Me gustó del mundial. El duelo entre Mbappé y Messi por quien anotaba más goles. Kylian mojó diez veces, como Gerd Müller en México ’70, Messi quedó con ocho y de paso encabezar en la tabla general de veintitrés mundiales el francés —de padre camerunés y madre argelina— con veintidós tantos y dejar al rosarino con veintiuno. La frescura de Cabo Verde. Archipiélago de poco más de 500 mil habitantes. Los ‘tiburones azules’, debutantes absolutos, le hicieron el pare, sin complejos, a España, Uruguay, Argentina. No perdió en los noventa reglamentarios. Gracias a una defensa bien plantada comandada por el arquero Vozinha. Mención aparte del golazo anotado por Lopes Cabral en tiempo suplementario frente a Argentina. A mi criterio, el mejor del mundial. El partidazo por el tercer puesto. Partido sin importancia. Por eso ingleses y franceses regalaron espectáculo. Seis a cuatro. Superaron el seis a tres de Francia-Alemania de Suecia ’58. Inglaterra, la que cantaba Wonderwall con la tribuna, mereció llegar a la Final. Los cambios de Thomas Tuchel y su ‘pecho frío’ tradicional los sacaron de carrera a poco del pitazo final. La Noruega de Erling Haaland. Goleador frío. Letal. Eliminó a Brasil —el segundo tanto un golazo— y las tribunas vikingas vibraron como remeros de un drakar. La consolidación de algunos países emergentes como Marruecos y Japón que lamentablemente, frente a Brasil, se quedó sin gasolina.
No me gustó tanto. España. Justo campeón. Indiscutible. Ganó —bien— los partidos que debía ganar frente a Portugal, Bélgica, Francia, Argentina. Sólo le anotaron un gol. Me gustó Unai Simón. Arquero que la hace de líbero. Los laterales Cucurella (para mí el mejor español) y Pedro Porro. La solvencia de Cubarsi (el mejor jugador joven del mundial). El equilibrio de Rodrí (serruchándole el puesto a Pedri). Una plantilla que carece de jugadores del Real Madrid (lo que debe doler) y que juega como el Barcelona actual. Poseen el balón. Lo rotan. Apuestan por un fútbol horizontal antes que vertical. Aburren al rival —y también a los espectadores— y cuando encuentran el espacio te vacunan y se conforman con uno o dos goles. Igual de mezquino que el España campeón de Sudáfrica '10 (que tenía más jugadores de renombre). Marcaron catorce goles. Poco comparado a los veinte de Inglaterra o Francia, o los diecinueve de Argentina. Quizá con Yamal y Williams en su plenitud física, como en la Euro 2024, habrían regalado más espectáculo, pero no fue así y quedan en deuda. Es un equipo joven —veintiséis años en promedio— y podrían apostar a un juego menos amarrete en la próxima edición que serán anfitriones.
Tampoco se les perdona a los argentinos habernos regalado una de las peores finales de la historia. Similar a la de Italia '90 o USA '94. Tenían equipo para pelearle el partido y Scaloni prefirió apostar por el bilardismo, el anti-fútbol, defenderse con uñas y dientes y no patear nunca al arco. Y lo curioso es que casi les liga el experimento. Se quedaron a catorce minutos y con diez hombres. En los penales el ‘Dibu’ —que siempre ha salido vencedor en esa ronda— podía engrandecerse y cambiar la historia. Injusto, pero posible. Argentina tenía plantel para lucharla, hacerle frente y posiblemente perder con mayor dignidad. Eligieron que Messi —el mejor de la historia— se fuera de los mundiales por la puerta falsa. Las escenas de los argentinos peleándose con todos, darle la espalda a la celebración española y el llanto del entrenador en la conferencia de prensa es la caída del telón de un equipo —viejo— que lo ganó todo. Como le diría Aixa a su hijo Boabdill: “No llores como mujer lo que como hombre no supiste defender”.



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