Quirós
era natural de Cajamarca. Estudió letras en la Universidad Nacional de Trujillo
donde llegó a ser, nada menos, secretario personal de Antenor Orrego a quien
conoció de cerca. Se hizo periodista en La
Industria, en los años romanticos de la profesión, con cierres
de amanecida matizados con pisco o ron. Hacía uso de Equis como seudónimo, contracción de
su nombre y apellidos. Contaba que bajo su dirección el periódico llegó a
tener un tiraje de treinta mil ejemplares, distribuyéndose en todo el norte del
país. En 1984 publicó Patología de la
redacción periodística, Manual para el hombre de prensa, ejemplar que tuvo
la gentileza de obsequiarme en una de sus últimas clases.
Valga reconocer que carecía de brillantez como expositor. Se expresaba con una parsimonia exasperante. Hombre poco teórico, se movía más bien en la práctica como pez en el agua. No creía que los periodistas se formasen con clases dictadas en un pizarrón. Sostenía que la única forma de aprender a escribir era escribiendo y a eso obligaba a todos sus alumnos en clases: ¡a redactar!, siendo bastante puntilloso en asuntos de sintaxis y ortografía. Para enriquecer el vocabulario, le gustaba tomar percentiles con palabras cada vez más rebuscadas.
Valga reconocer que carecía de brillantez como expositor. Se expresaba con una parsimonia exasperante. Hombre poco teórico, se movía más bien en la práctica como pez en el agua. No creía que los periodistas se formasen con clases dictadas en un pizarrón. Sostenía que la única forma de aprender a escribir era escribiendo y a eso obligaba a todos sus alumnos en clases: ¡a redactar!, siendo bastante puntilloso en asuntos de sintaxis y ortografía. Para enriquecer el vocabulario, le gustaba tomar percentiles con palabras cada vez más rebuscadas.
Al año siguiente, Quirós, quien se había ganado los chaplines de «Quirucho» o «Abuelo Simpson» por su rostro rugoso como una pasa, consiguió que la universidad le diera un espacio en el primer piso del pabellón D donde armó su taller de periodismo. Si bien los periodistas de La Industria, Satélite o La Palabra —los diarios de ese entonces— usaban computadoras y se tipeaba en Word Perfect, el viejo porfió por la adquisición de... treinta máquinas de escribir nuevecitas, ocasionando una reacción negativa en los alumnos, tildándolo de desfasado y de no ir con los tiempos. Yo, con mi insolencia propia de los veintitrés años, osé cuestionarlo también. El maestro con su apacibilidad —jamás lo vi alterarse—, me guapeó: “¿Quieres ser periodista? Enfréntate a las teclas y lléname una hoja en blanco en media hora”. Reto difícil. En ese entonces, realizaba mis prácticas pre profesionales en las páginas de deportes de La Palabra y había visto al jefe de la sección, don Elder Lázaro, otro dinosaurio de la profesión, llegar en la noche con sus tragos y en diez minutos llenar una carilla en su máquina a escribir, leyéndome en voz alta lo que ponía, mientras yo en la computadora me demoraba una vida.
Se me hizo difícil. Acostumbrado a colocar palabras en una pantalla, pasé grandes apremios al plasmar mis ideas sin poder arreglarme o dar marcha atrás. Me demoré horas, haciendo y rehaciendo, arrumando bolillos de papel periódico con mis fallidos intentos, en una férrea batalla en contra del tiempo. Poco a poco, comenzamos a entrar en el ritmo y aceptamos la propuesta de Quirós: redactar con coherencia, corrección y rapidez. Pronto de dos noticias en cada carilla, pasamos a redactar cuatro. Yo mismo me tomaba mi tiempo para hacer los ejercicios en serio, olvidándome de los breaks con los vagos de siempre o pololear con la enamorada de turno. Ganado por el viejo, ahora era de los poquísimos que aún habiendo acabado, me quedaba hasta el final, a sabiendas que podía agarrar al maestro a solas y robarle minutos extras para que corrigiera mis prácticas, siendo didáctico en todo lo que debía de mejorar. Siempre, por más que le gustase lo que escribía, encontraba cosas que corregir.
Lamentablemente no le hice mucho caso. Cuando trabajé de periodista lo hice como reportero y luego me volví publicista. Ahora ya no está. Murió un 21 de abril cuando hubiese sido más poético morirse el 23. Me habría encantado que leyese Entre Alacranes, mi primer libro de relatos, publicado a los pocos días de su deceso... Aunque seguro, sentado a su lado, me habría señalado cuantas cosas debía mejorar.

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