Era el verano de 2012 cuando mi hermano Mario Chumpitazi me llamó. “¿Quieres trabajar en La Industria?” En esos días sólo trabajaba en una universidad y mi hijo Claudio estaba por nacer así que no había que pensarlo mucho, acepté y de muy buena gana porque sentía que laborar en el principal medio de comunicación de la región —así sea por una temporada— era una deuda profesional que tenía que cancelar.
La Industria nació un 8 de noviembre de 1895. Lo fundó Teófilo Vergel y Edmundo Haya, padre de Víctor Raúl. Años más tarde lo adquiriría Vicente Cerro y dicen que el fundador del Apra lo consideró un error. Qué importante aliado hubiera tenido su partido si hubiera tenido como aliado al principal periódico de Trujillo. La familia Cerro, natural de Piura y emparentada con Sánchez Cerro —archienemigo de los apristas— siempre tuvo un sesgo oligarca y eso le valió a su propietario cargos diplomáticos y otras gollerías con los gobernantes de turno. La prensa ligada al poder siempre da buenos frutos.El trabajo que desempeñé en La Industria era corrector de estilo. Reemplazaba a Lucho Novoa —hombre que vestía de negro invariable— los domingos y editaba los suplementos publicitarios que dirigía Fanny Chávez en el local que el periódico alquilaba en la urbanización San Andrés. El Gordo Chumpi me propuso escribir una columna en el suplemento deportivo El Hincha que salía los lunes y el mismo la bautizó con el nombre ‘Gol de Borja’ en tributo a Chespirito. Colaboré también con una que otra columna en el suplemento Dominical. La dirección hace buen tiempo recaía en mi amigo y compañero de aula, Juan José Bringas —el Ovejo—, lo secundaba Pepe Hidalgo con quien ya tenía amistad por la UPN, César Clavijo, Lucho Quintanilla, Guido Sánchez y un grupo de muchachos talentosos como Franco Larios, Canchita Urquiaga, Kili González, Pancho Paredes, Víctor Jara, entre otros.
En su mejor momento, La Industria se extendió por todo el norte. Se editó en Piura donde fungió como reportero nada menos que Mario Vargas Llosa. En 1952 apareció La Industria de Chiclayo que editaba el suplemento cultural ‘Lundero’. Eduardo Quirós, mi viejo profesor, me contó que bajo su dirección, cuando el periódico fue expropiado por el Velascato, vivió su mejor momento en cuanto a circulación, llegando a un tiraje de cincuenta mil ejemplares que llegaban al interior de la región y hasta Cajamarca.
Mi ingreso aconteció a poco de producirse una especie de guerra civil en el seno de la empresa. El enfrentamiento de los herederos de las dos hijas de don Vicente que quedó resuelto con la división de la empresa, la edición de Chiclayo para una, la de Trujillo para otra. En el local de Gamarra 443 un bando había barrido con el otro y de ellos no quedaban ni rezagos. El viejo Fernando Julca, encargado del archivo, me dijo en confianza que eso era el comienzo del fin.
Mi aventura en La Industria acabó el 31 de diciembre de 2014. Seguí colaborando esporádicamente por algún tiempo. Mi última colaboración aconteció en plena pandemia, cuando publicaron Mataperros, uno de mis relatos más populares. De allí vi al periódico cerrar su edición de Chimbote, pasar del formato estándar al berlinés, dejar de sacar suplementos, venderse en los puestos de quioscos al precio popular de un sol. Me enteré que se malogró la rotativa y les salía más barato pagar el servicio de impresión en Chiclayo que repararla y pagar personal. Como un enfermo en estado de coma, pensé que llegaría a sus 130 años y allí quedaría. Sobrevivió un poco más. El pasado domingo 14 de junio de 2026 se anunció oficialmente su defunción, siempre a la dirección de mi querido Ovejo. Se hundió con el barco, como buen capitán.
Sea por las malas decisiones de los herederos que manejaban el negocio como quien tiene una chacra en el interior, porque las personas menores de cincuenta no compran periódicos o porque no supieron sacarle provecho a las plataformas digitales como modelo de negocio, lo que debería importar ahora es que su inmenso —y precioso— archivo de noticias, fotografías, anuncios publicitarios, etc. queden a buen resguardo y pasen a ser de dominio público para todo aquel que las necesite consultar. Un periódico no muere cuando dejar de circular si no cuando no deja huellas y en casos como La Industria siempre valdrá la pena leer un periódico de ayer.


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