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domingo, 10 de agosto de 2025

yungay y la furia del huascarán

Siempre creí que Santo Domingo de Yungay se ubicó a las faldas del Huascarán. La verdad es que se hallaba en un valle plano, a una veintena de kilómetros en línea recta. Creía también que Nueva Yungay era un pequeño asentamiento, remedo de lo que fue alguna vez, a considerable distancia de donde cayó el aluvión. El pueblo, capital de provincia, ha crecido hasta colindar temerariamente con los terrenos siniestrados, expuesto a la peor consecuencia si es que la desgracia volviera a acontecer. Pocos de los supervivientes de 1970 se afincaron en el lugar. La mayoría emigró y familias de otros lares —y de otra prosapia— se les invitó a repoblar las inmediaciones. Hoy se extiende a ambos lados de la carretera y supera con creces en tamaño a la original, pero su moderna infraestructura carece de su antigua hermosura. Cuenta, incluso, con un estadio de fútbol de tribuna celeste donde el Deportivo La Perla Negra juega de local.

El tour a la laguna de Llanganuco parte de Huaraz y pasa por Carhuaz, famoso por sus helados artesanales. Los más reputados son los de Porvenir, en la plaza principal. Los visitantes hacen cola para degustar los sabores tradicionales y otros exóticos como el de palta, cerveza, rocoto, etc. El Callejón de Huaylas se extiende por 180 kilómetros, encajonado entre las cordilleras Negra y Blanca. Desde Carhuaz a Yungay la carretera transita en medio de ambas, en un terreno verde donde predominan los maizales entre otros sembríos.

Para llegar a la laguna, se atraviesa Yungay, se sube por una pendiente hasta que se interrumpe el asfalto y se sigue por una vía afirmada y serpenteante que desde lo alto te permite una vista maravillosa de todo el valle. Tras una hora de dar vueltas por las laderas, arribas a la entrada del Parque Nacional de Huascarán, patrimonio cultural de la humanidad desde 1985, con una veintena de nevados que superan los seis mil metros, más de cuatrocientas lagunas y bosques tupidos que albergan pumas, zorros, osos de anteojos y otras especies en peligro de extinción.

Llanganuco se encuentra a los pies del Huascarán. El paisaje es magnífico. Aparte de bloqueador, es recomendable echarse repelente por los insectos que pican y sacan ronchas. Las aguas de la laguna son turquesas y permite que en las orillas se pueble de totorales. Su belleza atrae a turistas que, a un precio módico, pueden trasladarse en bote. El remero que paseó a mi familia nos comentó que recibe una buena paga por los treinta paseos que realiza al día. Nos habló también de su origen mítico. El dios Inti tuvo una hija llamada Huandy quien se enamoró de un mortal, un soldado plebeyo de nombre Huáscar. Cuando el dios se enteró que los jóvenes se citaban a escondidas, montó en cólera y los transformó en montañas, el Huascarán y el Huandoy, condenándolos a vivir separados, pero mirándose frente a frente. La tristeza hizo que los enamorados arrojaran lágrimas y del llanto de Huandy se formó Chinacocha (laguna hembra) y del llanto de Huáscar, Oroncocha (laguna macho) y ambos se aparean cuando sus aguas se juntan. Luego del paseo, es recomendable visitar a las vianderas que ofrecen cachangas, papa rellena broaster —con la recubierta más chamuscada y crocante—, choclo tierno con una rodaja de queso y un buen vaso de quinua caliente.    

De retorno a Yungay, nos detuvimos en El Mirador que ofrece una vista espectacular de los dos picos del Huascarán. Ver la blancura del nevado tornarse rosado salmón por la luz del ocaso es alucinante. El pico norte es más ‘pequeño’. Mide 6654 metros y su cima es aplanada, casi en forma de meseta. La montañista Annie Peck alcanzó la cumbre en 1908. El pico sur mide 6757 metros, aunque oficialmente se asegura que son 6768 metros. Su cima es más puntiaguda que la de su hermana y la conquistó una expedición austro-alemana en 1932. A lo largo de los años ha cobrado la vida de varios montañistas. En 2025, la última fue una japonesa que lograron rescatar con signos vitales, pero falleció a causa de la hipotermia.    

El emplazamiento del antiguo Yungay ha sido cercado. Imagino que el nuevo pueblo ha invadido parte de sus terrenos porque las dimensiones que se conservan son modestas para una villa que gozó de considerable importancia en la región. Pregunté al guía en dónde se desarrolló la batalla de Yungay y me señaló un cerro al otro lado de la pista, llamado Pan de Azúcar, donde el 20 de enero de 1839 las tropas del chileno Manuel Bulnes derrotaron a las de Andrés Santa Cruz y se tumbaron la Confederación Peruano-Boliviana.

Para ingresar al camposanto de Yungay cobran entrada. Caminas y te encuentras con el museo de sitio donde te explican como se produjo el aluvión y el proceso de edificación de la nueva urbe. Falta, a mi criterio, más registros del pueblo colonial y republicano e información de la batalla que truncó que el Perú y el Alto Perú vuelvan a ser uno solo. A un costado se levantan los servicios higiénicos que cobran —y no deberían— por su uso, tiendas de suvenires y, más allá, el quiosco de raspadillas preparados con hielo —aseguran— extraído del nevado Huandoy.  

Te adentras en el campo y a la margen izquierda puedes visitar el cementerio, la única infraestructura del Yungay original respetada por el alud. Su diseño es vistoso. Las filas de nichos están dispuestas en cinco plataformas circulares que se superponen y se comunican por una escalera empedrada que conduce hasta la cima donde se alza una imponente estatua de Jesucristo de once metros, obra de un escultor yungaíno, bendiciéndote con los brazos abiertos, desde 1966, cinco años antes de la catástrofe. El diseño del cementerio corrió a cargo del suizo Arnoldo Ruska y su edificación inició en 1892. El arquitecto no vivió para ver su proyecto culminado. Falleció en 1903 y sus restos reposan en un sepulcro de loza negra en la tercera plataforma. Los actuales yungaínos han ampliado las hileras de nichos al pie del panteón. Cuando llegué había algarabía con banda de músicos y cajas de cerveza, adelantándose por mucho al día de los muertos.     

A la margen derecha te diriges a la ubicación de la ciudad antigua. El suelo terroso, con algo de hirsuta vegetación y una que otra mole lítica desprendida del nevado, dan la sensación de haber sido una villa de pequeñas dimensiones, pero vale recordar que la nueva urbe ha canibalizado sus inmediaciones. Al permanecer de pie en donde alguna vez estuvo la plaza principal, te embarga una extraña sensación al pensar que caminas como un profano sobre donde se hayan sepultadas casas y calles y los cuerpos de miles de personas que no tuvieron cómo escapar. Me dicen que a partir de las siete de la noche, el ambiente se enrarece y si se tiene la suficiente sensibilidad, puedes contactar con las almas de quienes todavía no aceptan que fallecieron bajo toneladas de lodo y piedras.

El 31 de mayo de 1970, a las tres y veintitrés de la tarde, un bloque de roca y glacial se desprendió de la parte norte del Huascarán, tras el terremoto de 7.9 de magnitud con epicentro en la costa de Chimbote. El aluvión descendió a 360 kilómetros por hora y en poco tiempo cubrió todo el pueblo, quedando como vestigio las cuatro palmeras de la plaza principal y que aún hoy, con el tronco encorvado, se pueden apreciar. Queda también un pedazo del templo y nada más. Solamente se salvaron los que pudieron correr a las zonas altas, los que se hallaban en el cementerio y los que asistieron al circo y fueron evacuados por el payaso ‘Cucharita’. Sólo cuatrocientas personas de las veinte mil que yacen enterradas. Las inmensas nubes de polvo hicieron imposible la asistencia inmediata en cuanto alimentos, medicinas y cobijo. Recién a los tres días pudieron aterrizar los helicópteros y asistir a los huérfanos y a los que se refugiaron en el cementerio, quienes se vieron obligados a profanar tumbas y abrigarse con ropa de muertos.       

Érase una vez un pueblo orgulloso de su hermosura, provisto de recursos naturales que lo hacían próspero y pujante, tanto o más que Huaraz y que en menos de cuatro minutos se borró del mapa. Caminas por el campo y te topas con recordatorios que llevan los nombres de familias enteras, enclavados en donde seguro se levantaban sus viviendas. Por más que hayan pasado cinco décadas, estar en el sitio te invade una profunda tristeza. Una cicatriz en nuestra historia imposible de sepultar.  

viernes, 8 de agosto de 2025

chavín alucinógeno

Siempre pensé que Chavín de Huántar se hallaba en un rincón desolado, de difícil acceso, cubierto de vegetación. Lo bueno de viajar es corregir tus equivocaciones, como la que tenía de Machu Picchu, creyendo que se ubicaba más arriba de Cuzco y ahora sé que se encuentra mil metros más abajo, en ceja de selva. El viaje toma tres horas desde Huaraz. Si vas en tour programado, puede demorar unas cuatro horas porque va a parar en los principales atractivos a lo largo del trayecto.

Recuay es el punto más meridional del Callejón de Huaylas y es el primer pueblo importante por donde serpentea el río Santa, que nace en la laguna de Conococha, recorre Huaraz, Carhuaz, Yungay, Caraz y de allí Huallanca, Yuracmarca, Tanguche y Santa, antes de desaguar en el Pacífico, fungiendo de límite entre Áncash y La Libertad. Protagonista del crecimento de la frontera agrícola costera a través de los proyectos Chavimochic y Chinecas, por viajar en agosto —temporada seca— sus aguas no parecen muy generosas, pero me advierten que en época de lluvias aumenta hasta veinte veces su caudal.

Salvo Huaraz, todos los pueblos del Callejón tienen sobrenombre. A Recuay se le llama ‘ladronera’ porque cuentan que ahí le robaron sus pertenencias al sabio Antonio Raimondi. Carhuaz, ‘borrachera’ por la forma como se la pegan los devotos de la Virgen de las Mercedes. Yungay, ‘hermosura’ por el paisaje y la majestuosidad del Huascarán. Caraz, ‘dulzura’ por la amabilidad de su gente y producir el manjarblanco más sabroso del Perú.

Después de Recuay, se pasa por Ticapampa y de allí a Catac, cuyos atractivos son el nevado Pastoruri —a un par de horas— y la laguna Querococha a casi cuatro mil metros de altura. Reza la leyenda que su origen se debe a la disputa de una enorme campana de oro —quero significa ‘oro’ en quechua— entre un guerrero huaracino y otro recuaíno. Ambos rodaron al precipicio con el preciado tesoro y de allí brotó el agua verde oscura que caracteriza a la laguna. Se dice que a la medianoche la campana repica fúnebre a la memoria de los dos guerreros. Habría que soportar el gélido viento que debe correr a esa hora para comprobarlo.

El paisaje de Querococha es el típico de la puna. El verdor le cede terreno al ichu amarillento que alimenta a las llamas y vacas acostumbradas al frío. En los cerros que rodean la laguna, se distingue una falla geológica que, milagrosamente, ha formado el mapa del Perú. Al menos en los folletos se nota clarito, pero in situ, por mucho que me esforcé, no conseguí a distinguirle la forma. Seguimos el trayecto y pasamos por el túnel Cauish, a 4500 metros, uno de los más altos del mundo. Dicen que, si pides un deseo y contienes la respiración a lo largo, se te cumple. Vamos a ver si Alianza Lima sale campeón este año.

Chavín de Huántar no sólo es un complejo preinca. Es un distrito, perteneciente a la provincia de Huari. Vive del turismo, la artesanía y la agricultura. Su nombre original es San Pedro de Chavín y su fundación data de 1533. Es la puerta de ingreso a lo que se conoce como Conchucos. Conserva con orgullo su plaza de toros que, según sus moradores, es una de las cinco principales del país. Sobre el por qué mantiene el nombre compuesto, se debe a que, en algún momento de la Colonia, el sitio pasó a depender de la parroquia de San Gregorio de Guántar y se quedó con el apellido. Llama la atención que estando en 2025, las casas del pueblo y alrededores luzcan pintarrajeadas con los nombres de tres candidatos a la alcaldía del distrito para el 2027. No me explico por qué la premura o la ambición cuando falta que mucha agua corra por el Huachecsa y el Mosna, ríos que desde hace tres mil años invitan al sedentarismo en el lugar.

El complejo arqueológico se encuentra convenientemente amurallado y protegido. Cobran entrada y ofrece servicios higiénicos y tiendas de suvenires. No tuvimos tiempo de visitar el moderno museo, a un par de kilómetros de distancia, edificado gracias a la financiación del gobierno japonés y que conserva ceramios, piezas líticas y el famoso Obelisco Tello que retornó de Lima a Chavín en 2008. El recorrido guiado por este centro ceremonial y religioso inicia por una plaza cuadrangular hundida, de considerables dimensiones, donde, según explicaciones, los sacerdotes se encontraban con la población y les transmitían los designios de los dioses, posiblemente si venían tiempos de lluvia o de sequía. El contacto con las deidades se daba a través del consumo de cactus alucinógenos como el San Pedro, rico en mescalina, de allí que se representaran con los ojos desorbitados. La dilatación de las pupilas les permitía, además, observar en la oscuridad de los pasadizos del templo.

Se desconoce el nombre del dios principal. Se le llama el Señor de los Báculos por cómo se encuentra representado en la Estela de Raimondi, conservado en el Museo de Pueblo Libre y que todavía no retorna a Chavín. Debe su nombre al propio don Antonio que lo encontró haciendo funciones de mesa en la casa de unos campesinos y se salvó de ser rapiñado por los chilenos porque se cayó por la parte liza y no llamó la atención de los invasores. La figura representa a un hombre con cuerpo de cernícalo y rostro y colmillos de felino. Se presume que lo heredaron de los Sechín y luego su culto lo adoptaron los Paracas, Tiahuanacos, Waris, hasta convertirse en el Apu Kon-Tiki Wiracocha de los Incas.  

La guía asegura que la acústica de la plaza te permite hablar fuerte y tu voz se podrá oír en cualquiera de sus cuatro rincones. Esa era la forma como los sacerdotes se hacían escuchar sin necesidad de megáfono. No pudimos comprobarlo ya que nos restringieron el ingreso al interior por los trabajos de excavación que vienen realizando los estudiantes de arqueología de la Unasam en busca de no se sabe qué. De allí nos movimos a la llamada Portada de las Falcónidas y me llamó la atención la forma cilíndrica de las dos columnas monolíticas, con representaciones de aves labradas en bajorrelieve. Para mí toda una revelación porque no tenía idea de que en el antiguo Perú se elaboraran pilastras con ese tipo de diseño.

El mayor atractivo es el interior del templo. Pasajes intricados y estrechos de piedra, convenientemente iluminados con luz artificial que permite apreciar la monumentalidad de los mismos, entendiendo por qué sirvieron a la dupla Fujimori-Montesinos de inspiración para rescatar rehenes y masacrar a los guerrilleros del MRTA. En la galería principal se encuentra el Lanzón, monolito de granito de 4.5 metros de largo, enclavado en el templo. Se presume que se trata de otra representación de la misma divinidad porque comparte rasgos zoomorfos similares. En vez de lanza, yo particularmente le encuentro forma de colmillo, aunque sería más apropiado llamarlo ‘huanca’ que es el término quechua para “piedra sagrada”, ya que, según crónicas, los pobladores siguieron adorándola hasta bien entrado el siglo XVII. Protegido por un vidrio grueso —prohibido tomarle fotografías porque el flash malogra los grabados—, ha habido intentos de sacarlo del templo y exhibirlo en otro lugar, pero los moradores aseguran que el día que eso suceda, se acabará el mundo.

El recorrido finaliza en la muralla donde, para mi sorpresa, sólo se conserva una cabeza clava solitaria. Las demás se han caído o se las han robado. Menos mal que en el museo de sitio se conservan casi un centenar de diversas cabezas clavas que, según nuestra guía, esa expresión fiera y demoníaca, representa la transformación de los seres humanos, previa bebida alucinógena, en un ser zoomorfo de inquietante mirada, que fungía de celoso vigía del templo.


Los Chavín gobernaron durante ocho siglos, del 1200 a.c. al 400 a.c. Posiblemente se deba su decadencia a que los sacerdotes del templo dejaron de tener dominio sobre los pobladores, quienes asumieron otras creencias o se mudaron a otras regiones. Desaparecieron luego de ejercer decidida influencia en otras civilizaciones de la sierra y de la costa, sea en la agricultura, artesanía y también en el consumo de sustancias psicotrópicas.     

miércoles, 6 de agosto de 2025

huaraz en tres días

Siempre quise conocer Huaraz. Allá por 1982, mi papá cargó con toda la familia en la Datsun y tras llegar a Pativilca, tomó el desvío y trepamos por la carretera de acceso a la sierra hasta que la camioneta no pudo más. Dimos media vuelta y pasamos Fiestas Patrias en Barranca, quedándome de la subida el paisaje de cerros poblados de árboles. Tuvieron que transcurrir más de cuatro décadas para cumplir con mi deseo, aunque me hubiera gustado que fuera mucho antes, en una fecha más cercana al sismo del 31 de mayo que marca un dramático antes y después en el devenir del Callejón de Huaylas.

Si vuelvo a viajar a Huaraz, me gustaría hacerlo en vehículo particular por la ruta del Cañón del Pato, donde, me cuentan, se viaja al filo del abismo, pasando por diversos túneles y las cordilleras Negra y Blanca se aproximan a tal punto que dan la impresión de poderlas tocar con los brazos. El viaje en bus desde Trujillo toma unas ocho horas. Llegas a Casma —ya no a Pativilca— y te desvías hacía la sierra por una carretera en buen estado, imagino que gracias a la minería. Antes de subir, se pasa por algunos poblados del distrito de Yaután, que parecen, por sus viviendas, de reciente data, imagino atraídos por la actividad frutícola de los alrededores.

Me albergué con mi familia en el hotel Valery, en la avenida Luzuriaga, a tres cuadras de la Plaza de Armas. A propósito de este gallo del que desconocía su existencia y su busto está en plena plaza. Se trató del primer peruano en obtener el grado de Gran Mariscal. Participó en la independencia de Argentina, Chile y Perú. Tras la caída del Protectorado de San Martín, cayó en desgracia a los ojos de Bolívar y partió a tierras gauchas donde se pegó un tiro para escapar de la miseria. Una provincia ancashina lleva su nombre y quizá valdría la pena expatriar sus restos e inhumarlos en su tierra natal con los honores que merece. La avenida que lleva su nombre es la más comercial de Huaraz. En el lado izquierdo, subiendo hacia la plaza, la acera está cubierta por un cielorraso y las losetas lucen un diseño similar al malecón de Copacabana en Río. La pista lleva meses en zanjas por obras municipales que no tienen cuando acabar, dando una pésima imagen al turismo que llega en Fiestas Patrias.

En el centro y alrededores, es común encontrar visitantes estadounidenses, alemanes, franceses, italianos, argentinos, chinos y japoneses. Curiosamente, brillan por su ausencia en los tours más solicitados hacia Chavín de Huántar o la laguna de Llanganuco, hechos para turistas nacionales que quieren esforzarse poco y buscan que los transporten hasta las puertas del atractivo turístico. Los atractivos, en cambio, gustan del trekking, del climbing, y no se hacen problemas por recorrer a pie enormes distancias por senderos inhóspitos para llegar a cumbres y lagunas que nosotros, los comodones de los peruanos, no estamos dispuestos a recorrer. Incluso puedes verlos con carpas, dispuestos a acampar en la montaña. No me encontré con venezolanos, como en otros lugares del país, salvo la guapa veneca pelo-pintado que nos atendió en Clandestina, uno de los bares que elabora su propia cerveza, ubicado en el parque Ginebra, epicentro de la vida nocturna huaracina.

El parque Ginebra —imagino debe su nombre a las analogías que hacen del Callejón con Suiza— es un boulevard poblado de pizzerías y restobares con mesas afuera de los locales, dándole un aroma cosmopolita al ambiente. Muchos ofrecen cervezas artesanales, elaboradas en la misma región, de diversos sabores como fresa, eucalipto, kion o miel de abeja. El restobar de Sierra Andina, cerveza con varias presentaciones como la ‘Pachacútec’ con diez grados de alcohol, se encuentra en el parque del periodista, donde aparece el busto de Pedro Morales Carreño, reconocido escritor huaracino.

Si bien la oferta gastronómica es diversa, sorprende la cantidad de chifas que prolifera en la urbe. En cuanto a comida típica de la región, nos recomendaron los restaurantes del jirón Olaya, arriba, a unas diez cuadras de la plaza, calle que se enorgullece de conservar la fisonomía original de la ciudad, siendo de las pocas que no sufrió daños considerables a causa del terremoto. Almorzamos en el Hierba Buena que ofrece pachamanca —los domingos—, chicharrón, costillar y otros platos a base de chancho, picante de cuy, trucha frita, patasca y llunca de gallina, que es como un caldo de gallina, pero que lleva trigo en vez de arroz o fideos, todo acompañado de una jarra de chicha de jora.

Llama la atención que siendo una ciudad grande y de agitada vida comercial —los comercios de las avenidas principales permanecen abiertos hasta pasadas las diez de la noche— no haya presencia de autoservicios como Plaza Vea o Mass. Su lugar lo ocupa Trujillo Market con varias sedes. Otra cadena con locales en todo el Callejón es Farmarecuay, pero sí le tiene que hacer frente a las farmacias de Intercorp. Locales donde los huaracinos hacen cola es la Panadería Romerito y las raspadillas El Gordito, que funciona desde 1938, en una carretilla detrás de la catedral. Ofrece de tres tipos: con leche condensada, frutas cítricas y chocolate con café. Delicias que vale la pena disfrutar. El comercio ambulante en el centro se encuentra extendido. Algunas vendedoras son quechua-hablantes, ataviadas con sombreros y prendas coloridas. Se ofrece ropa de invierno, huevitos de codorniz y emolientes que carecen de sábila y, como no son espesos, parecen un jugo caliente. Tuve también la oportunidad de escuchar dos emisoras locales. Huascarán Rock & Pop en la 104.5 FM, cuya señal se pudo captar con nitidez en la van que nos trasladó a Carhuaz. Clásica Radio en la 92.5 FM que sonaba desde la Feria Artesanal al costado de la Catedral, a tanto volumen que llegaba a buena parte de la plaza, contagiando con las baladas en español de Camilo Sesto o Leo Dan.       

La plaza principal de Huaraz es similar a otras de la sierra. Goza del privilegio de que a lo lejos se aprecia el Huascarán, aunque otros entusiastas afirman que se pueden ver el Huandoy y el Alpamayo. Por más que me esforcé, no alcancé a distinguirlos. Predominan los espacios verdes, pero carece de árboles frondosos que guarezcan a las bancas del sol inclemente. De los edificios que la rodean, destaca la imponente catedral —todavía en construcción— de imponente estilo neorrománico, diseño europeo enclavado en los Andes. Ornamentada en los costados con testas de animales como el cóndor o el puma en vez de gárgolas, falta el revestimiento que le pondrán a sus paredes desnudas para ver cómo queda el acabado final. Otras infraestructuras destacables son la Casa de la Cultura, con su domo plateado en la parte superior, la Corte Superior de Justicia de Áncash, la municipalidad y las sedes del BCP y del BBVA.

Una visita de tres días es insuficiente para juzgar la fisonomía de toda una ciudad, pero Huaraz deja la sensación de carecer de una tradición monumental. Es comprensible. El terremoto de 1970 barrió con gran parte de sus viviendas y demolió su historia. Incluso la huaca Pumacayán, una colina enclavada en la ciudad y que parece se trató, antes del arribo de los españoles, de un templo o una fortaleza, ahora es un amontonamiento de piedras y tierra que cuenta como mayor atractivo con la capilla de la Cruz de Pumacayán en la cima, elemento protagónico en el proceso de extirpación de herejías durante la Colonia.

Dicen que posterior al sismo, la mayoría de la población original emigró a otras latitudes y ahora son otras las familias. Los huaracinos de hoy son hijos de los emigrantes incentivados por el régimen de Velasco para repoblar el lugar. Si uno escucha hablar a los pueblerinos, les llamará la atención su acento cantarín, propio de la selva alta o de la costa norte y no con la lengua pegada al paladar como es típico de otros sectores de la sierra. Considero, particularmente, que Huaraz carece de armonía arquitectónica y eso le resta belleza al guardar escasa relación con la imponencia del paisaje que la rodea. Mejor hubiera sido que en el proceso de reconstrucción apostaran por el adobe y la piedra en vez del ladrillo, peor aún si la mayoría de casas las dejan inacabadas o sin tarrajear. Mejorar las fachadas es una tarea que deben emprender el municipio y todos los vecinos en su conjunto para que el título de ‘la Suiza peruana’ no les quede demasiado grande.

domingo, 25 de junio de 2023

encuentro cercano con huamachuco

No conocía la sierra liberteña. Nunca me aventuré más allá de Otuzco. Tenía el prejuicio de encontrarme con parajes yermos e inhóspitos. Fríos. Lóbregos. Contaminados por la minería. Triste retrato a causa de la lectura temprana de Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno de Alegría o relatos como El Tungsteno o Más allá de la vida y de la muerte de Vallejo. Ribeyro en su Crónicas de San Gabriel ofrece una visión más benévola de las alturas de Santiago de Chuco, pero no con la suficiente firmeza para que un trujillano que, como tantos que conozco, vive de espaldas a los andes de su región.  

Partimos temprano. El viernes 16. A las siete de la mañana. En una van de la UNT para una treintena de pasajeros, observando desde un smartphone el triunfo de Perú ante Corea del Sur hasta que se pierde la señal. Principio de una competencia por establecer cual señal de telefonía era capaz de superar los rocosos obstáculos de las montañas. A las diez, hicimos nuestra primera parada. Agallpampa. Sobre los tres mil metros de altura. Pueblo rodeado de verdes laderas donde el eucalipto cumple el principal rol protagónico y se respira en el ambiente. Nos detenemos en ‘El Rancho’. Restaurante que funge de ser el tambo obligatorio de todo chofer que transita por el interior de la región. Caldo de todos los tipos, siendo el de gallina de corral el más solicitado, sirve para restablecer el cuerpo y proseguir el viaje.    

A las once y media, atravesamos la puna. Arriba de los cuatro mil metros. No se ven cerros. Si no fuera por el terreno ondulado, la vista sería semejante al altiplano. El verde cambia. Ya no es de tono vívido e intenso. Es más bien amarillento, propio del ichu que todo lo recubre. En el desvío a Quiruvilca se aprecian las huellas de la contaminación en lomas horadadas y pozas de agua oxidadas. El sorocho afecta a los chicos poco acostumbrados a transitar por las alturas y nos detenemos para que vomiten y hagan otras necesidades en el camino. El sol esplendoroso invita a salir en polo de manga corta y la ferocidad del viento me obliga a buscar una casaca. Puedo imaginarme el frío que corre al caer la noche, como me advierte don Simón, el chofer de la van

Al mediodía pasamos por la laguna del Toro. Geraldine Gamboa, alumna natural de Otuzco, me cuenta la leyenda de que su nombre se debe a que en las noches emerge de sus aguas un toro robusto y gigantesco que embiste a quienes extraen los minerales que yacen en el subsuelo. “Las paredes de cerro que la rodean están llenas de oro, pero nadie se atreve a sacarlo. Las rocas son porosas y quienes han intentado hacerse del metal, terminaron sepultos bajo toneladas de roca”. Encantada o no, la rapiña humana todavía conserva la laguna intacta, aunque seguro que muy pronto no habrá leyenda taurina que disuada.  

Pasar por el campamento de La Arena, uno de los principales yacimientos auríferos del Perú, nos anuncia la proximidad de Huamachuco, la segunda ciudad en importancia de La Libertad. Llegamos y sólo la atravesamos. Según el cronograma de actividades del viaje de estudios, debemos llegar a Sarín, a través de una pista afirmada que serpentea temerarias precipitaciones. Arribamos a nuestro destino a golpe de tres de la tarde. Nos encontramos sobre los dos mil ochocientos metros y llama la atención, a medio camino, las aguas termales El Edén, distrito de Curgos, anunciado por un vistoso alojamiento de fachada de madera que invita a la estadía.  

Nos dirigimos al colegio de nivel secundario que lleva el nombre del hijo predilecto de Sarín, Abelardo Gamarra ‘El Tunante’. Escritor, periodista y diputado. Figura estelar del escenario político de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Hincha de González Prada. Se le atribuye la composición del primer vals peruano y por cambiarle el nombre a la zamacueca chilena por ‘marinera’ en tributo a Grau. Por si no lo saben, Tunante significa “persona pícara y astuta, que se aprovecha de la gente y de las circunstancias”. El plantel cuenta con una infraestructura moderna y adecuada para la enseñanza. Desarrollamos un taller de orientación vocacional y otro de lenguaje audiovisual antes de bajar unas cuatro cuadras para acudir a la casa donde nos aguardaban con un suculento ají de gallina (con gallina de verdad). Las calles asfaltadas son escasas y llama la atención el número de personas que se movilizan en moto, incluso menores de doce años. Como en todos los pueblos de la sierra, las personas son amistosas —no tienen aspecto de tunantes— y saludan a su paso a los forasteros.  

Salimos de Sarín rumbo a Yanasara. En el crepúsculo pasamos por la laguna de Sausacocha que luce preciosa iluminada por la luz artificial. A los cuarenta minutos arribamos al albergue R.P. Jaime Gari Barceló, religioso catalán que llegó al Perú huyendo del franquismo y estableció esa casa como retiro espiritual. Administrado por la comunidad del lugar, ofrece alojamientos y desayuno a precios módicos, aparte de extensos jardines y áreas de fogatas nocturnas. Para el encendido rápido de la leña, se colocan hojas secas que, al contacto con el fuego, se prenden en un santiamén. Los chicos al ritmo del ron y del reggaetón se apoderan de la fogata, cortando el encanto de quienes hubiéramos preferido contar relatos de aparecidos en el bosque y bajo un cielo estrellado donde los lugareños aseguran el avistamiento de ovnis. Con un grupo de estudiantes menos bulliciosos y ávidos de buena conversación, adquirimos dos botellas de vino de dudosa procedencia y preparamos sangría, distanciados convenientemente del mundanal griterío. 

El sábado 17, posterior al desayuno, compuesto de dos panes rellenos de pollo deshilachado y una taza de quinua, enrumbamos a los baños termales. Como llevaba un día sin bañarme, elegí una ducha y me mantuve bajo el agua caliente —no hirviente— hasta que el jaboncillo de una luca que adquirí en la entrada se deshizo totalmente. Con el cuerpo oloroso —y no sulfuroso como me ocurrió en otras aguas termales—, trepo a la van y nos vamos a Sausacocha, arribando a golpe del mediodía. El lugar, turístico por antonomasia, representa para los huamachuquinos, lo que es Huanchaco para los trujillanos. La presencia de varias camionetas cuatroporcuatro, es prueba palpable de cómo la minería eleva el nivel adquisitivo de los pueblos. Rodeado por una decena de restaurantes y albergues, la laguna ofrece a los visitantes una experiencia bucólica. El comercio ambulatorio es limpio —me llama la atención escuchar a una vendedora expresándose en quechua a la perfección, cuando creía que los incas no habían tenido mayor influencia en esos lares— y cuenta con dos muelles de madera que sirven de embarcadero para el paseo en lancha. Está prohibido bañarse en sus aguas. Quedarse enredado en las algas que crecen debajo es un cepo mortal. Probé con resquemores el cebiche de trucha y no me ensarté. Muy pasable para qué. Almorcé trucha apanada y sazonada con media caja de cerveza negra. Conocí a Luis Flores Prado, bisnieto de uno de los principales héroes de la historia del Perú, Leoncio Prado. La cháchara histórica hizo que me perdiera del paseo lacustre. Es una deuda pendiente para mi próxima visita.

Partimos a Huamachuco a las cuatro de la tarde. Pasamos por Purrupampa, donde se desarrolló el último enfrentamiento de la Guerra con Chile y se erige un monumento conmemorativo, inaugurado por Beláunde Terry en 1983 con motivo del centenario de la batalla. A diferencia de la pampa de la quinua y otros sitios donde se escenificaron actos bélicos históricos, Purrupampa luce en buena parte tugurizada de viviendas de los desplazados que llegaron a la ciudad por la violencia terrorista de la década de 1980. Una pena.

En la calle Sánchez Carrión, Luis Flores Prado habita con su madre, la nieta de Leoncio Prado y en dos ambientes del segundo piso de su vivienda han establecido un museo en tributo a su ilustre antecesor. Flores Prado, a quien le encuentro un parecido con Jean Reno, nos comparte la historia de su familia. Leoncio Prado, natural de Huánuco, era hijo extramarital de Mariano Ignacio Prado, presidente de la república durante el combate del 2 de mayo y en una segunda oportunidad en el inicio de la Guerra con Chile. Leoncio viaja a Europa. Forma parte de la rebelión de José Martí en Cuba. Radica en Centroamérica. Tras la batalla de Miraflores los chilenos lo toman prisionero y lo exilian a Chile. En 1883 pide permiso a los invasores para retornar al Perú, jurando bajo palabra que no formaría parte de las tropas peruanas rebeldes. Venía para despedirse de su madre y luego partiría a radicar al Ecuador. Sin embargo, forma parte de las huestes de Cáceres y participa en la batalla de Huamachuco. A los cinco días es apresado en Cushuro y fusilado por haber faltado a su palabra de no tomar las armas. Igual estaba condenado a muerte por la gangrena avanzada en una de sus piernas.

Pregunto a Flores Prado como es que los descendientes de este héroe insigne radican en Huamachuco. Me cuenta que engendró un hijo único cerca a las serranías de Sayán —donde décadas atrás habitó Sánchez Carrión— a quien le legó su nombre, Leoncio Prado. Años después, en 1917, por concurso de Abelardo Gamarra, al hijo de Leoncio Prado le ofrecen la subprefectura de tres ciudades y no duda en elegir la tierra donde falleció su padre. Allí se quedaría para toda la vida, al igual que su familia. Un estudiante le pregunta si es realidad o mito que le permitieron a Leoncio Prado dirigir al pelotón de fusilamiento con la cucharita de una taza de té. Flores Prado responde que existen dos versiones, la de Abelardo Gamarra quien sostiene que Prado murió asesinado en Cushuro y la versión chilena que le concede al sentenciado de muerte el dirigir su propio fusilamiento. Tiene más peso la versión chilena que era un ejército profesional y redactaban partes de guerra, mientras que los peruanos carecíamos de quienes guardaran por escrito los registros de cada batalla. 

La batalla de Huamachuco no sólo es el último enfrentamiento entre peruanos y chilenos. Es el inicio de una guerra civil en el Perú que se prolongaría por décadas. Al enterarse Cáceres que los chilenos estaban negociando con Iglesias el armisticio y la cesión a perpetuidad de la provincia de Tarapacá, Cáceres parte del centro del país hacia Cajamarca para apresar a Iglesias y es interceptado por las tropas chilenas al mando de Gorostiaga en Huamachuco. Tras la batalla y como los chilenos no reconocían a las huestes de Cáceres como un ejército oficial, si no como un grupo de montoneros, no se les aplicó las leyes de guerra de tomarlos prisioneros, si no que se procedió a victimarlos en el campo en lo que la historia lo conoce como ‘el repase’. Cáceres se refugia con doscientos montoneros en Pataz y se iniciaría un periodo de guerras civiles de Cáceres contra Iglesias y luego de los propios montoneros contra Cáceres, al considerar que ‘el Brujo de los Andes’, al asumir la presidencia de la república, los había traicionado en cuanto a sus deseos de reivindicación en contra de los gamonales de la sierra y esas rebeliones montoneras se prolongarían hasta la década de 1920 en las regiones de Cajamarca, La Libertad y Áncash.

Como se hace tarde, nos vemos obligados a cortar la conversación de hechos históricos con Flores Prado y nos dirigimos a la plaza principal de Huamachuco, a una cuadra del museo. La plaza es grande. Vistosa. Adornada de arbustos esculpidos con figuras propias de las culturas ancestrales de la ciudad. Alrededor de ella se erigen los principales hoteles. Sedes bancarias. El teatro municipal pintado de color verde esmeralda. La iglesia principal desdibuja la arquitectura del ambiente, al tratarse de una construcción moderna que no guarda armonía con el resto. El campanario que conmemora el ingreso del ejército libertario de Bolívar. El colegio San Nicolás, donde cursó estudios César Vallejo, al costado del convento de los agustinos.

Partimos a Trujillo a las cinco de la tarde y nos detuvimos solamente a adquirir quesos y otros productos en el desvío a Otuzco, a poco de donde se cayó al abismo un bus de Transportes Horna y fallecieron una treintena de personas, erigiéndose varias cruces con fotografías de los fallecidos. Creímos que ahorrábamos dinero, pero al ver que la mayoría de productos procedían de Cajamarca y no difería gran cosa de lo que podías encontrar en Trujillo, sentí que era poco menos que una estafa. Llegamos a las diez de la noche. Molidos pero felices. Con ganas de volver por más.  

miércoles, 15 de agosto de 2018

chachapoyas: caminando entre las nubes

Mis hijos y yo en las faldas
del cerro Luya Urco. 
Chachapoyas era una de esas citas con el Perú que pude seguir postergando si no fuera porque mi esposa, alentada por mi suegra, me conminó a viajar, el 9 de agosto pasado, como recreo post Fiestas Patrias. Los motivos principales para elegir este lugar era que Mavi, mi suegra con la que me llevo bien, iba a viajar con nosotros y tenía nostalgia de visitar a las amistades que dejó allá y Claudia, mi esposa con la que me llevo mal, quería conocer la tierra donde la ‘fabricaron’ a fines de 1981 para luego venir al mundo en septiembre de 1982. Para pasar revista a lo vivido durante cuatro días en un destino turístico que merece mayor promoción, he redactado mis apreciaciones como si se tratara de un glosario temático que espero sea disfrutable, de la misma forma como mi familia y yo disfrutamos de esta excursión.

BLANCO: Es el color predominante en las fachadas de todas las casonas y edificios del centro histórico de la urbe. Supongo que, por ordenanza municipal, es imposible encontrar otro color en varias manzanas a la redonda. Este monotonía cromática demuestra que existe un plan de ornato y conservación por parte de sus autoridades. El blancor de los muros combina con buen gusto con los marcos de las ventanas y los antiguos balcones pintados de negro y con los tejados de color ladrillo. Blancas son también todas las unidades de taxi que llevan en la parte inferior unos ribetes celeste, verde y rojo, los colores de su bandera provincial. 

CHACHAPOYAS: Ciudad fundada en 1538 por el español Alonso de Alvarado bajo el pomposo nombre de San Juan de la Frontera de los Chachapoyas. La palabra proviene del vocablo ‘sachapuyos’ que significa: “hombres de las nubes”, por la densa neblina que a veces cae sobre la zona. Enclavada a 2335 m.s.n.m. con la intención de conquistar las selvas nororientales del Perú, a no confundirse que el clima es netamente de sierra, con lluvias fuera de temporada, sol que quema y bajas temperaturas en las noches. Nada extremo que no pueda soportarse y, por el contrario, disfrutar.

La mujer que amo y mis
hijos en el pozo de Gocta.
GOCTA: Según la versión oficial estamos ante la “tercera catarata más alta del mundo”, detrás del  Salto del Ángel (979 m.) de Venezuela y el Salto del Tugela (947 m.) de Sudáfrica. La verdad es que con sus 771 m. de caída se encuentra muy rezagada en el ránking. Ni siquiera es la más alta del Perú. Ese honor le corresponde a las cataratas de las Tres Hermanas en Junín, que con sus 914 m. sí ocupa el tercer lugar en la lista mundial (aunque nadie lo promociona). Tampoco es la más alta de la región Amazonas donde es superada por la catarata Yumbilla con 895 m. (quinta a nivel mundial). No obstante, Gocta es espectacular y vale la pena visitarla. Partiendo en carro de Chachapoyas, te toma poco más de una hora llegar al pueblo de Cocachimba, que sorprende por sus modernas construcciones levantadas alrededor de una cancha de fútbol sin tribunas que funge de Plaza Mayor y por contar con un hotel de lujo, fruto de la correcta publicidad que merece esta maravilla natural. Tras pagar los derechos de ingreso, comienza un reto a la resistencia pues hay que recorrer a pie cinco kilómetros por un trayecto de subidas y bajadas que te dejan sin piernas y con el corazón en la boca. Si no tienes físico puedes ser conducido a lomo de caballo que te trasladará hasta el descanso levantado en el kilómetro tres. Por el camino es imposible perderse, sólo hay que seguir la mierda que los equinos van dejando. Aparte del panorama, la recompensa es refrescarte con el agua fría del pozo formado por la impresionante cascada, agua que curiosamente no es cristalina si no amarillenta, pero no tan amarilla como la que se puede recolectar de los chorros que caen en la localidad de Lejía, camino a Molinopampa. La altura de la montaña impide que el sol golpee con plenitud y el rigor de la chorreada genera un viento helado acompañado por una garúa que golpea por lo que se hace necesario contar con una casaca impermeable.     

Montados en un 'ronsoco'
en Higos Urco, con la
Universidad de fondo.
HIGOS URCO: Pampa ubicada a las afueras de la urbe donde el 6 de junio de 1821 se desarrolló la batalla homónima entre tropas realistas y patriotas y que sirvió para que la región se liberase del yugo español. En el centro de una grama amarillenta, que me imagino debe ponerse verde en temporada de lluvias, se levanta un monumento y una placa que recuerda la gesta de los 600 hombres comandados por Juan de Valdivieso que a punta de arma blanca hicieron correr a los chapetones, provistos con arma de fuego, hasta Moyobamba. Hoy sirve de lugar de esparcimiento para los chachapoyanos. En nuestra visita coincidimos con jóvenes jugando fútbol, vóley y varios estudiantes de la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza, ubicada al frente, quienes aprovecharon la tarde de sol al aire libre en vez de aburrirse en clases.

Plaza principal de Huancas. Nótese
las nubes cargadas. 
HUANCAS: A quince kilómetros de Chachapoyas se ubica este distrito que debe su nombre a sus primeros pobladores, procedentes de Huancayo, quienes fueron extirpados por los españoles de su tierra a causa de su fama de revoltosos, suplantando de cierta forma a los indígenas autóctonos de Chachapoyas quienes ante la presencia de los conquistadores migraron a Celendín. Sede del penal de alta seguridad, del aeropuerto donde por la densidad de las nubes es difícil aterrizar —por lo que la mayoría de aeronaves opta por utilizar la pista de Jaén— y de los miradores de Sonche y de Huanca Urco, es famoso por las artesanías a cargo de las mujeres del pueblo, quienes elaboran a mano unas hermosas y singulares ollas de barro, como se puede apreciar en las estatuas que se erigen en su plaza principal.

Paseo en teleférico con el río 
Utcubamba de fondo. 
KUELAP (para llegar a): Imán turístico de la región. Partiendo desde Chachapoyas, nos tomó poco más de una hora para llegar a Tingo Viejo —que más que viejo parece un pueblo fantasma— y varios metros arriba a Tingo Nuevo, con todititas sus fachadas pintadas de rosado y con unos rombos blancos que me recuerdan más al isotipo de Umbro que a Kuelap. Los hoteles, hospedajes y restaurantes se complementan a la perfección con el modernismo de la Estación Principal, inaugurada en 2017 por Kuczynski, donde adquieres los boletos para movilizarte hacia la ciudadela. Un minibús nos llevó al andén del teleférico, que acaba de tomar un consorcio francés en concesión, al cual llegas tras diez minutos de recorrido. Cada una de las veintiséis cabinas que vienen y van son para ocho personas —resisten 640 kgs. de peso— y se demoran unos veinte minutos en llegar hasta la cima, viéndose serpentear cientos de metros más abajo el río Utcubamba, principal fuente de vida de la zona. Al llegar al último andén, un cartel nos anuncia que nos hallamos a tres mil metros de altura y aquí debemos adquirir aparte las entradas para ingresar al complejo arqueológico. Esta última parada cuenta con una acogedora cafetería, que le otorga un aroma cosmopolita al lugar, y tiendas de artesanías donde compré una chalina de lana de bovino porque había ido medio desabrigado y el frío ventarrón y la copiosa llovizna me estaban pasando factura. Desde allí hasta la propia Kuelap todavía nos restan otros cuarenta minutos de caminata por una ruta en subida convenientemente empedrada. A quien quiera caminar entre las nubes que le cueste.

La ciudad entre la lluvia
y la niebla.  
KUELAP: En la cima del cerro Barreta nos recibe una enorme muralla de piedra, que en algunos puntos alcanza los diecinueve metros de altura y la cual debemos bordear para ingresar al complejo arquitectónico. A través de un conveniente circuito de madera se puede recorrer el interior y constatar que efectivamente nos encontramos ante una ciudadela y no una fortaleza como se creyó en un principio que se extiende a lo largo de seiscientos metros a la redonda. Edificado por los antiguos Chachapoyas en el siglo XI, su vigencia se mantuvo constante por más de cuatrocientos años, mezclándose con los Incas, quienes dejaron también algunos vestigios como una edificación rectangular llamada Callanca, hasta que aconteció un hecho dramático, aún no determinado, alrededor de 1570 y tras un incendio, como lo atestiguan algunas rocas quemadas, todo quedó desolado y olvidado hasta que fue descubierto a mediados del siglo XIX. En Kuelap se destacan las casitas líticas circulares y los ornamentos en rombo y con una historia tan oculta como el tupido manto de nubes en el que se encuentra, nos quedamos con las preguntas —sin respuestas satisfactorias— de por qué elegirían una cima tan alta e inhóspita para vivir, cómo harían para trasladar los bloques de piedra y cómo se suministrarían de agua y alimentos porque no asoman zonas de cultivo por ninguna parte. Hubiéramos querido pasear más, pero una lluvia inclemente que prácticamente nos empapó hasta los calzoncillos interrumpió nuestro paseo y nuestra búsqueda de respuestas. 

Los viajeros en pleno en el
Mirador de Luya Urco.
LUYA URCO: Cerro emblemático de Chachapoyas que debió verse muy bonito cuando estaba deshabitado y no ahora que se encuentra rodeado por unas casuchas que lo deslucen. En la cima se encuentra el Mirador de Luya Urco que permite una visión completa de los cuatro barrios tradicionales que componen la urbe y de los asentamientos humanos que agrupan a los inmigrantes que ahora son mayoría. Preguntando los motivos del proceso migratorio, me dijeron que se debía al turismo que se ha acrecentado en los últimos tiempos y por el penal de alta seguridad a la que han trasladado a tanto angelito y muchos de sus familiares se han venido a vivir en los alrededores. “¿Ha aumentado la delincuencia?”, pregunté, a lo que me respondieron: “No, lo único que han aumentado es el número de venezolanos que están por todas partes”. 

MOLINOPAMPA: De Chachapoyas a la provincia Rodríguez de Mendoza por una carretera sinuosa nos toma un poco más de dos horas pasando por Molinopampa y sus diversos anexos. La principal actividad económica es la ganadería. Se nota en la considerable cantidad de vacas con las que nos topamos. Otros atractivos del camino son el Rostro del Inca, estructura rocosa natural en el cerro Shiviña y el bosque de palmeras, único en el Perú, que se extiende por más de 80 km2, habiéndose reducido a más de la mitad por la búsqueda de más pastizales para el ganado. Hoy se encuentra protegido por resolución ministerial, siendo propietarios la comunidad campesina de la localidad. Pasamos también por ‘Matute’, el estadio donde juega el Alianza Lima de Huascazala y que tiene en la ‘U’ de Molinopampa a su más encarnizado rival.    

Alfi, Wicho de Mar de Copas y yo en 
la estación de Kuelap.
RADIOACTIVA: Es la estación radial ubicada en el 104.7 y que desde 1997 difunde rock & pop en Chachapoyas. Sin aburrirte como Oxígeno que reitera los mismos hits ochenteros de siempre, se atreve a pasar canciones que “hacia tiempo no escuchabas” y que se hallaban refundidas en el baúl de tus recuerdos auditivos. Raro experimento que aquí en Trujillo intentó Radio Maravillosa —donde allá por 1994 lanzamos con unos amigos un programa llamado La Hora Informal— pero murieron por inanición de anunciantes. Ese fin de semana, Radioactiva organizaba en el Montes Country Club un Festival de Rock que tenía como banda estelar a Mar de Copas, por lo que coincidimos con Wicho y compañía en Kuelap en la mañana previa. En los taxis que subimos y en algunos restaurantes en los que merendamos, la radio nos hizo sentir su omnipresencia, incluso en la despedida, en el vehículo que nos condujo a la terminal. “Es la radio más popular de Chachapoyas —dijo el taxista a mis oídos todavía incrédulos— pero no tanto como Karibeña que aquí la rompe”, contándome que el concierto de Mar de Copas estuvo lleno, pero no repleto como cuando se presenta Agua Marina, la banda de cumbia número uno en el corazón de los chachapoyanos.

Claudio o un Santo 
Imposible en el templo de 
Huancas. 
RELIGIÓN: La Virgen de Asunta es la patrona de Chachapoyas cuya festividad es el 15 de agosto. Mi suegra asistió a la procesión del sábado previo a las celebraciones donde merendó café y galletitas, yo me quedé en el hotel mirando el Clásico del Fútbol Peruano. Para quienes no somos muy religiosos y somos amantes de la arquitectura, llama la atención la austeridad de los principales templos, tratándose de una ciudad de fe fervorosa y fundación española con 480 años de historia. La Catedral, comparada con otras, es de pequeñas dimensiones y paredes peladas, con un par de lienzos añosos que vale la pena ver. lo mismo sucede con los templos Belén y de La Buena Muerte, ubicados frente a frente, separados por una plazoleta. El templo que sí llamó mi atención, a pesar de su modesta edificación, fue el del distrito de Huancas que data de 1892 y su techo está reforzado con leños de eucalipto. El patrón es el Señor de los Milagros, pero a diferencia de las imágenes habituales en otros lares donde es representado a través de un lienzo, el Milagroso de Huancas es una talla de madera, única en el Perú.

Selfie de Claudia con el Cañón de
Sonche de fondo.
SONCHE: Es el nombre de uno de los ríos aledaños a Chachapoyas. En el distrito de Huancas han levantado un mirador —a tres soles la entrada— en cuyo camino existen dos árboles de la quina, símbolo patrio de nuestro escudo que según parece se haya en extinción en el Perú. Desde el mirador se puede apreciar en todo su plenitud el Cañón de Sonche de unos once kilómetros de extensión y más de 900 metros de profundidad. Cualquiera se queda maravillado y disminuido ante tal magnificencia natural y comprende por qué los gringos sacan pecho por su Gran Cañón. En la cima del mirador han edificado un torreón inútil, pues la visión desde arriba es bastante parcial del paisaje. Lo recordaremos por los vientos huracanados que violentos amenazan con levantarte en peso y arrojarte al precipicio.

Mi familia con la gruta de fondo por
donde se deslizó la culebra.
 TOCUYA aguas termales de: Ubicada en el distrito de Omia —que cuenta con uno de los templos católicos más vistosos de la región—, es quizá uno de los principales atractivos turísticos de la provincia de Rodríguez de Mendoza que se destaca por su generosa producción de café y por su gente colorada y de ojos claros a quienes les denominan guayachos’, gente muy amable y propensa a la juerga —Los Guayachos es también uno de los restaurantes más ricos y concurridos de Chachapoyas, aledaño a la pampa de Higos Urco—, como puede notarse en la cantidad de locales nocturnos que hay en la capital de provincia. Los pobladores han construido de manera artesanal las pozas donde se concentran las aguas termales aledañas al río Gebil y la gente acude en familia a bañarse para luego almorzar en los restaurantes campestres. Tras acostumbrarnos al olor sulfuroso de las aguas —similar al huevo podrido—, nos metimos a las pozas de distintas profundidades, atentos a no permanecer más de dos horas como reza en un letrero. Nos salimos un poco antes cuando una de las bañistas advirtió que una culebra se había metido a las aguas.     

TRAYECTO: De Trujillo a Chachapoyas median catorce horas en bus. Partimos a las cuatro de la tarde en Móvil Tours y arribamos a las siete y media del otro día. A las cinco de la mañana nos detuvimos en Bagua Grande. Bajé del vehículo y conversé con un mototaxista, enfundado en una chalina para abrigarse de un frío que no había y hacían más resaltantes sus ojos verdosos. Le pregunté por la ubicación de la ‘Curva del Diablo’ y me dijo que ya la habíamos pasado y que su nombre se debía a que se trataba de una curva muy cerrada y peligrosa. Por no incomodarlo, no le pregunté por el ‘Baguazo’, pero anticipando mis intenciones, afirmó que la vida en Bagua era bastante tranquila y que rara vez pasaba algo. Dos mañanas después, me enteré por el noticiero de Exitosa que habían torturado y asesinado a cuchillazos a un sacerdote jesuita, director de un colegio de Fe y Alegría en Bagua. 

YANAYACU: Nombre de una famosa fuente de agua, ubicada a unos 700 metros de la Plaza Mayor, en las faldas del cerro Luya Urco, a la que se llega a través de unas escalinatas de piedra. El pocito se encuentra convenientemente enrocado como si se tratase de una gruta y a un costado una placa relata su leyenda: hallándose de paso Toribio de Mogrovejo por esos lares y compadecido porque los vecinos se hallaban sedientos, tocó las rocas tres veces con su báculo y de allí brotó agua. Dicen que el visitante que beba sus aguas se enamorará de una chachapoyana y se quedará en ese valle para siempre. El problema es que hoy se encuentra tan sucia y con basura que lo más seguro es que termines enfermo y no precisamente de amor.