supuesto, fue un gran hombre. Ideólogo y protagonista del Perú del siglo XX. Posiblemente el trujilano más ilustre de la historia. Lo más cerca que estuve de él fue cuando tenía siete años y viajaba a Lima en una Datsun pick-up que mi padre tenía en ese entonces. A la entrada de Pativilca, la congestión del tránsito hizo que fuera imposible avanzar por lo que nos apeamos y vimos desfilar ante nuestras narices el cortejo fúnebre de Haya, a quien traían a pie desde Lima a Trujillo, seguido por todas las figuras del aprismo y una multitud de simpatizantes que vitoreaban su nombre, por lo que nuestra estadía en la carretera se prolongó por buen rato. El impacto que me produjo me ayudaría para comprender más tarde que ese hombre era una especie de mesías, un ser sobrehumano, casi una religión, seguramente merecedor de todos los tributos que se le profesan.    

En Trujillo por lo menos debe existir una veintena de lugares con su nombre, entre calles, avenidas, estadios, comedores populares, etc. Incluso en los estertores del primer gobierno de Alan, cuando la inflación ya se le había escapado de las manos, circuló un billete con su efigie, cuyo valor era de 50 millones de intis, de un sospechoso color fucsia que sirvió para que los sacrílegos y enemigos del aprismo se burlasen, trayendo a colación su supuesta —y nunca comprobada— homosexualidad. “¿Sabes cómo reconoces si un billete de 50 millones no es chueco? —se mofaban—, ráscalo por la espalda y si Víctor Raúl sonríe, es verdadero”.      

Mi gran amigo —y maestro—, Juan de Dios Cubas, primer presidente de La Libertad (1990-1992) hasta que fue destituido por el autogolpe de Fujimori, intentó agregarle el nombre de Haya de la Torre a la región, cosa que años después generó una álgida discusión entre ambos, cuando osé criticarle, entre copas,  el que nos haya querido cambiar el gentilicio de ‘liberteños’ por el de ‘hayatorrinonaringólogos’. ‘Cubitas’, como lo llamaba Haya, me respondió: “Es que los trujillanos blanquitos y pituquitos como tú, jamás han querido aceptar sus ideales de justicia social”. Mi querido Juan se equivocaba, nunca estuve enfrentado a las ideas del viejo ni del aprismo original, pero sí contra el culto hacia las personas.

En 1996 —un año después de celebrar el centenario del natalicio de Víctor Raúl—,  el municipio de Trujillo inauguró el monumento al fundador del aprismo, una estatua con más de cinco metros de alto, ubicada en un óvalo que no tiene forma de óvalo sino de plazoleta al que se le dio, para variar, su nombre. La magnitud de la obra, “como el David de Miguel Ángel”, según me manifesto en una entrevista el artista Mariano Alcántara, uno de los impulsores de la obra, presenta, sin embargo, un error grosero: vemos a Haya alzando la mano derecha y no la izquierda como fue en vida su saludo característico, salvo que la intención haya sido que el líder vaticine el cambio de doctrina de su partido en el segundo gobierno de Alan, saludando a la embotelladora de la Coca-Cola —ubicada a un costado de la estatua—, la marca norteamericana por excelencia, símbolo del imperialismo que intentó infructuosamente combatir. 

Si los apristas no fueran tan necios, permitirían que el monumento sea trasladado a otro lugar. Acuña jamás cometería la torpeza política de retirarla en definitiva o colocarla en un lugar de dudoso gusto como la sirenita de Víctor Larco, condenada a sucumbir ante la erosion marítima (que el gobierno regional, presidido por apristas, es incapaz de contrarrestar). Yo propondría situar la estatua de Víctor Raúl en el óvalo a Huanchaco dándole la bienvenida a quienes llegan a la urbe por el aeropuerto, o en el óvalo Moche, saludando a quienes vienen desde el sur. Estoy seguro que se luciría mucho más que en su ubicación actual, al igual que la pileta de agua que lo acompaña y que pasa totalmente desapercibida.   

Como me dijo hace unos días mi buen amigo y cliente, Carlos Fernández: “la única obra grande que he visto en Trujillo, fue cuando se construyó el coliseo cerrado Gran Chimú en los tiempos de Velasco”. Y es cierto. Han pasado muchos años y no es justo que nuestra ciudad sufra tanto atraso. Una estatua o un baipás, honestamente, ¿qué elegiría usted?

lunes, 20 de agosto de 2012

batallas en La Libertad (parte II)

Segunda parte de las batallas y conatos que tiñeron de sangre el suelo de La Libertad. Han pasado 80 años desde la última asonada y el trujillano de hoy, pasivo y aletargado ante cualquier circunstancia adversa a sus intereses, no parece reflejarse con el trujillano de antaño.


La batalla de Huamachuco  

Se podría creer que la batalla final entre peruanos y chilenos fue por expulsar al invasor del territorio patrio, nadie en los colegios menciona que el verdadero motivo fue proteger el gobierno de Miguel Iglesias en Cajamarca, favorable a los intereses chilenos, del intento de derrocamiento por parte de Cáceres. Una perla más que demuestra que en la Guerra del Pacífico los enemigos de los peruanos no eran los mapochos, sino los propios peruanos. 

El coronel Miguel Iglesias emite el 31 de agosto de 1882, tras la batalla de San Pablo, un manifiesto desde la hacienda de Motán, llamando a firmar la paz entre Perú y Chile, aceptando la cesión de la provincia de Tarapacá. Andrés Avelino Cáceres se opuso a firmar la paz bajo esas condiciones.  

En enero de 1883, Iglesias se autoproclama Presidente Regenerador de la República y sus enviados a cargo de Juan de Lavalle inician la negociación de paz con los chilenos en Chorrilos. El 9 de febrero, Patricio Lynch, jefe de las huestes invasoras, recibe del presidente Santa María la orden de reforzar el mando de Iglesias, convencido de que con él se firmaría la paz según sus intereses. El 3 de mayo, se acuerda la basa del Tratado de Ancón entre Lynch e Iglesias, quien rubrica un convenio inicial desde Cajamarca. 

Cáceres, quien había liberado a la sierra central de presencia chilena, estableciendo su cuartel general en Tarma, ordena al coronel Isaac Recavarren llegado desde Arequipa por encargo de Lizardo Monteroa reorganizar las tropas para marchar al norte con el fin de deponer el gobierno de Iglesias. 

Lynch envía a León García, a través de Canta, y a Del Canto, a través de Lurín, para atacar a Cáceres. Acompañaban a las tropas de García dos coroneles peruanos afines a Iglesias, Manuel Vento y Luis Millón Duarte. A su vez, a través del prestamista Mariano Castro Saldívar, el jefe invasor adquiere armamento para las hordas leales a Iglesias, lideradas por Vidal García en Trujillo y Genaro Carrasco en Piura. Cuando León García arriba a Tarma el 21 de mayo y el 26 Del Canto no encuentra a Cáceres, quien cinco días atrás había marchado hacia Huaraz para reunirse con Recavarren. Lynch decide entonces enviar al coronel Alejandro Gorostiaga desde Trujillo a Huamachuco para cortar el avance de los rebeldes hacia Cajamarca. Quedaba en Trujillo Herminio González con 600 hombres. 

El 5 de junio, el gobierno de Lizardo Montero y el Congreso de Arequipa nombran a Cáceres Segundo Vicepresidente de la República. En esas circunstancias, Gorostiaga deja Huamachuco y marcha hacia Huaraz con mil hombres y cuatro cañones. 

El 20 de junio, las fuerzas de Cáceres se reúnen con las de Recavarren en Yungay. Cáceres decide evitar a Gorostiaga cruzando la cordillera por la laguna de Llanganuco y llega a Pomabamba el 26 de junio. Para despistar al chileno Arriagada, a cargo de las tropas conjuntas de León García y Del Canto, quien venía tras sus pasos, propaló el falso rumor de que se dirigiría al sur, provocando que el enemigo en su cacería inútil perdiese 571 de sus 2.870 soldados por enfrentamientos con montoneros, enfermedades y deserciones. Gorostiaga llega a Sihuas el 25 de junio, pero al ver los caminos y puentes inhabilitados, retorna a Huamachuco a la espera de González, quien parte de Trujillo, dejando la plaza desprotegida, oportunidad que aprovecha el coronel José Mercedes Puga leal a Cácerescon sus huestes organizadas en Cajamarca para tomar la ciudad. 

El 7 de julio, Cáceres llega a Tres Río y mediante consejo de Guerra propone dar batalla. Contaba con 1.380 hombres del ejército del centro y no más de 500 del destacamento del norte. La infantería estaba armada con fusiles Peabody Martini, Remington, Gras repotenciado a bala Comblain (capturado a los chilenos en escaramuzas anteriores) y viejos Minié, pero carecían de bayonetas. La caballería con carabinas Peabody Martini, Spencer y Minié, pero sólo la escolta tenía sables. Los artilleros con carabinas Winchester modelo 1866, ocho cañones de bronces y cuatro de acero, de diversos sistemas y calibres.  

El enemigo en cambio contaba con 1.736 hombres, incluyendo jefes, oficiales y el efectivo del parque. La infantería estaba armada con fusiles Gras repotenciado a bala Comblain y bayonetas. La caballería y artilleros con carabinas Winchester 1873, sables ingleses y siete cañones de montaña Krupp de calibre 75 mm.  

El 8 de julio, Cáceres decide no tomar el camino de Santiago de Chuco para llegar al poblado sino el camino de Escalerillas, por la cordillera de Huaylillas, ocupando las alturas de Cuyulga al sureste de Huamachuco. Ordenó al coronel Francisco de Paula Secada atacar la plaza desde el cerro Santa Bárbara, al coronel Pedro Silva por la derecha del poblado y a Recavarren por la izquierda. Encontrándose en desventaja, las fuerzas de Gorostiaga se retiran de Huamachuco y se trasladan al norte, a las alturas del cerro Sazón, donde los muros pre-incaicos les sirven como defensa.  

El 9 de julio, algunas tropas de Cáceres que ocupaban Huamachuco, se acercan al cerro Sazón e intercambian disparos de fusil con las fuerzas chilenas.  

El 10 de julio, Gorostiaga desplaza dos regimientos en dirección al cerro Cuyulga, antes que las fuerzas del coronel Puga, apostadas en Trujillo, se reúnan con las de Cáceres. Protegidos por la neblina, desciende del cerro Sazón las compañías del ‘Zapadores’ con dirección al Santa Bárbara. Cáceres envía compañías del ‘Cazadores de Concepción y Marcavalle’, al mando del coronel Juan Gastó, a cargar contra ellos, logrando que los chilenos se replieguen de nuevo en el cerro Sazón. Gorostiaga también mueve sus piezas y envía a las compañías del ‘Concepción’ y del ‘Talca’ a enfrentarse a la división de Germán Astete. El combate se entabla en el cerro Conochugo hacia donde Gorostiaga envía refuerzos para proteger a la caballería y artillería. Mientras tanto, el regimiento ‘Talca’ se bate contra las compañías de Manuel Cáceres.  

Al mediodía, las fuerzas peruanas escalan el cerro Sazón y ocupan su base y las laderas. El combate se libra en la pendiente del cerro. Cáceres ordena a la artillería a apuntar hacia la cima pero, para su mala suerte, las tropas se quedan sin municiones y tienen que enfrentarse, cuesta arriba, solo con las culatas de sus fusiles. Viendo la oportunidad, Gorostiaga envía a la carga el escuadrón ‘Cazadores a Caballo’. La infantería peruana se ve doblegada y retrocede a punta de bayonetas. Ante el cambio de situación, Cáceres ordena a la artillería retornar a su posición original para cubrir la retirada, pero ya era tarde, la caballería chilena se hace dueña del campo.  

Cáceres, seguido de su escolta, logra reagrupar al batallón ‘Tarma’ y los arenga para realizar una última resistencia. Atacados por la infantería y caballería chilena, el batallón fue hecho mierda y sucumbió la mayor parte de la escolta general. El teniente Abelardo Gamarra, testimonia así el final de la batalla: Sangriento fue el combate del Tarma, que hecho pedazos en una lucha desigual, vio al caudillo sereno y valeroso que le conducía hasta aquella tumba de gloria, abrirse paso revólver en mano en medio de la caballería enemiga, acompañado de su secretario Florentino Portugal, después de haber visto caer a su ordenanza Oppenheimer. La infantería chilena, con el apoyo de dos piezas de artillería, ocupa el cerro Cuyulga.  

Consumada la derrota, los chilenos persiguieron a los dispersos. La caballería intentó infructuosamente capturar a Cáceres. Los coroneles Recavarren y Leoncio Prado, quienes se hallaban heridos, fueron retirados del campo por sus soldados, sin embargo, Prado fue capturado poco después y fusilado postrado en una cama.

Las fuerzas de Cáceres sufrieron 800 bajas (50% de sus efectivos). El parte de Gorostiaga indica que encontró 500 muertos en el campo de batalla y 300 en las alturas. Según el historiador chileno Encina, el propio Gorostiaga admitiría haber ejecutado posteriormente a la batalla, a 200 desertores del ejército chileno, enrolados en el otro bando. La suma de 800 subiría a 900 por los prisioneros y heridos ejecutados, aduciendo que formaban parte de un ejército irregular o montonera por lo que no merecían ser considerados como ‘prisioneros de guerra’. Las bajas, según Gorostiaga, de su tropa fue de 150 hombres (el 10% de su tropa). 

Después de la batalla, Cáceres se retira a Ayacucho donde organiza un Nuevo ejército con Justo Pastor Dávila. El 20 de octubre de 1883 se firma el Tratado de Ancón, quedando pendiente la promulgación por el congreso peruano. El 25 de octubre, una revuelta depone el gobierno de Montero en Arequipa, quien se exilia en La Paz, y las tropas chilenas ocupan la ciudad. En las siguientes semanas, el ejército de Cáceres con mil reclutas y dos cañones salvados del desastre de Huamachucose enfrentaría en distintas escaramuzas con las fuerzas de Iglesias que contaban con el apoyo de Chile, pero no pueden impedir que el 8 de marzo de 1884, el gobierno de Miguel Iglesias promulgue el Tratado de Ancón.


La Revolución de 1932 

Sin ánimo de desmerecer, u ofender, a los apristas, que todavía quedan muchos en Trujillo, es oportuno aclarar que el término ‘revolución’ le queda grande. La acción fue una asonada, una revuelta, pero no una revolución que implica un cambio de impacto muy profundo en la sociedad, cuyos efectos se prolongan en el tiempo. La revolución del ’32 no cambió nada en Trujillo y menos en el Perú.  

En la década de 1920, Trujillo y los valles azucareros colindantes vivieron la gestación y crecimiento de una organización sindical que agrupaba a los campesinos de las haciendas y a la intelectualidad urbana. Zonas como Casa Grande, Cartavio y Laredo se convirtieron en bastiones del APRA, partido de marcada orientación socialista.  

Tras el derrocamiento del gobierno de Augusto B. Leguía en 1930, al año siguiente se convocaron elecciones generales, resultando vencedor el candidato de la Unión Revolucionaria, el en ese entonces presidente de facto, Luis Sánchez Cerro sobre el candidato del recién fundado Partido Aprista Peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, de fuerte arrastre político en Trujillo y todo el norte del Perú.  

Aduciendo fraude, los apristas hicieron extensivas sus protestas, generando un estado de ingobernabilidad. El 8 de enero de 1932, Sánchez Cerro perpetró un autogolpe y publicó una ley inconstitucional en la que quedaban proscritas todas las libertades políticas y permitía la detención de cualquier ciudadano sin mandato judicial. Los principales miembros del partido aprista fueron perseguidos y el 6 de julio, Haya fue apresado en Lima. Entonces, las demandas por el fin del gobierno sanchezcerrista y la liberación del líder aprista se volvieron incontenibles en la región. 

En la madrugada del 7 de julio, un grupo de insurgentes, compuesto fundamentalmente por obreros y campesinos se dispusieron a tomar por asalto el cuartel de artillería Ricardo O’Donovan, ubicado a la entrada de la ciudad, en lo que hoy son las instalaciones de la O.R. en la avenida España. Manuel —el 'Búfalo'— Barreto, líder de la revuelta, fue quien derribó las puertas y por eso, fue el primero en caer de un balazo en la garganta y otro en los testículos. El cuartel fue saqueado por los revoltosos, distribuyéndose los seis cañones móviles, fusiles y ametralladoras. Durante la mañana, Trujillo fue tomado y se nombró como prefecto máxima autoridad civil a Agustín Haya de la Torre, hermano de Víctor Raúl. Los distritos aledaños también se sumaron a la revuelta. 

El gobierno de Sánchez Cerro ordenó el 8 de julio un ataque aéreo para aplacar la rebelión, siendo el primer ataque a población civil protagonizada por una flota de aviones en el Perú. Mientras tanto, se movilizaron tropas desde Lambayeque y el regimiento de infantería N° 7 se disponía a desembarcar en el puerto de Salaverry. 

El 9 de julio, diez oficiales del ejército y quince policías capturados durante la insurrección fueron asesinados, entre ellos estaban dos oficiales de apellidos Ortega y Villanueva, culpables de asesinar algunos militantes apristas en Paiján y el mismo Trujillo en diciembre de 1931. Ese mismo día, las tropas del regimiento N° 7 fueron rechazadas por los insurgentes en la zona denominada La Floresta.  

Hasta el lunes 11 de julio, las barricadas del pueblo armado logró contener la embestida de las fuerzas gubernamentales, provocando numerosas bajas en ambos bandos. En aquella madrugada, tras un intenso bombardeo aéreo y terrestre, un gran despliegue de tropas ocuparon la ciudad. La lucha se libró calle por calle. En la Portada de Mansiche, un grupo de francotiradores, dirigidos por Carlos Cabada, contuvo el avance del ejército, ayudando a fortalecer las defensas dentro de la urbe. En la plazuela El Recreo, una dama de nombre María Luisa Obregón, llamada ‘La Laredina’, condujo la resistencia disparando ella misma una ametralladora. Los soldados eran recibidos con disparos y con cualquier objeto contundente arrojado por los rebeldes desde los techos con cánticos y lemas alusivos al aprismo. Fue el profesor Alfredo Tello Salavarria quien se mantuvo frente a las últimas trincheras, en el barrio de Chicago.  

El 18 de julio, el jefe de operaciones, coronel Luis Bravo, informó tener el control territorial, luego de cometer numerosas represalias contra la población civil en Chepén, Casa Grande, Ascope, Cartavio y Mansiche. Una Corte Marcial, sin ninguna garantía e independencia, dictó pena de muerte contra 102 personas sindicadas como principales responsables del alzamiento. Debido a que muchos se encontraban fugitivos, la pena solo se pudo aplicar a 42 detenidos, quienes fueron dirigidos a la ciudadela de Chan Chan, obligados a cavar las fosas que se convertirían en sus tumbas y luego fusilados el 27 de Julio. Sin embargo, se calcula que otros 5 mil civiles, vinculados al partido aprista, fueron abaleados de forma extrajudicial.  

Esta insurrección y su terrible represión, marcaron por mucho tiempo la identidad política de Trujillo, bastión del aprismo, y del norte del Perú. Significó también una animadversión entre el APRA y las Fuerzas Armadas que recién se pudo conciliar en el primer gobierno de Alan García. 

En la mañana del 30 de abril de 1933, Sánchez Cerro abandonaba el hipódromo de Santa Beatriz (hoy Campo de Marte) tras pasar revista a las tropas que iban a combatir en el conflicto armado contra Colombia. En eso, un individuo se subió al estribo del carro y le encajó varios disparos por la espalda. Herido de gravedad, fue llevado de emergencia al Hospital Italiano (ubicado en la avenida Abancay) donde fallecería luego de tres horas de agonía. Su asesino se llamaba Abelardo Mendoza Leyva, natural de Cerro de Pasco, que sobrevivía en Lima realizando cachuelos y que... estaba afiliado al partido aprista.