El Día del Idioma —23 de abril— se ubica cerca al Día
del Trabajo —1 de mayo—convirtiéndose casi en un post-it en el calendario para quienes añoran dedicarse a la
literatura, recordándoles que deben laburar
para poder comer.
Oscar Wilde afirmana que los escritores no podían perder el tiempo trabajando. Arthur Rimbaud decía algo similar: “hay cosas más importantes que hacer antes que trabajar”. Sin embargo, otros hombres de letras han tenido que ganarse la vida ejerciendo distintos oficios. Miguel de Cervantes —como Mateo el apóstol— fungió de recaudador de impuestos. William Shakespeare cuidaba caballos. Charles Dickens laboraba en una fábrica de betunes. Herman Melville y Joseph Conrad eran marinos. Franz Kafka vendía seguros. T.S. Eliot, funcionario bancario. William Faulkner alimentaba una bobina eléctrica con paladas de carbón. Juan Rulfo, capataz de una fábrica de llantas. Graham Greene y Ian Fleming, espías del servicio secreto de su Majestad. Jorge Luis Borges, asistente de segunda de una biblioteca municipal.
Oscar Wilde afirmana que los escritores no podían perder el tiempo trabajando. Arthur Rimbaud decía algo similar: “hay cosas más importantes que hacer antes que trabajar”. Sin embargo, otros hombres de letras han tenido que ganarse la vida ejerciendo distintos oficios. Miguel de Cervantes —como Mateo el apóstol— fungió de recaudador de impuestos. William Shakespeare cuidaba caballos. Charles Dickens laboraba en una fábrica de betunes. Herman Melville y Joseph Conrad eran marinos. Franz Kafka vendía seguros. T.S. Eliot, funcionario bancario. William Faulkner alimentaba una bobina eléctrica con paladas de carbón. Juan Rulfo, capataz de una fábrica de llantas. Graham Greene y Ian Fleming, espías del servicio secreto de su Majestad. Jorge Luis Borges, asistente de segunda de una biblioteca municipal.
Menos son —pero hay— los escritores de sangre azul o estatus acomodado quienes llevaron una vida sosegada y por ende no tuvieron problemas de convertir sus horas de ocio en literatura. Marcel Proust, Leon Tolstoi, Rainer Maria Rilke, Henry James, Vittorio Alfieri, el Marqués de Sade (el aristócrata depravado) y otros. Hay quienes se valieron de su pluma para encontrar mecenazgos o, en algunos casos, como Voltaire, convertirse en amante ocasional de una condesa dispuesta a solventar sus necesidades.
Tengo amigos y conocidos dispuestos a dedicarse de lleno a la literatura. Algunos con verdadero talento. Otros, bueno, son empeñosos. Muchos comparten su afición con el matrimonio —o viven arrejuntados con prole— y los he escuchado quejarse de cómo las obligaciones laborales y la vida conyugal mutilan la creatividad y ahuyentan a las musas. Conforme los gastos y las deudas se acumulan, la producción literaria se vuelve más espaciada y el talento corre peligro de extinguirse.
No todos los escritores —seres humanos al fin y al cabo— son iguales, Pocos tuvieron la capacidad de abstraerse de los problemas y seguir adelante. Tenemos literatos que renunciaron a todo—a mujer e hijos— por seguir su vocación. Paul Verlaine y Malcom Lowry reemplazaron a sus familias por el alcohol, amargo paliativo contra la soledad y los tormentos del alma. Charles Bukowski —alcohólico insigne— era de aquellos que trabajó haciendo de todo y se acomodaba a cualquier situación. “El escritor de verdad siempre va a escribir, no importa si trabaja veinte horas diarias en una fábrica o metido en el fondo de una mina”, decía ...y también escribía —y bebía— un montón. Otro que no podía reprimir el ‘vicio’ de escribir era Camilo José Cela. Redactaba sobre servilletas, recetas médicas y hasta en papel higiénico mientras hacía lo que tenía que hacer en el baño.
Sería ideal, para quienes tienen el bicho de escritor por dentro, publicar un manual sobre cómo robarle tiempo al tiempo y poder redactar en paz a pesar de que todo el mundo te jode (por supuesto no me refiero a ningún libro cagón de autoayuda). Yo que tengo una familia que mantener lo agradecería.


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